martes, 29 de julio de 2008

Él no era nada...

…ni siquiera la sombra de un objeto sin sombra. Ni siquiera un sueño no soñado jamás por nadie. Encima, tenía otro problema: no quería darse cuenta y se empeñaba en pasear impune e impúdicamente su inexistencia. Muchos lo ignoraban, aunque él tenía la sensación de que lo observaban de reojo, tratando de disimularlo. No obstante, había otros tantos – tal vez aquellos en su misma situación – que, a pesar de todo, lo miraban directamente a los ojos y lo saludaban con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa aunque, por supuesto, en silencio. A lo único que le costaba acostumbrarse. Al silencio que se filtraba por todas las rendijas posibles y no dejaba hueco sin invadir.
Seguía yendo a la clínica todos los días aunque, víctima según él de una injusticia sin nombre, tuviera prohibido atender. Aquellos que le habían sacado la licencia no comprendían en lo más mínimo el proyecto del que había formado parte. Un proyecto cuyo objetivo central había sido alcanzar una causa justa, superior, que llevaría a lograr el bien común. ¿Cómo él, que contaba con los medios y los conocimientos, no se iba a poner al servicio? Llegó a la conclusión de que lo condenaban por altruista.
Cuando no vagaba sin cesar por los pasillos blancos, caminaba sin rumbo por las calles, ya que a su casa no podía volver. Podía entrar si quería, pero prefería no hacerlo. Al principio pensó que era sólo cuestión de tiempo, que al menos sus hijos volverían a hablarle. Pero no pudo tolerar que ya ni siquiera pusieran un plato para él sobre la mesa.
A medida que pasaban los días, disminuía su memoria. Los recuerdos permanecían intactos hasta el momento de aquella fatídica mañana en la que se sintió un condenado por la Inquisición al que le habían colgado el sambenito. A partir de ahí eran sólo flashes. A veces ni siquiera se acordaba de lo que había hecho diez minutos antes.
El hambre y el sueño fueron poco a poco desapareciendo. Justo él, que siempre había considerado una tortura cualquier cosa que tuviera que ver con el ejercicio físico, comenzó a ser presa de una necesidad cada vez más imperiosa de vagar. Parecía alimentarse de aire, humo, ruido, frenadas, gritos, rocío, viejas y frías mugres de madrugada.
Una mañana de sol de otoño lo encontró más cansado que de costumbre. Había deambulado toda la noche sin parar y le dolían las piernas, que ya parecían no caminarle. Miró por la ventana de un bar. Una señorita leyendo, una pareja discutiendo en voz baja y un niño pidiendo. Poca gente. Ese era el lugar indicado para descansar y recuperarse. No le importó que en otros lados, donde seguramente habían reconocido su ahora famoso e impopular rostro, no lo hubieran querido servir. Volvería a intentarlo. Necesitaba con urgencia aunque más no fuera un café.
Antes de entrar, se detuvo en el puesto de diarios que estaba frente a la puerta. Leyó los titulares pero no compró nada. Hacía ya tiempo que se había quedado sin dinero. Se dio vuelta y enfrentó la puerta de vidrio del bar, que gracias al sol parecía un espejo. Que reflejaba muchas cosas. La gente que pasaba rápida por la vereda mirando las baldosas, los coches, los colectivos, el puesto de diarios… Muchas cosas… Menos lo que él necesitaba ver.
Recordó el revólver en su mano.
Se quiso morir, pero ya era tarde, aunque se negara a admitirlo.

viernes, 25 de julio de 2008

Javier en el shopping.

Javier terminó lo que estaba haciendo, cerró la computadora y le dijo a su secretaria que iba a salir un rato. Al otro día era el cumpleaños de su esposa y quería pasar por el shopping para comprarle un buen regalo. La pobre, con el aguante que le tenía, se merecía que al menos una vez postergara el trabajo por ella.
-Vaya, señor. No se preocupe, yo me encargo de todo – le contestó la secretaria, dedicándole una sonrisa que le confirmaba lo que él ya sabía: era el marido perfecto.
Recorrió distintos negocios sin poder decidirse, hasta que se detuvo frente a uno. “Con esto la mato”. Sin pensarlo dos veces, entró a la lencería. Un señor maduro pero tan buen mozo y elegante como él no podía ocasionar otra cosa que no fuera una estampida de empleadas.
-Estoy buscando algo especial para mi esposa, no sé, un camisón o un pijama de seda, tal vez ustedes puedan asesorarme.
-Por supuesto – contestó la que supo adelantarse -. ¿Tiene idea de cuánto quiere gastar?
-El dinero es lo de menos.
Todas murieron. Javier, que sabía hacer valer el azul de sus ojos, no paraba de hablarles de su mujer y sus dos hijos. Todo esto sin dejar de observar distintos modelos de camisones, camisolines y baby dolles que levantaba y extendía para verlos mejor o posabas ligeramente sobre alguna de las chicas para imaginarse cómo le quedaría a su esposa. Finalmente, dijo:
-Este, me quedo con éste. ¿Puede ser también una robe y unas pantuflas que hagan juego?
“Este hombre es un divino”, pensó la cajera, que hacía rato lo miraba con el mentón apoyado en el puño y una tierna semi sonrisa. “Cuándo será el día que el flaco me compre aunque más no sea una bombacha. Mejor me dejo de pensar estupideces y le hago el cupón de la tarjeta”. Javier firmó y salió con dos enormes cajas envueltas en papel de seda violeta y moños dorados, dejando a las chicas con tema de charla para todo el día.
Apenas había cruzado la puerta cuando le sonó el teléfono.
-Te tenemos rodeado. En cuanto asomes la nariz te matamos.
Click.
El socio le había advertido que con esos tipos no se jodía, que si no pagaban la coima prometida, ellos se la iban a cobrar de alguna manera. Nunca pensó que llegarían a tanto. Pero no, no podían ser ellos. Profesionales así no iban a cometer una desprolijidad tal como matarlo a la vista de todo el mundo. Seguro que lo apretarían, pero con otros métodos más lógicos en estos tiempos. Y Javier estaba preparado para enfrentarlos en ese terreno. Sin embargo, alguien lo había amenazado y no podía darse cuenta de quien. Decidió que lo mejor era quedarse a almorzar en el patio de comidas. A lo mejor era una broma. Tal vez si pasaba el tiempo y no salía, se acobardaban. La hamburguesa se le hizo un bollo en el estómago. El café que se tomó sin acordarse de la úlcera, casi lo mata. No sabía si irse o no. Tenía una reunión a las tres y no quería llegar tarde. Iba a hacer un intento y aunque más no fuera asomarse. Por las dudas, antes de cruzar la puerta llamó al socio para que pagara de inmediato lo que debían.
-Pero che, ¿por qué tanto apuro?
-Después te explico.
-Ok, si vos lo decís.
-Te llamo en un rato para que me confirmes que ya está.
Diez minutos y cuatro cigarrillos después lo llamó.
-Listo, quedate tranquilo. No sabés, los tipos no podían creerlo, ya habían dado la guita por perdida. Como mucho no podían hacer para no ponerse en evidencia… Al final tenías razón vos, no eran tan peligrosos.
-Sí, sí, chau.
La puta, había pagado al pedo. Ahora estaba convencido de que había sido una broma. Caminaba hacia el estacionamiento con pasos largos y rápidos, mientras pensaba cómo averiguar quién había sido el gracioso y cómo cobrarle a él la plata. Dos metros antes de la puerta de salida, volvió a sonar el teléfono.
-No te olvides que te estamos esperando.
Click.
Trató de escuchar algo más, pero fue imposible, sólo pudo captar un ruido extraño de fondo que no llegó a distinguir. ¿Sería el hermano de Isabel? El flaco era medio raro, no trabajaba, no estudiaba, pero tenía un auto y una moto, en algo debía de andar. No, tampoco podía ser. Ya hacía dos años que había terminado con Isabel. Era verdad que ella había quedado bastante mal después del aborto, pero tampoco podía pretender que él, con una familia ya formada, se hiciera cargo del pibe. Además, ella había estado de acuerdo. Le compró el departamento y la mantuvo durante un año. ¿Qué más quería? Plata. Seguro que el hermano quería chantajearlo con contarle a su mujer. No se iba a dejar ganar por un vago. Sin dudarlo, la llamó y le contó una historia de una secretaria que él había echado por inútil y que ahora, para vengarse, había desparramado el rumor de que ellos habían sido amantes y un montón de cosas más.
-Así que si te llaman, mi amor, ya sabés que es todo una mentira.
-¿Seguro que no tuviste nada que ver con ella?
-Te lo juro.
-Bueno, está bien. Cuando llegues a casa hablamos... Ah, gracias.
-Por favor, amor, ¿cómo no te iba a avisar?
-No, gracias por este lindo regalo de cumpleaños, boludo.
Click.
Bueno, parecía que hoy todo el mundo le cortaba. Para colmo, no se la escuchaba muy convencida. Ya que estaba en el shopping, le iba a comprar otro regalo; el reloj o la gargantilla con esas piedras que ni se acordaba cómo se llamaban pero que a ella le encantaban. Lo importante era que si ese hijo de puta volvía a llamar, él lo podía mandar a la mierda. Pero no, había hablado de matarlo. Entonces, no buscaba sólo plata. A lo mejor, Isabel estaba deprimida, peor, se había suicidado y el pibe lo quería matar en serio. Quién sabe había hablado de más, ahora encima su esposa sospechaba. Tenía que tranquilizarse y no mandarse más cagadas. Para despejarse y hacer más tiempo, se metió en el cine. No aguantó la película y se fue a la mitad. Con el apuro ni se había fijado qué daban y justo hoy era una de aquella época. ¿Serían algunos de sus ex compañeros? Nunca lo iban a perdonar. Era cierto que ante el primer grito que escuchó, largó todo lo que sabía, pero qué pretendían, ¿qué él fuera el único héroe? Para qué hacerse matar al pedo. “Pero no, ¿qué estás pensando, Javier?”, se dijo. “Esa gente hace años que te perdió el rastro, ¿cómo van a tener este número? Aunque nunca se sabe…” No sabía qué hacer, si salir y enfrentarlos o pasar la noche escondido en el shopping. Otra vez el teléfono.
-Todavía estamos acá.
Y otra vez el ruido, que ahora Javier sí llegó a distinguir. Era un tren. “¿Un tren? ¿Un tren? Si acá no hay ninguna vía cerca”, pensó al mismo tiempo que decía:
-Perdón, señor, pero…
-Topo, no la estirés más que nos estamos cagando de frío y total ya sos boleta.
-Topo, ¿qué Topo? Yo soy Javier Arándana, señor.
Otro tren.
-Che, negro, ¿quién carajo te dio este número? Está mal. Qué cagada, la puta que lo parió.
Click.

miércoles, 23 de julio de 2008

Spotta.

¿Te sirvo más vino? Dale, terminate ese que abro otra botella. Hay que festejar. Me encontraste al Cachilo. Vos sabés que ya se había ido otras veces atrás de alguna perra. Pero nunca había estado de joda tanto tiempo. No sabés cuánto te agradezco.
¿Así que estaba en el baldío de la otra cuadra? Qué raro, yo lo busqué por ahí. Aparte el tonto sabe volver; bah, a lo mejor las mujeres lo dejaron mal, ja, ja. Se ve que vos le inspiraste confianza, porque el Cachilo no sigue a cualquiera. Y eso que vos hace poquito que vivías en la pensión. Pero ya te lo ganaste, así es la vida.
¿Y qué hacés vos?... Ah… ¿Está dura la yeca, no? Se debe vender poco, la gente no tiene un mango. … ¿Yo? Y… me las rebusco. Tengo mis changuitas. Lo que pasa es que lo que hago es difícil de explicar. Es extraño…
Una vez, aburrido, me puse a buscar oficios raros en las páginas amarillas. Hay muchos, pero ninguno como el mío. El de “desabollista a domicilio” se le acercó bastante. Me acuerdo que si te habían chocado el auto iban a tu casa y te lo dejaban como nuevo. Nunca se me hubiera ocurrido. Igual no me llega ni a los tobillos. La verdad es que yo no hablo de estas cosas con nadie. Tengo que tener cuidado. Pero vos me das confianza. Tenés cara de bueno. A lo mejor te cuento algo.
Pará que abro otra botella. La verdad, no tendría que tomar. Enseguida empiezo a hablar boludeces. Pero total hoy no tengo que trabajar, así que…
Bueno, como te decía, lo que yo hago es extraño. Soy “especialista en limpiar lugares donde se ha cometido un crimen”. Ja, a ver quién me gana. Tengo pocos clientes, pero buenos. Lo más importante es que pagan bien.
Nadie hace el laburo como yo. Los pibes que mandan a hacer el trabajo sucio están re tranquilos conmigo. Saben que después voy yo y aquí no ha pasado nada. Nunca dejé ni una manchita, ni un pelito. Les cuido bien las espaldas. Porque si llega a haber algún quilombo, los que pagan los platos rotos son siempre los perejiles. Los pescados grandes zafan siempre, viste cómo es.
Igual ahora voy a ver si me jubilo. Junté unos manguitos y por ahí me voy a algún pueblito de la provincia. Me lo llevo al Cachilo y listo. Además me parece que me llegó la hora... No, en serio, pibe. No es sólo por lo viejo. Me mandé una cagada y me parece que me la quieren cobrar. No sé por dónde pero, si no me apuro, me la van a dar... ¿En serio querés que te cuente? ¿Te interesa? Bueno, no me va a venir mal descargarme un poco.
Hace poco tuve un problemita, menor, no importa qué. La cuestión es que, por las dudas, tuve que poner unos billetes. Un contacto que tengo me arregló todo con el juez. A mí no me gusta transar, porque no me gusta deberle nada a nadie, pero no me quedó otra. El tema es que después tenés que pagar. ¿Vos podés creer que tuve tanta mala suerte que este juez que me arregló todo había sido mi jefe? Es ese que ahora quiere ser diputado, ¿lo ubicás?
De pibe, yo le hacía los trabajitos sucios. Pero en esa época no había un Spotta, nos teníamos que arreglar solitos. Vivíamos con el Jesús en la boca. Yo por suerte siempre fui muy prolijo. Pero una noche que estaba enfermo no pude ir y lo mandé a Barreiro, un hermano para mí. No sabés cómo lo quería. El muy chambón dejó huellas por todos lados. Encima el tipo que se había cargado era regrosso. Obvio que el jefe figuraba en la agenda del chabón y lo llamaron a declarar. Cuando dijo que no conocía a Barreiro, me quise morir. Falluto de mierda. Hay códigos que hay que respetar, ¿no te parece, nene? La cuestión que al pobre Barreiro lo mandaron en naca. Yo lo fui a ver un par de veces antes del juicio, la verdad estaba bastante tranquilo. Le agarró un paro cardíaco un día antes de declarar, mirá qué justo. Ahí me di cuenta que los padrinos existen en las películas nada más. O serán yankis. Porque lo que es acá.
Así que ahí nomás me cambié el nombre, y me puse a hacer esto otro. Dale, tomate otro vaso que no hace nada. Es un vino bueno, no se te sube a la cabeza.
Y bue, favor con favor se paga, decía el abuelo cuando le arreglaba una canilla a alguna vecina y no le quería cobrar. Mirá las vueltas que tiene la vida. Me lo vengo a encontrar después de tantos años, debiéndole una. Cuando me pidió que le hiciera un laburo no me pude negar. No va el diablo a meter la cola y justo me vengo a olvidar una carpeta que los pibes habían llevado para apretar al objetivo. No me di cuenta de mirar abajo del auto. Te juro que se me pasó, fue sin querer. Pero el tipo no me cree. Se piensa que lo hice a propósito por lo de Barreiro.
Igual va a zafar. Salió en los diarios pero acá mañana hay una inundación o un partido de fútbol y se olvida todo. Pero a mí no me la van a perdonar. Por eso me tengo que ir, ¿entendés?
Dale, che, terminate el vino. Total qué tenés que hacer… Al final, hablé todo yo, te dije que no tenía que tomar tanto. Che, ¿y lo que sacás en la calle te alcanza?... Ah, vos también tenés otra changuita. ¿Y qué es?... ¡No te puedo creer! Somos casi colegas, ¿por qué no me dijiste antes? No te querías deschavar, ¿no? Pero si yo te estaba contando la vida, nene. Además, entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera. Lástima que me esté por retirar, si no me gustaría cuidarte. Conmigo no tendrías ningún problema. Igual si alguna vez te pasa algo, me avisás. Mirá que yo tengo muchos contactos.
¿En serio no querés más vino? ¡Dejate de joder, qué laburar ni ocho cuartos! Si a esta hora no vas a vender nada... Ah, bue, entonces mejor no me cuentes. Andá y hacé lo que tengas que hacer. Eso sí, cuidate, pibe.
Pará que te abro la puerta… No, si no es ninguna molestia, por favor, con la compañía que me hiciste. Puta, parece que tomé mucho, apenas me palmeaste el hombre me caí otra vez en la silla. Che, ¿otra vez? ¿Me estás empujando, vos nene?
No, no, guardá el chumbo, acá en casa no me gusta joder con eso. Mirá si se te escapa un tiro el cagazo que se pegan los otros. Ah, tenés silenciador. Igual guardala. Pero, ¿qué hacés, che? Apuntá para otro lado… Entonces… No me vas a decir que lo del Cachilo no fue casualidad. ¡Cómo no me avivé antes, la puta madre carajo! Te dije que me estaba poniendo viejo.

domingo, 20 de julio de 2008

Lucrecia.

Lucrecia no lo había inventado. Se lo habían enseñado y repetido durante años y años tanto su mamá como las hermanas del colegio donde estaba pupila. Lo creyó, porque no podía no hacerlo. ¿Qué le habría quedado si no hubiera podido confiar en ellas? Por lo tanto, era verdad: Dios lo veía todo. Absolutamente todo, hasta nuestros pensamientos. Y el día de mañana, cuando tuviéramos la dicha de encontrarnos con Él, debíamos rendir cuentas sobre todos nuestros actos, honrando los dones que Él había invertido en nosotros.
Sabiéndolo, ponía el máximo cuidado en lo que hacía, incluso cuando estaba sola en su cuarto: sabía que en realidad no estaba sola.
De chiquita no le resultó difícil. Simplemente trataba de evitar las cosas que, aunque le gustaran, su mamá le había dicho que estaban mal. Si no lo lograba, el domingo le confesaba al padre Américo que se había metido los dedos en la nariz o no se había lavado bien las orejas. Después rezaba dos Ave Marías, comulgaba y volvía a casa contenta, a disfrutar con su mamá de la única tarde por semana que compartían.
Desde que el padre había muerto, la mamá también tenía que trabajar los sábados. Iba a limpiar la iglesia y a lavarle la ropa a Américo. Y en esas tardes de domingo, Lucrecia aprendía todo lo que una niña como ella debía saber. A veces tejían, otras bordaban y otras cosían vestidos largos, azules o negros, como los que debían usar todas las chicas que honraran a Dios.
Al llegar a la adolescencia, ya eran otras las cosas que Lucrecia quería hacer cuando estaba sola en su cuarto. Pero apenas se acordaba de que Dios la estaba mirando (la madre había distribuido por toda la casa cartelitos que recordaban “Mira que Dios te mira”), se le iban las ganas. Aunque igual tenía que confesarse porque, de todos modos, lo había pensado y Él ya lo sabía. Claro que la penitencia por tener malos pensamientos (“pecados veniales”, como aprendió que se llamaban) era más leve.
Cuando terminó la escuela, la mamá no quiso que siguiera estudiando ni que empezara a trabajar. Con lo que ella ganaba alcanzaba para las dos y alguien se tenía que hacer cargo de la casa. Lucrecia limpiaba y ordenaba todo. Al principio también hacía las compras, pero cuando le contó a su madre que el panadero la había invitado al cine, no la dejaron ir más.
La madre no quería que nadie la distrajera, por eso tampoco le permitía tener amigas. Pero a Lucrecia mucho no le importaba, total sabía que, con Dios, nunca estaba sola.
Igual le hubiera gustado ir alguna vez al cine, por lo menos para saber qué era.
El domingo se confesó: no debía siquiera pensar en contradecir a su madre.
Una tarde se encontró hablando en voz alta, contándole a Él o a quien fuera que la estaba mirando lo que le gustaría hacer. Ir al cine, tener una tele, viajar, por qué no ir alguna vez a bailar. Dudó sobre si contarle estas cosas al padre Américo; no lo sintió necesario. Mejor sin intermediarios.
Además, últimamente él estaba muy riguroso con ella. Antes parecía que era el único que la entendía. Ahora, escucharlo a él y a la madre era lo mismo.
Cuando el tiempo le descubrieron una afección cardíaca, la madre se jubiló. Le preparaba la comida, la ayudaba a lavarse, levantarse y acostarse. Rezaban juntas todas las noches y después Lucrecia le daba las gotas para que no le fallara el corazón.
Casi no conversaban. La madre sólo hablaba con el padre Américo, que la venía a ver todos los días y las ayudaba económicamente. Ella se confesaba y quedaba más tranquila.
Lucre no entendía qué tantos pecados podía cometer ahí tirada en la cama.
Tampoco entendía por qué cuando venía Américo de visita y la mamá estaba acompañada por él – cosa que ocurría cada vez más y se prolongaba durante más y más tiempo – considerando todas las obligaciones que tenía entre las propias y las de ella, y encima sin una sola amiga, la mamá ni siquiera así la dejaba aprovechar y salir a respirar aunque fuera un minuto.
Tampoco entendía por qué Dios permitía todo esto.
Por supuesto, no ponía en duda que Dios lo sabía todo. Se lo habían enseñado y ella no dudaba de que fuera verdad.
Pero una noche, por primera vez, no le importó.
Y acercó a su madre el vaso lleno sólo con agua, rogando que sucediera lo que Dios ya sabía que ella quería que sucediera, porque Dios lo sabía todo.

martes, 15 de julio de 2008

Las hermanas.

Quedamos en encontrarnos a las cinco de la tarde. Hace como dos horas que la espero. Miro el reloj y son en realidad las cinco y cinco. Saco un paquete de cigarrillos. El segundo del día. Tengo que dejar de fumar. Aunque este no es el mejor momento. Estoy en un bar, de estos muy modernos y progres. La oscuridad nos rodea y luces amarillas lo cruzan. Rebotan contra la pared, el techo, el suelo, la nada.
Ahora mi hermana llegó, la miro sentada frente a mí, oscura ella también. Una loca oscuridad despeinada, como siempre. Lo único que le preocupa, y eso que tiene tantas otras cosas más importantes, es darle un nuevo y conocido sermón a su hermanita descarriada. Como cuando éramos chicas.
Ella, la niña modelo. La alumna ejemplar. La que nunca se metía los dedos en la nariz. A la que tías, abuelas y vecinas invitaban a sus casas porque era una monada. Yo, la menor. La consentida. A la que no le gustaban los moños, ni los vestidos y sí treparse a los árboles. Aunque se lastimara las rodillas. Y que, según ella, le hacía pasar malos ratos a papá. Como si yo alguna vez me hubiera llevado una materia. O no hubiera ido a la facultad. Lo que más me molesta es esa costumbre de querer quedar bien con todo el mundo. Pero a mí no me engaña. Yo sé muy bien cómo es. Conozco esa cara de buenita, de nada, de carnero degollado. Como cuando me fui a Europa, por ejemplo, que todos me llamaban para contarme que ella me extrañaba, y tanto que se le llenaban los ojos de lágrimas de sólo nombrarme. Pero eso sí: venir a visitarme, nunca. Me mandaba saludos cuando iban mamá y papá. Lo único que le gusta es dar lástima. Y yo, sin querer, la ayudo. Aunque sólo me interese quebrarle un poco esa perfección y volverla, cómo decirlo, más normal. Más como yo.
Tratamos de entablar un diálogo, pero sólo conseguimos una incomunicación altisonante y obsesiva. Las palabras rebotan. Ya no las escucho. Me limito a ver una cara gesticulando y cinco dedos que se amontonan y me enfrentan. Y, por supuesto, las lágrimas. Igual, y a pesar de todo, no puedo dejar de intentar oírla. Quiere que me arrepienta. A mí no me sale.

Yo solía pensar, ilusa de mí, que ese tipo de cosas pasaba sólo en los teleteatros que veía mi tía Dora. “¡Pero qué boludos! ¿Cómo se van a besar en la cocina si la esposa está en el living?”. A lo que mi tía sólo contestaba un “¡Ay, nena, la boquita!”. A veces, hasta me enojaba:
-¿Pero no se da cuenta el autor que a nadie en este mundo se le ocurriría ir con su amante al telo que está a dos cuadras de la casa?
-¿Cómo al pelo, nena? ¿No te das cuenta que eso está mal, que esa no es la esposa? – contestaba Dorita.
-Telo, tía, telo, no pelo.
-¿Y eso qué es, nena?

Lo conocí en casa de mis padres, el día que me hicieron la fiesta de bienvenida cuando regresé después de varios años en España. Ya me habían hablado de él, aunque todavía no había tenido el gusto de verlo. El impacto fue mutuo. Apenas mi mejilla rozó la suya en ese primer beso introductorio, millones de hormigas me invadieron el pecho, descendieron al estómago y siguieron. Alto, musculoso, pelo negro, ojos verdes. Encima, joven ejecutivo en ascenso.
Al otro día fuimos de visita a uno de esos lugares que mi tía desconocía. Fueron dos meses maravillosos. Todo dejó de existir. Todo. Demasiado todo. Una tarde, buscando a dónde ir, yo, estúpidamente, propuse:
-Acá a la vuelta hay uno. Esta zona la conozco bien.
Cómo no la iba a conocer si justo, justo a una cuadra estaba el negocio de mi hermana.
Entonces pasó precisamente como en las telenovelas. Y yo sabía que a mi hermana eso sí que le iba a molestar bastante.
Porque Roberto, con ser casi perfecto, tenía un problema.
Un detalle.
Estaba casado.
Y era mi cuñado.

sábado, 12 de julio de 2008

Henry, para los amigos.

“No se puede vivir escupiendo al cielo”, pensó Elena. Pero no lo podía evitar. Ni el poder, ni el vivir, ni el escupir. Una amiga le había mandado un mail con una serie de bendiciones. Elena las tenía todas: más salud que enfermedad, comida, ropa, techo, padres vivos. En resumen, una sarta de pavadas. Cada vez soportaba menos esa manía de las personas de hacerse los espirituales. ¿Por qué no se sacaban la careta y reconocían que nadie se conformaba con eso? Durante mucho tiempo, ella había sido la tonta que le creía todo a todo el mundo todo el tiempo. Ya no.
Apagó la computadora, prendió un cigarrillo y miró por la ventana. El piletero hacía su trabajo y cada tanto se detenía para tomar el mate que le llevaba la mucama. “No se puede vivir escupiendo al cielo”, se repitió. Se sentó y volvió a prender la computadora. Intentaría escribir algo para llevar el próximo jueves al taller literario. En una época había soñado con su exposición de pintura en Bellas Artes. O con sus diseños para Casa Foa. Estaba segura de su creatividad, que ahora volcaría en una novela. Pero no le salía nada.
Enrique, Henry para los amigos, tenía mucho trabajo y llegaba todas las noches cuando ella ya hacía rato dormía. Y se iba cada vez más temprano. Tres días que ni lo veía. Ni hablaban. No lo llamaba a la oficina para no interrumpir ninguna reunión importante. El celular lo tenía siempre apagado. Mensajes no iba a dejarle. Se sentía estúpida diciéndole a la nada “hola, llamaba para ver cómo andabas”. No eran tres días, era muchos más – ya ni se acordaba cuántos. Volvió a mirar por la ventana.
El piletero ya había entrado en calor y sacado la remera. La espalda y el pecho le brillaban. Había llegado a la casa de la mano de Enrique, por recomendación de otro amigo. Enrique le tomó mucho afecto. Decía que le hacía acordar a sus comienzos. Cuando trabajaba de cualquier cosa con tal de juntar unos mangos. Lo adoptó como a un hermano menor. Le dejaba la ropa que ya no usaba, le conseguía otras casas para trabajar. Y le daba consejos sobre cómo progresar. A veces, incluso le compraba cosas que necesitaba. Un par de zapatillas, de botines, o un jean. O algo que sabía que quería pero que no se lo podía comprar. Como el último cd de los Redonditos. Un día lo invitó a jugar al fútbol en el country. A Henry y sus amigos no les venía nada mal incorporar un joven para inyectarle un poco de dinamismo al equipo. Elena fue un par de domingos a verlos jugar.
Ahora lo miraba trabajar. En un momento, él se dio vuelta y ella creyó que la había visto detrás de la cortina. Se escondió, por las dudas. Trató otra vez de escribir algo, pero desistió de la idea, ahora para siempre. Se dio cuenta de que no quería que otros leyeran lo que ella pensaba y así violaran su intimidad. Tal vez, no le gustaba violarla ella misma. Volvió a mirar por la ventana. En el preciso instante en que Enrique entraba por el garage. A la tarde por primera vez en mucho tiempo. “Justo hoy”, pensó. Se acercó al piletero, lo saludó.
-¿Cómo andás, Henry?
-Bien, bien – contestó, y le palmeó la espalda con una confianza que a Elena, sin entender bien por qué, le molestó.
Cualquiera de nosotros puede ver lo que no existe. ¿O es al revés?

jueves, 10 de julio de 2008

Juli, yo.

A Fernando y su poema

Hablo mal, hablo muy mal. No es que no tenga ideas brillantes ni que no sepa expresarlas: sé escribirlas y soy un buen periodista. Pero oralmente las comunico de la manera más idiota. Hoy, mi hija, mientras la ayudaba a terminarse de preparar para ir al jardín, me preguntó:
-Pá, ¿qué es eso que me ponés en el delantal?
-La escarapela, Juli.
-¿Y para qué sirve?
-Para nada, bueno no, no es que no sirva para nada, es un símbolo… Juli, son las ocho de la mañana, mi amor.
Tiene cinco años, nunca se calla.
-¿Un símbolo de qué?
-De la patria. Hoy es 25 de mayo, hija; el cabildo, la lluvia, los paraguas y French y Berutti repartiendo escarapelas, ¿ves? Como esta que yo te estoy poniendo. No me mires así, vamos que se hace tarde.
-¿Y qué es la patria?
Decididamente, el día no parece empezar fácil.
Dos cuadras antes de llegar al jardín, en el semáforo, se acerca una señora con un bebé.
-No, no tengo – digo automáticamente y arranco.
-¿El qué no tenés, papi? – me llega la voz desde atrás.
-Plata.
-Sí que tenés, yo vi que te pusiste la billetera en el bolsillo.
-Bueno, Juli, es una forma de decir.
-¿De decir qué?
-Uy, mirá qué lindo el perro que va en ese auto.
-¿Por qué la señora no tenía escarapela?
-Porque es rumana.
-¿Y en rumana no hay escarapelas?
-Supongo que sí.
-¿Entonces?
-Entonces nada, Juli, no tenía porque no tenía y punto.
-Ah, porque seguro en rumana no hay patria, ¿no?
-No… sí, no sé, llegamos mi amor, sacate el cinturón… ¿cómo que no te lo habías puesto? ¿En todo tengo que estar? Bueno, un besito, saludos a la maestra y a Saavedra.
-¿A quién?
-A nadie, a nadie, chau, nos vemos a la tarde.
La miré entrar al jardín, le hice chau con la mano y con una sonrisa recta, de esas que no nos exigen levantar las comisuras. Subí otra vez al auto, un minuto después de que el policía me empezara a hacer la boleta por estar en doble fila.
-Ey, ey, recién paré, traje a la nena.
Sin mirarme, siguió escribiendo.
-¿No me escucha? Traje a la nena a la escuela. Recién se bajó, por eso estoy acá.
-Está en doble fila, señor.
-¿No lo podemos arreglar de otra manera?
-Como usted diga – me contestó con una sonrisa.
Llegué tarde a la oficina porque me crucé la primera manifestación del día. Antes de salir, había hojeado el diario y por eso pude esquivar la que era en contra de la privatización de los parques nacionales, pero me agarró la de los obreros de la fábrica Tequip. Una barbaridad lo que hicieron con esa gente. Pero la verdad se podrían dejar de joder a los demás y hacer el piquete en una plaza.
Una vez en la oficina, no me podía concentrar en el trabajo. El jefe me dijo que tenía que escribir una nota sobre los proyectos aprobados por el Senado el día anterior. Leí la lista. Habían declarado de interés nacional algunos temas: la preocupación por los efectos del SIDA en Zimbabwe, el espectáculo Mi Chaco es Chamamé y la participación del equipo nacional en el mundial de ovejerismo. También habían manifestado beneplácito por la actuación de un atleta jujeño en el campeonato mundial de mountain bike y por el logro de un montañista salteño.
Me senté ante la máquina, pero la única palabra que podía tipear era patria. Juli quería saber qué era. Le dije al jefe que no me sentía bien y que me asignara algo para hacer afuera. Me mandó a cubrir la Reunión de Empresarios No Alineados con el Tercer Mundo. Salí y me tomé un taxi.
-Pá’ dónde vamo’ dijo Adamo – me saludó el señor.
-Cangallo y Piedras.
-¿Le molesta la radio, don? ¿No? ¡Qué bueno! Yo siempre pregunto, ¿vio? Porque mejor aclaremo’ dijo Lemo’ y no demo’ lo que no tenemo’, ¡ja, ja!
Peor que Juli, yo no lo miraba ni de reojo.
-Y bué, este lo paso en colorado porque usté está apurado. Ya llegamo’ a la dirección, espero le haya gustado la función.
Le pagué y bajé. Obvié decirle que me había dado cuenta de que el relojito iba demasiado rápido. No tenía ganas de discutir. En la reunión, tomé unos apuntes y me fui a casa a escribir la nota. Llegó Juli.
-Hola, papi.
-Hola, mi amor.
Se puso a tomar la leche mientras miraba los dibujitos del Cartún Channel, ese del héroe de la capa azul con estrellas. No me decía nada, seguro estaba esperando que yo empezara la conversación. Me acerqué.
-Juli, ¿te acordás de lo que hablamos hoy a la mañana?
-No, ¿qué era?
-Nada, nada, hija; la patria, una palabra nomás.

domingo, 6 de julio de 2008

La otra.

Le gustaba la noche. No la noche afuera, sino adentro. No el ruido, sino la quietud. Acostarse tarde, bien tarde todos los días. Escuchar y gozar de ese silencio que se hacía en la casa cuando todos se iban a dormir. Entonces mirar una película, sumergirse en Internet o leer un libro hasta que se le cayeran los párpados. A veces, perderse con algún amigo en charlas porque sí de pocas palabras. Claro, eso había sido antes. Y ahora de nuevo, ahora que volvía a estar solo y podía retomar viejos hábitos.
Una buena forma de empezar era una película. Lástima el aparato. Su ex le había dicho: “A vos que te gustan tanto las pelis, no te puede faltar un joumsíater. No entiendo cómo todavía no te compraste uno, es una vergüenza, plata no te falta. No sabés, tiene sonido sounsaraund. Es bárbaro cómo se escucha”. Y él lo compró, justamente para no seguir escuchándola. La tecnología y los controles remoto nunca habían sido su fuerte. “Ay, no es difícil, che. Parece mentira, un tipo inteligente como vos que sea tan inútil para cosas tan simples”. Ahora, después de unos minutos y un par de intentos fallidos, logró prender el equipo. “Voy a apagar la luz, así la veo mejor”.
Se sentó y, aprovechando que no había nadie que le dijera que tuviese cuidado con los muebles (“Hm, se nota que vos no los lustrás”), apoyó los pies en la mesita ratona. En ese instante, una mosca, buscando la única luz que quedaba en la habitación, se posó sobre la pantalla. Una grande para colmo.
“Pss, fuera”, gritó, primero sin moverse. La mosca parecía sorda. Le tiró con el repasador que había usado de mantel y servilleta (“¡Qué asco! ¿No querés que lo use para limpiar los vidrios también?”, pensó que le habría dicho). El insecto verdoso voló y desapareció, sólo para volver quince segundos después. Esta vez se paró y agarró el repasador con la firme intención de acabar con el asunto. Empezó a dar trapazos sobre la pantalla, los muebles, las ventanas, sin ningún éxito. Hasta que la perdió de vista.
Habían pasado diez minutos de la película y no sabía de qué se trataba. No se podía concentrar. Sabía que ella andaba por ahí. “En algún lugar debes estar guacha, ya te voy a encontrar. Y ahí te quiero ver.”
Bzzz, bzzz, escuchaba y se volvía loco. Ella, en quien oía a la otra. Se paró, se sacó el pulóver, prendió la luz. “Me tenés podrido. No te me vas a escapar otra vez.” La vio apoyada en la pantalla de la lámpara de pie. Casi acierta.
Ella voló apenas un poco. Sólo hasta la ventana cerrada. No paraba de golpearse contra el vidrio, como buscando la forma de ablandarlo y hacerle un agujero para escapar. No le podía ver la cara, pero no tenía dudas de que era ella y estaba asustada, agitada, pestañeando sin parar. Se sintió ganador. Apenas se quedó quieta, se acercó amenazante. “Esto te lo merecés por ser tan molesta”. Levantó el trapo y la mató. Cuando ella cayó al piso, la levantó de las alitas y escuchó atentamente los últimos zumbidos con una sonrisa de satisfacción.
De golpe, se arrepintió. Asustado, trató de hacer algo. Abrió la ventana y la puso sobre el marco, esperando que volara. Demasiado tarde. Como con la otra.

miércoles, 2 de julio de 2008

Operaciones.


Veinte años desde que habíamos terminado el bachillerato. Veinte años que, al revés del tango, son algo. Organizamos una cena para festejar, no sé muy bien qué, pero para festejar al fin. Fuimos todas. Menos Nancy. Y yo era la única que sabía por que. Ante la insistencia de mis ex compañeras, no me quedó otra que contar la historia.
Todas recordaban a Nancy como la más bonita. La gente se paraba en la calle para mirar y hacerle morisquetas a esa nena que parecía escapada de un aviso de la tele. En la escuela, con una sola caidita de esos ojos tan grandes y azules conseguía lo que quería de cualquiera de las maestras. Pero no fue hasta que entró al secundario que comenzó a sacar real provecho de su belleza. Todos los chicos del industrial de la otra cuadra estaban locos por ella, la invitaban a cuanta fiesta o baile organizaran, le compraban regalos, vivía perseguida por un séquito de adulones. Si bien no era una alumna muy aplicada, nunca se llevó ninguna materia. Sabía anticiparse. A los profesores siempre les pedía pasar a dar la lección, sobre todo si no había estudiado nada, no sin antes por supuesto ofrecerse a borrar el pizarrón, algo que hacía con mucho empeño poniéndose en puntas de pie y estirándose sin dejar una sola marquita. Hecha esta exhibición, podía decir que la suma de la hipotenusa era igual al cateto de los cuadrados, que París era la capital de Bélgica o que San Martín había planeado el cruce de los Andes junto a Solís. El nivel de testosterona reinante obturaba todos los demás sentidos. Con las profesoras asumía la posición de niña bien educada e inocente y también lograba conquistarlas. Pasó el secundario, llegó la facultad y siguió coleccionando novios y éxitos. Nunca se casó, decía que el matrimonio no era para ella. Mucho menos la seducía la idea de tener hijos. Hubiera sido un pecado permitir que su preciado cuerpo se deformase sólo para satisfacer lo que ella denominaba un instinto puramente egoísta. Ella gozaba cuidándoselo, poniéndose cremas y lociones y disfrutaba viendo cómo todo el mundo la admiraba.
Pero una tarde en que recorría caminando las pocas cuadras que separaban la clínica donde trabajaba de su departamento, no recogió ningún piropo. Apenas entró, fue corriendo al baño, se miró en el espejo y se dijo: “Chiquita, estás por cumplir treinta años. Es hora de que hagas algo, antes de que sea demasiado tarde”. Y ahí nomás tomó el teléfono y pidió un turno con el cirujano de moda.
Una vez que empezó, no pudo parar.
Primero fue una simple refrescadita, unos finísimos hilos de oro que hicieron maravillas. Después se tentó con la lipo, y le quedó la panza chata como a los veinte. Tan contenta estaba con los resultados que se respingó un poquito la nariz, se levantó los pómulos y se puso colágeno en los labios. Como ciertas partes se le estaban empezando a caer, se las levantó y, de paso, se agregó algunos talles. Un par de años más tarde, volvió a surgir esa pancita rebelde, otra lipo, pero en esta oportunidad incluyó también las piernas para desterrar una vez y para siempre ese flagelo femenino que es la celulitis. “Y ya que estamos, doctor, ¿por qué no me saca un par de costillas para afinarme la cintura?”
Ahora sí, treinta y cinco años y nada que envidiarle a ninguna de esas mocosas que se paseaban desafiantes con uniformes cada vez más cortos.
Después de la quinta refrescadita, comenzó a tener problemas de insomnio. Se moría de sueño pero no podía dormir. Hasta que descubrió el origen de la cuestión: no podía cerrar bien los ojos. Esa finísima línea de claridad era la causante de todo. La solución fue fácil. Uno de esos antifaces que te dan en las aerolíneas y a otra cosa. Cuando comenzó a tener problemas para respirar, no le quedó otro remedio que consultar a un especialista.
-Señora – quiso empezar a explicarle el médico, pero Nancy, que odiaba esa palabra, ya sabía que no haría absolutamente nada de lo que le dijera ese maleducado - . Señora, ¿me escucha? – insitió el energúmeno- Lo que a usted le impide respirar normalmente es el hecho de que ya no puede cerrar bien la boca, eso sumado a que el tabique nasal ha sufrido una pequeña pero importante deformación. La única solución posible es someterse a una cirugía restauradora para tratar de reconstruir su antiguo tabique y estructura labial.
Ni loca perdería esa naricita que tanto le había costado conseguir. Mucho menos iba a seguir el consejo de un pseudo profesional que ni siquiera podía distinguir la diferencia entre una señora y una señorita. Nadie se moría por respirar por la boca, así que adelante.
Tampoco le importaba demasiado casi no reconocer su cara en viejas fotos, lo que sí le preocupaba era que, a pesar de todos sus esfuerzos, el tiempo seguía pasando y los hombres seguían sin mirarla por la calle, o peor, lo hacían de una manera diferente, como extrañados.
Una mañana, desesperada y entre llantos, llamó a su cirujano.
-No sabés, es terrible, amanecí con tres tetas.
-Eso es imposible, vení a verme de inmediato.
Una vez en el consultorio, el médico le explicó, sin darle mayor importancia al asunto, que una de las siliconas se había corrido de lugar.
-Con una simple cirugía se arregla.
-No, basta – dijo Nancy. Es inútil.
Se fue a su casa, rompió todos los espejos y nunca más nadie la volvió a ver. Excepto yo. No sé por qué me eligió a mí. Lo cierto es que soy la única a la que se atrevió a llamar para comunicarle su decisión y pedir ayuda. A lo mejor pensó que le serviría de consuelo por comparación: yo era flaquita, usaba anteojos y no había tenido un solo novio en todo el secundario. Pero claro: en veinte años una cambia. Yo le brindo todo el apoyo que puedo y le pido a Dios que la guíe para encontrar la paz, a pesar de no poder dormir ni respirar bien, a pesar de sus tres tetas y de su gordura en aumento.De todos modos, debo admitir que a veces se me escapa una sonrisa.

De Un poquito de smog.