sábado, 18 de julio de 2009

La Emilia 21: Cosa de minas.

Ayer fui a la peluquería. Hacía un tiempo ya que mi pelo me lo pedía a gritos, por usar una de las frases preferidas de mi tía Elsa. Juro que no soy de ir mucho a la peluquería, en realidad no sé para qué mierda lo juro, todos los que me conocen saben que no necesito jurarlo. Y los que no me conocen con sólo mirarme se dan cuenta, para qué andar desperdiciando juramentos al pedo. Me estoy yendo, otra vez empecé a dispersarme, tengo que concentrarme, tengo que focalizar, igual hay que reconocer que es muy difícil después de pasar por la experiencia que pasé yo… Y sobre todo después de un tiempo de no… bueno, voy a tratar de volver a lo que quiero contar: nunca en mi vida escuché tantas pero tantas pelotudeces juntas. La peor: había una mina que se había hecho fanática del movimiento slow y trataba de convencernos a todas las allí presentes que no podíamos seguir viviendo si no adoptábamos la misma postura. Ahora, si mal no entendí, este movimiento viene a ser algo así como una reacción en contra de la agitada vida cotidiana. Entonces, yo me pregunto, ¿por qué carajo no se van a vivir al campo y nos dejan tranquilitos y en paz a todos los loquitos del asfalto y el frenesí? Y me surge otro interrogante: ¿por qué si yo no trato de que ella disfrute masticando un pedacito de alquitrán, ella sí trata de convencerme a mí de que yo debo disfrutar del verde pasto y “disminuir mi marcha para ser feliz”? Ahora que lo pienso, nadie en su sano juicio puede usar esa frase. Yo no le contestaba. No la miraba. Me sumergí en una revista y traté de interesarme en la última pelea entre Cristian Castro y su mamá. La manejé más o menos bien hasta que se me paró adelante y me apuntó con unos folletos. Más de ochenta kilos envueltos en un plástico blanco y una cabeza cubierta por una gorra con agujeros de la cual salían muchos pelos de distintos colores. Recordé la noche que mi mamá me llevó a ver El Exorcista. Doce años tenía, mi mamá la verdad una irresponsable, yo se lo pedí y la volví loca lo admito pero… Bueno, vuelvo al momento del terror. “Creo que esto te puede hacer bien”, dijo. “Son cursos de yoga, filosofía, cocina lenta y ecología. Yo los hice cuando volví de las vacaciones y empecé a vivir en serio, lo que pasa es que el movimiento slow va más allá de lo retinesco, no permite que se te quiebre la felicidad, ¿entendés?” Tuve piedad porque la pobre mujer no me conocía y no podía saber que yo perdí todas mis posturas de yoga en el mismo preciso momento en que perdí mi habilidad para chuparme el dedo gordo del pie y que si quiero estudiar filosofía no voy a hacer un curso con un señor que se llama Aiko Ashú (podría escribir una enciclopedia sobre Aiko, pero la dejo para otro día). Yo sólo pensaba en resistir, y en no volcar en palabras pensamientos tales como: si sos tan feliz, ¿por qué tenés esa cara de nutria en desgracia? O, ¿por qué no te sloweás el orto hija de puta y me dejás de joder a mí? La peluquera se debe de haber dado cuenta de que yo era un volcán y que su negocio podía llegar a convertirse en Pompeya en cualquier momento porque raudamente intervino, agarró los folletos, los puso sobre una mesita y con una sonrisa de oreja a oreja decía mi abuela, una sonrisa de compromiso, por no decir más falsa que la mierda, la llevó a la nutria hasta uno de los sillones, le dio una revista y dijo “Creo que la clienta ya entendió, Martha, no es necesario insistir sobre el tema, ¿verdad, querida?” Le agradecí con la mirada. Creo que su intención fue seguir ayudándome. Pobre, era la primera vez que me veía. “Y vos, querida, ¿tenés novio?” La cagó. Una hace lo que puede pero si insisten… “Y a vos, querida, mi amor, corazón, ¿qué carajo te importa?”, le contesté. La sonrisa se la cayó. Con bastante mala cara me pidió que por favor la acompañara a un rincón y en voz muy baja me dijo “Vos sos una tapada, pero sos loca como yo. Tenemos que ir a tomar un café”. “Cuando quieras”, le contesté. Y bue, a lo mejor, quién te dice, es el comienzo de una gran amistad. Le voy a decir a Vero que el mes que viene vayamos juntas.

4 comentarios:

CumbresBlogrrascosas dijo...

Emilia, recuerda no ir nunca, nunca, nunca, armada a la peluquería ¡qué carácter! ¿Sabes qué es infalible? Llevar puestos unos auriculares, aunque no estés escuchando nada. Un amigo mío lo hace en la playa, cuando se junta con otras familias con niños, y así consigue que le dejen en paz y no le hablen de fútbol, de la crisis, etc.

Me he reído mucho con el rollito del slow. Aquí en España hay una cadena de tiendas de productos hippies, alternativos y todo-es-amor que se llama Natura que va de ese palo, i su slogan de este año es "Slow es posible".

¿Por qué será que cuando la gente quiere hacer algo diferente intenta "convertir" a todos los de su alrededor?

Besos.

Milvecesdebo dijo...

Jua rejua!Está todo dicho.
Me pregunto está permitido en este movimiento tanta producción de cabello. Por qué no usa henna que es más natural, digo.
Estoy convencida que hay personas como yo, que tenemos un imán extraño y atraemos a estos especímenes aunque tratemos de evitarlo.
La peluquería nunca fue para mi lugar de relax, como la mayoría lo toma, más bien salgo alteradita de alli. Solucioné con un peluquero a domicilio.
Mil cariños, buen finde

zorgin dijo...

martha con h... se pronuncia marda o martja...
no sé, es complicado, y por otro lado, salvo con los ingals, de que la va el cuento que en el campo se vive slow...
es una imagen bucólica de cuento, será que siempre hay alguien que le sobra el tiempo y necesitan gastarlo en nosostros?
bah, siempre se los/las encuentra en los mismos lugares

Adriana Menendez dijo...

me encantó tu pregunta, CUMBRES; ¿para qué querrán las personas ser diferentes si luego buscan que todos seamos iguales? interesante, mu interesante... y sospechoso. beso grande.


querida MILVECES: tu jua rejua me parece más que significativo, obviamente que está todo dicho. beso.


yo no sé si es que les sobra el tiempo, ZORGIN, o que simplemente no saben qué hacer con él. con respecto a los ingalls, la emilia conoció una vez a una familia muy parecida y ya va a escribir sobre ellos.