martes, 22 de septiembre de 2009

La Emilia 26: Mujeres al borde.

Lo soporté estoicamente. La verdad que tenía razón. Una vez más. “¿Por qué no me avisaste? ¿Me tengo que enterar después de que pasó todo de que te hiciste una biopsia, pelotuda?” “Bueno, Vero, no te enojes, salió todo bien”. “¿Y eso qué tiene que ver? ¿Qué te pensás, que soy tu amiga nada más que para la joda? ¿Con qué necesidad, me querés decir, pasaste por todo eso sola? ¿Cuándo me lo pensabas contar, la puta madre?” Estaba enojada, me di cuenta porque puteaba mucho y ella no putea. No podía hacer otra cosa que callarme y mirarla con mi mejor cara de gato de Shreck, que, por supuesto, no funcionó. Sonó el portero. “Me salvó el gong”, pensé. Equivocada, como de costumbre. “Subí”, dice Vero. “¿Quién es?” “¿Qué te importa?” “Bueno, che, basta, ya me hice todo y todo dio negativo por suerte, así que acá no ha pasado nada.” “Ese no es el punto”. “¿Y cuál es el punto?” “Lo sabés muy bien”. “¿Cuánto más vas a estar así? Ya te di la razón”. “Hasta que se me cante el orto”. Estaba muy enojada. Timbre, Vero que abre la puerta y yo que pongo cara de haber visto al mismísimo demonio, o a dios, que es lo mismo. Me sorprendí, bah. Era Josefina, una amiga de primaria de Verónica que tiene la mente tan abierta como un Equeco y que no entiendo cómo la soporta y que encima se está por casar después de aproximadamente diez años de noviazgo con el chico con el que está más o menos desde que nació. “¡¡Hola chicaaas!!”,  grita como si el dos ambientes de Vero fuera la mansión de los Carrington. Nos saludamos con toda la hipocresía que ambas dos somos capaces de sobrellevar. Nuestro amor es mutuo. Vero se fue a la cocina a llevar las medialunas crocantes que trajo su amiguita y yo la seguí. “¿Se va a quedar mucho tiempo? ¿Qué hace acá? ¿Por qué la seguís viendo a esta forra?” “Porque me charla y me cuenta cosas y así me da a mí la posibilidad de hacerlo”. “¿Y de qué hablan? ¿De la germinación del poroto que hicieron juntas en el año 79?” “¿Por qué no dejás tu preciosa ironía en la puerta la próxima vez que vengas, boluda?”. “Ufa, che, cortala con las puteadas que me estás poniendo nerviosa”. Josefina empezó a hablar de su único tema por estos días, y no paró más. “Es mucho trabajo, Emilia, que los trámites del Registro Civil, que las participaciones, que la lista de regalos, ¿me entendés?” “¿Cómo no te voy a entender? Casarse es un trabajo”. Insalubre hubiera agregado si no fuera porque en algún lugar todavía me reprimo. “¡Y la fiesta!… Que el cotillón, que el catering, que la música, que los manteles, que los arreglos de mesa… (seguiría, pero la lista de ítems fue interminablemente aburrida). Y una quiere que todo salga super bien. Por eso decidimos contratar una wedding planner. Además, con esto de la boda, me tengo que mantener en forma. Ahora entreno dos veces por semana, una vez hago esferodinamia y otra esferokinesis.” No voy a hacer ningún comentario con respecto a la última frase porque ya es demasiado, pero juro que no entiendo a la gente que contrata a otra gente para hacer las cosas que supuestamente les tiene que gustar hacer. Por ejemplo, si no disfrutás sacando a pasear un perro, ¿para qué tenés uno? ¿para contratar a un paseador? Dejate de joder. Pero ya me estoy acostumbrando a andar a contramano. Como alguien me dijo el otro día (ese alguien siendo más precisamente mi amada madre, “Ay, Emilita (porque ella me va a llamar Emilita hasta los 85 – los míos, no los de ella) vos siempre buscándole el pelo al huevo”; a lo que yo le respondí: “Pero el huevo, ¿tiene el pelo o no, vieja?”. “Ves, ves, lo que te digo”, me contestó con la impunidad que la caracteriza. Bueno, pero volviendo, ¿por dónde andaba? … a sí por eso de andar a contramano y acostumbrada, en realidad al corso a contramano que a veces me anda por la cabeza me tendría que acostumbrar o, por lo menos a esta altura de la vida, conformarme. Qué difícil, que lo parió. Pero volviendo otra vez a la amiga de mi amiga, que seguía hablando de su wedding planner diplomada, que le cobraba alrededor de tres millones de dólares para hacer lo que antes hacían la mamá, la tía o la hermana gratis. “Es que no hay cerebro que pueda barajar tanto dato, presupuesto, proveedor…”. Lo que no hay es cerebro y punto, querida, pensé yo, pero nuevamente mi compasión fue más fuerte. “Y además esta chica es buenísima, es super, tiene una propuestas super creativas, ¿sabés que me aconsejó hacer, Vero? Una suelta de mariposas, no me vas a decir que no es maravilloso?” “¿Y por qué no hacés una suelta de cucarachas?”, le sugerí. Vero trató de congelarme con la mirada pero ya era demasiado tarde y ya había escuchado demasiadas cosas y la represión y la compasión se me habían ido al reverendísimo carajo. “A mí me parece muchísimo más creativo, ¿te imaginás el despelote? Todos comiendo en el super salón que alquiló tu super wedding planner, todas en esos super vestidos super largos y, de golpe, zaracatunga, aparecen super cucarachas super enloquecidas, y todas se suben a las sillas y pegan super gritos de pavor.” La novia quedó en silencio, Vero largó la carcajada, y yo entonces supe que estaba todo bien, que era lo único que a mí me importaba.

5 comentarios:

zorgin dijo...

no le voy a comentar de huevos y pelos, solo por recato, pero sepa que Ud me trajo el recuerdo de una adoradora de la tilinguería supina, que cuando me nombró "la profesión" de wedding planner..., me hizo dar cuenta que soy, definitivamente, un dinosaurio

CumbresBlogrrascosas dijo...

Súper-Emilia.

(Comparto recato con zorgin).

Adriana Menendez dijo...

tiene usted razón, ZORGIN, cada tanto hay que recatarse.


gracias, CUMBRES; siempre.

Mil veces debo dijo...

Jua, jua! sin palabras, porque me dejas sin palabras. Segui vos que tenes 10 para esto
Mil cariños

Adriana Menendez dijo...

gracias MIL!!!! beso grande.