lunes, 30 de junio de 2008

Clara sola.

Se acordó de la última conversación con Julieta.
-¿Para qué te quedás en una casa tan grande? ¿Por qué no te mudás a un departamento?
-Tenés razón, ya sé que sería lo mejor. Pero, ¿qué querés? Me cuesta horrores desprenderme de esta casa.
La habían comprado con Hernán, cuando todo era futuro y las cinco habitaciones, las justas y necesarias para los hijos que iban a tener, y el living así de enorme para todas las fiestas que darían, incluidos la pileta y el quincho para los asados con los amigos.
Ahora todo era distinto. Habían tardado mucho en tener los hijos; las fiestas resultaron muy caras; los asados, se quemaron. Cuando Hernán se fue no dejaba de repetir un único argumento: Clara era una obsesiva. Ella, por supuesto, no estaba de acuerdo. Pero él se fue igual.
Quizás Julieta tenía razón. Sola, desnuda ahora en la ducha, Clara había escuchado un ruido. O a lo mejor le había parecido. El agua al golpear contra el piso no la dejaba concentrarse. Pero estaba segura de que había alguien en la casa.
Si lo pensaba bien era imposible, había cerrado todas las puertas y ventanas. Y antes de meterse en el baño había revisado todas las cerraduras. ¿Y si hubieran roto un vidrio? Menos probable. Habría oído un estallido en lugar de un golpe seco, casi inaudible. Como algo que cae sobre una alfombra. No quería cerrar la canilla para darse más tiempo y pensar. Tal vez podía correr un poquito la cortina y espiar. Aunque mirar podía resultar peligroso. Así que ahí se quedó, inmóvil bajo la ducha hasta que la piel arrugada empezó a molestar.
Por fin, salió. Miró, se cubrió con la toalla. En el baño no había nadie. Pasó al vestidor, tampoco. Se animó hasta el dormitorio y, cuando no vio nada anormal, cerró la puerta. Con llave. Se cambió y se sentó en la cama a escuchar. Ahí se dio cuenta de que no había mirado debajo de la cama. Qué idiota, y ella encerrada. Juntó coraje. Miró. Nada.
Se empezó a reír de su propia estupidez. Tantas cosas podrían haber producido ese ruido que, por otra parte, a lo mejor no siquiera había sido real.
Bajó directamente a la cocina a prepararse algo. Hojeó la revista del cable. Daban “Psicosis”. No, gracias. Miró una romántica, de esas que la hacían sentir tonta por llorar pero que le encantaban. Aunque gastara una caja de pañuelos completa. Cuando terminó la película, subió. Entró a la habitación y, todavía a oscuras, casi se le salieron los ojos cuando vio una pequeña lucecita debajo de la cama. No iba a pasar otra vez por lo mismo: decidida, prendió la luz y se agachó de golpe. Un inocente bichito de luz. En las afueras, todavía abundaban.
Después de cepillarse los dientes, pasarse los palillos, ponerse las cremas (una para la cara, una para las piernas, una para los pies, una para las manos y otra para el resto del cuerpo) y de cepillarse veinte veces el pelo, se acostó. Boca arriba. Boca abajo. De costado otra vez. Una hora pasó mirando las siluetas negras de los árboles. Pensando. Que es lo peor que se puede hacer en estos casos. Mejor corría las cortinas, tal vez bien a oscuras podría dormirse. Mejor no, la claridad la despertaría a la mañana.
Prendió el velador para leer algo y despejar la cabeza. Agarró el libro que le había prestado Julieta. Una obra de teatro que no entendía demasiado, pero Juli era culta y por algo se lo había recomendado. Leyó: “estar solo es como estar muerto”. Cerró el libro.
Apagó la luz. Y otra vez el bichito, que ya no estaba debajo de la cama sino en el techo. No podía dejar de mirarlo. “Me voy a prender un pucho, a ver si me relajo”.
Había dejado los cigarrillos en el baño. En los pocos metros que caminó se convenció de que Julieta tenía razón y, a lo mejor, Hernán un poquito también. Al baño no llegaba la claridad, pero tanteó y sobre la mesada encontró el paquete y al lado el encendedor.
Todo ocurrió al mismo tiempo. Clara que prendió el cigarrillo, levantó la cabeza, la cara irreconocible que apareció en el espejo, el grito ahogado. Y el encendedor que cayó.

jueves, 26 de junio de 2008

Querido Rodolfo.



Y, para que me sigan conociendo, va uno de los cuentos del segundo libro

No te preocupes, yo ya te perdoné. Si es que tenía algo que perdonar; como todos los bien psicoanalizados sabemos, las responsabilidades son compartidas. "Fifty-fifty" (como te gustaba decir a vos, que después de tomar un par de clases de inglés, ya te creías Shakespeare). Te juro que crecí mucho, Rodolfo. Ya ni siquiera te culpo de haber dejado la facultad para acompañarte en tus giras por el interior. Después de todo, ¿habría sido más feliz como arquitecta que como vendedora de cosméticos a domicilio? Porque no te lo conté: como vos ya hace seis meses que estás en Brasil y los cheques no llegan (seguramente se cayó el sistema o algo por el estilo) tuve que empezar a trabajar. Vos viste cómo son los chicos, no paran de crecer, y a Florencia de golpe todos los pantalones se le volvieron bermudas. Pero con los cosméticos zafo, es una línea barata y no me canso de vender. Con el 0,01% que me dan sobre la ganancia que les queda a ellos, con Flor nos damos una vida de reinas. Eso sí, igual te pido que verifiques cuál es el problema en el banco que no llegan los giros, ¿porque es un problema de ellos no? Porque, Rodolfo, no me digas que a vos se te pasó, que te olvidaste, no me asustes, por favor. A ver si todavía te pasa como a tu abuela, la mamá de tu papá. ¡Qué arteriosclerosis galopante, pobre vieja! ¿Sabías que eso es hereditario? Prometeme que si tenés algún síntoma te vas a hacer ver por un especialista. Uno nunca sabe. Porque aunque te cueste creerlo, Rodolfo, yo todavía te quiero y me preocupo por vos. Por vos y por esa chiquita veinte años menor que yo con la que te fuiste. No quiero ni imaginarme lo que sufriría si el músico famoso que la llevó a conocer las mejores ciudades, de un día para otro se transformara en un viejo esclerótico, artrítico y pelado, como tu papá. Porque la calvicie también es hereditaria, ¿sabías? Igual, querido, no dejes que eso te mortifique: en la actualidad, si la agarrás a tiempo, hay muy buenos tratamientos. Cada vez me convenzo más de que Dios sabía lo que hacía al hacerte conocer a esa chica. Pensá que dentro de veinte años, cuando vos estés arañando los setenta y poco a poco convirtiéndote en lo que todos nos transformamos a esa edad, ella va a ser todavía joven para poder cuidarte bien. Porque ella va a estar siempre con vos, ni se te ocurra creer en lo que dicen algunas viejas malpensadas y chimenteras por televisión. Que por favor ni se te cruce por la cabeza que se casó con vos por dinero y por salir fotografiada en las revistas junto al músico de moda. Para nada. Ella te quiere y te conoce bien. No tanto como yo, por supuesto, que estuve con vos desde el principio, cuando tocabas en esos teatritos de mala muerte, casi galponcitos. Me acuerdo y me dan ganas de llorar - de la emoción, por supuesto. Después nos veníamos al departamentito de un ambiente y medio que alquilábamos en Córdoba y Suipacha. ¿Te acordás del biombo que habíamos puesto para dividirlo? Al final, me vino bárbaro, lo puse en el único dormitorio del dos ambientes que nos dejaste para que Flor tuviera su propio cuarto. Pobre hija, con todos los cosméticos que tenía en el living no le quedaba lugar para nada. Recuerdo que ya desde aquel entonces supiste que triunfarías, porque decías que tenías oído absoluto, como Charly García. Qué ironía, ¿no? Ahora que lo pienso, Beethoven era sordo. En realidad, creo que fue ensordeciendo de a poco, igual que tu tío, el que te dio las primeras clases de música y que se tuvo que jubilar porque lo arrolló un camión y fue necesario amputarle cuatro dedos, dos de cada mano. Pobre hombre, nunca más pudo tocar la guiitarra. Ay, Rodolfo, por favor prometeme que vas a tener cuidado al cruzar la calle. Y, si podés, acordate de lo del cheque; si no, no importa. Lo que sí te pido que no te olvides, Rodolfo, es que yo ya te perdoné.

miércoles, 25 de junio de 2008

Un poquito de smog.



Huracán en la garganta, además de ser el título de este blog, es el de mi tercer libro, de próxima aparición. Para que me vayan conociendo, va uno de los cuentos del primero.


"La luz vuelve. Siempre vuelve. Aunque la queramos perder. Y yo me pregunto por qué. Es lógico, después del quinto whisky uno comienza a hacerse ese tipo de preguntas pelotudas. Y yo sin poder resolver la cuestión. Mi hermana, mi querida hermana, se casa. Por supuesto que me invitó. Y obvio que insiste en que vaya. Ella hace unos años se mudó a un pequeño pueblo llamado Costa del Eje. Nunca entendí muy bien ese nombre, porque para que haya una costa tiene que haber agua, y ellos ni siquiera de la corriente. Para comprender la idea de que un eje tenga una costa necesitaría otro whisky. Costa del Eje es un pueblo de unas cien casas, de calles anchas y arboladas, con una iglesia y una plaza a la que casi todos los vecinos llevan a sus perros a dar una vuelta (¿o eran ellos los que iban a dar la vuelta del perro?). Comisaría no hay, no la necesitan. Sí hay una oficina pública, donde un dependiente de la Municipalidad de la Ciudad de Pascato, cabeza de partido, toma mate y cada tanto verifica y asienta un nacimiento o una boda, o firma un certificado de defunción. Para muchos es la más parecido al Edén. Es, sin duda, un lugar donde se puede vivir y morir en paz. En mucha paz. En tanta que me mareo. Lo siento. A mí me encantan las flores, pero sólo en las macetas de mi balcón. O a lo sumo, y cuando hay algún enfermo, en un florero. Si voy al campo y respiro, me ahogo. Tanto verde junto me aturde. Padezco temblores, me irrito, no me banco las hormigas, me sube la fiebre. Y no se me pasa hasta que parto raudamente y logro aspirar aunque más no sea un poquito de smog. Mi organismo precisa contaminación. Pertenezco decididamente a la ciudad. No a cualquiera, a ésta, que tantos critican pero que pocos, muy pocos para mi gusto, dejan. Es rara mi ciudad. Es grande, caótica, solidaria, desenfrenada. Abundante, miserable, egoísta, sucia y hermosa. Tiene un aspecto mitad europero, mitad linyera. Se parece a un turista. Es una ciudad que alberga a otras ciudades. Algunas de lata, otras de cristal. Tiene olor y dolor. Un lugar donde se trabaja, se putea a las madres, se estudia en el subte, se escribe en los bares y se fuma hasta en las iglesias. Poblada, depende del punto del vista, de simpáticos delirantes o de fríos sádicos, que son capaces de solucionar el caos mundial en un velorio. Pasa alternadamente por etapas de revolución, empanadas y vino tinto; de frivolidad, pizza y champán; de muerte; de volveremos y nos iremos; de venceremos y nos joderemos y, a veces, nos salvaremos, a costa de lo que sea. Pesar, sabiduría, insolencia y cinismo hurañamente mezclados. El tren disminuye poco a poco su marcha. Nos acercamos a Costa del Eje y yo todavía no sé si quedarme. Creo que sólo voy a cruzar las vías y tomarme el tren de vuelta. Después le mando un telegrama. Mi hermana me va a entender.