miércoles, 2 de julio de 2008

Operaciones.


Veinte años desde que habíamos terminado el bachillerato. Veinte años que, al revés del tango, son algo. Organizamos una cena para festejar, no sé muy bien qué, pero para festejar al fin. Fuimos todas. Menos Nancy. Y yo era la única que sabía por que. Ante la insistencia de mis ex compañeras, no me quedó otra que contar la historia.
Todas recordaban a Nancy como la más bonita. La gente se paraba en la calle para mirar y hacerle morisquetas a esa nena que parecía escapada de un aviso de la tele. En la escuela, con una sola caidita de esos ojos tan grandes y azules conseguía lo que quería de cualquiera de las maestras. Pero no fue hasta que entró al secundario que comenzó a sacar real provecho de su belleza. Todos los chicos del industrial de la otra cuadra estaban locos por ella, la invitaban a cuanta fiesta o baile organizaran, le compraban regalos, vivía perseguida por un séquito de adulones. Si bien no era una alumna muy aplicada, nunca se llevó ninguna materia. Sabía anticiparse. A los profesores siempre les pedía pasar a dar la lección, sobre todo si no había estudiado nada, no sin antes por supuesto ofrecerse a borrar el pizarrón, algo que hacía con mucho empeño poniéndose en puntas de pie y estirándose sin dejar una sola marquita. Hecha esta exhibición, podía decir que la suma de la hipotenusa era igual al cateto de los cuadrados, que París era la capital de Bélgica o que San Martín había planeado el cruce de los Andes junto a Solís. El nivel de testosterona reinante obturaba todos los demás sentidos. Con las profesoras asumía la posición de niña bien educada e inocente y también lograba conquistarlas. Pasó el secundario, llegó la facultad y siguió coleccionando novios y éxitos. Nunca se casó, decía que el matrimonio no era para ella. Mucho menos la seducía la idea de tener hijos. Hubiera sido un pecado permitir que su preciado cuerpo se deformase sólo para satisfacer lo que ella denominaba un instinto puramente egoísta. Ella gozaba cuidándoselo, poniéndose cremas y lociones y disfrutaba viendo cómo todo el mundo la admiraba.
Pero una tarde en que recorría caminando las pocas cuadras que separaban la clínica donde trabajaba de su departamento, no recogió ningún piropo. Apenas entró, fue corriendo al baño, se miró en el espejo y se dijo: “Chiquita, estás por cumplir treinta años. Es hora de que hagas algo, antes de que sea demasiado tarde”. Y ahí nomás tomó el teléfono y pidió un turno con el cirujano de moda.
Una vez que empezó, no pudo parar.
Primero fue una simple refrescadita, unos finísimos hilos de oro que hicieron maravillas. Después se tentó con la lipo, y le quedó la panza chata como a los veinte. Tan contenta estaba con los resultados que se respingó un poquito la nariz, se levantó los pómulos y se puso colágeno en los labios. Como ciertas partes se le estaban empezando a caer, se las levantó y, de paso, se agregó algunos talles. Un par de años más tarde, volvió a surgir esa pancita rebelde, otra lipo, pero en esta oportunidad incluyó también las piernas para desterrar una vez y para siempre ese flagelo femenino que es la celulitis. “Y ya que estamos, doctor, ¿por qué no me saca un par de costillas para afinarme la cintura?”
Ahora sí, treinta y cinco años y nada que envidiarle a ninguna de esas mocosas que se paseaban desafiantes con uniformes cada vez más cortos.
Después de la quinta refrescadita, comenzó a tener problemas de insomnio. Se moría de sueño pero no podía dormir. Hasta que descubrió el origen de la cuestión: no podía cerrar bien los ojos. Esa finísima línea de claridad era la causante de todo. La solución fue fácil. Uno de esos antifaces que te dan en las aerolíneas y a otra cosa. Cuando comenzó a tener problemas para respirar, no le quedó otro remedio que consultar a un especialista.
-Señora – quiso empezar a explicarle el médico, pero Nancy, que odiaba esa palabra, ya sabía que no haría absolutamente nada de lo que le dijera ese maleducado - . Señora, ¿me escucha? – insitió el energúmeno- Lo que a usted le impide respirar normalmente es el hecho de que ya no puede cerrar bien la boca, eso sumado a que el tabique nasal ha sufrido una pequeña pero importante deformación. La única solución posible es someterse a una cirugía restauradora para tratar de reconstruir su antiguo tabique y estructura labial.
Ni loca perdería esa naricita que tanto le había costado conseguir. Mucho menos iba a seguir el consejo de un pseudo profesional que ni siquiera podía distinguir la diferencia entre una señora y una señorita. Nadie se moría por respirar por la boca, así que adelante.
Tampoco le importaba demasiado casi no reconocer su cara en viejas fotos, lo que sí le preocupaba era que, a pesar de todos sus esfuerzos, el tiempo seguía pasando y los hombres seguían sin mirarla por la calle, o peor, lo hacían de una manera diferente, como extrañados.
Una mañana, desesperada y entre llantos, llamó a su cirujano.
-No sabés, es terrible, amanecí con tres tetas.
-Eso es imposible, vení a verme de inmediato.
Una vez en el consultorio, el médico le explicó, sin darle mayor importancia al asunto, que una de las siliconas se había corrido de lugar.
-Con una simple cirugía se arregla.
-No, basta – dijo Nancy. Es inútil.
Se fue a su casa, rompió todos los espejos y nunca más nadie la volvió a ver. Excepto yo. No sé por qué me eligió a mí. Lo cierto es que soy la única a la que se atrevió a llamar para comunicarle su decisión y pedir ayuda. A lo mejor pensó que le serviría de consuelo por comparación: yo era flaquita, usaba anteojos y no había tenido un solo novio en todo el secundario. Pero claro: en veinte años una cambia. Yo le brindo todo el apoyo que puedo y le pido a Dios que la guíe para encontrar la paz, a pesar de no poder dormir ni respirar bien, a pesar de sus tres tetas y de su gordura en aumento.De todos modos, debo admitir que a veces se me escapa una sonrisa.

De Un poquito de smog.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

El blog es como un reportaje en el que el entrevistado responde a todas las preguntas que le gustaría que le hicieran. Con algunas particularidades: el reportaje ocurre solamente en la mente del entrevistado, y el reportero es tremendamente indulgente con el entrevistado...

PS: No te creo que a tu edad te gusten esas bandas.

Adriana Menendez dijo...

ja ja!
sos muy inteligente, anónimo

westernshaker dijo...

Me presento: soy del Oeste y clase 65. Mucho bondi, Sarmiento y boliche de Ramos. Hace poco fui a encontrarme con mis compañeros de la secundaria (25 años de egresados) y las que eran la más lindas de aquella época tampoco fueron. Una rara coincidencia...

Adriana Menendez dijo...

westernshaker querido, no sé si tus compañeras tendrán tres tetas, lo que sí sé, como todo el mundo, es que en el oeste está el agite

Anónimo dijo...

Soy muy inteligente? Uh! Gracias! Creo que voy a crear mi propio blog...

westernshaker dijo...

No puedo afirmar la cantidad de tetas que tienen hoy, ni siquiera supe cuántas tenían allá por el 82. Imaginate que, detrás del uniforme de nuestro colegio franciscano era muy difícil adivinar. En fin, era todo muy sugerido y furtivo pero, intenso e imborrable. Sobre el "agite" del Oeste habrá que decir que está en capas como una cebolla según quién te lo cuenta o si lo vivís...

Adriana Menendez dijo...

a tu edad te merecés tener tu propio blog, anónimo

Anónimo dijo...

y
de
todos modos
nuestras edades
jamás han de
alcanzarse
adriana
men
end
ez

Adriana Menendez dijo...

chapeau, anónimo

Anónimo dijo...

Chapelco, Adrianita, Chapelco. Voy a buscar alguno de tus libros -¿estás en los súper?- y voy a estudiar un poco más el personaje, no tanto lo que dice ella sino por lo que hace decir a sus criaturas.