miércoles, 14 de octubre de 2009

La Emilia 30: Las invasiones bárbaras.

“Dale, venite. ¿Qué vas a hacer? ¿Te vas a quedar sola en tu casa?” Yo sabía que no tenía que ir. Que la intención de Vero era más que buena y generosa. Pero no estaba de humor para bancar a nadie que no fuera yo misma o, como mucho, ella, que es lo más parecido a yo misma que conozco. Pero la carne es débil, dijo mi bisabuela cuando todo el mundo se dio cuenta de que mi abuelo era muy parecido al lechero… uy, qué dispersa estoy hoy… Cuestión, que fui… al cine y después a comer con Vero y su prima, que estaba de visita. La prima es de un pueblo que se llama Cuchú tafí o Tafí cuchú o Tufí Memé, o algo parecido… sólo sé que es lejos y que queda en el campo, ese lugar, como decía no me acuerdo quien, donde las gallinas andan vivas y sueltas revoloteando por ahí. “Pero yo a tu prima la conozco, Vero, es demasiado tranquila para estar conmigo en este momento”. “Justamente, nos va a ayudar a bajar un par de cambios a las dos”. Más que un par de cambios, nos va a poner en punto muerto, pensé. Pero Vero tiene razón, a veces, está bueno juntarse con gente que no tiene mucho que ver con una, para variar. ¿Para qué carajo queremos variar? Y variar, ¿qué?, me pregunto yo. La película… no la que hay que variar, la que fuimos a ver… qué decir, no era mala, de hecho a la prima le gustó, para mí fue total y absolutamente intrascendente. Una de esas comedias donde no esbozás ni una mínima sonrisa, donde el chico pobre, tonto o nerd termina enamorando a la chica más linda e inteligente del barrio a pesar de que ella se estaba por casar con el príncipe de Asturias, y son felices y comen perdices, animal que crece, ¿dónde?, en el campo, será por eso que le gustó a la prima. Ojo que yo no pretendo burlarme de nadie, muchísimo menos en este momento de corrección política mundial en el que estamos sumergidos, el campo es bueno y generoso, tiene la vaca que nos da la leche pero, la verdad, a mí me importa tres carajos. A mí a la vaca traemelá en lo posible arriba de una parrilla y bien jugosa o, en su defecto, teñida de fucsia y en forma de zapatos o cartera. Nos sentamos a comer en un restaurante moderno para que la prima conociera los placeres de la gran ciudad. Una bosta, esos típicos lugares donde te traen un plato que se llama Vieyras del Pacífico Sur con salsa de orégano y chocolate, te cobran cinco millones de dólares y encima no podés fumar. Por supuesto, a la prima le encantó. Pero claro, para ella un pollo al champiñón ya hubiera sido un plato sofisticado. Otra vez, cero prejuicio, válgame dios, pero yo también tengo derecho a expresar mi opinión, qué joder. Como diría mi locólogo, dios lo tenga en la gloria no porque se haya muerto sino porque lo maté yo, no físicamente eso es más que evidente sino estaría hablando desde otro lugar y no desde acá cómo me acabo de ir al carajo me acabo de dar cuenta, tengo el pensamiento enrulado… ¿Tendré que volver a terapia? Como decía, él insistía en que yo vivía aclarando “yo también tengo derecho a…” como si tuviera la necesidad de recalcar… y sí tengo la necesidad, boludo, le decía yo, ¿por qué te pensás que vengo acá? ¿Por qué vos sos lindo? No soy tan boluda (también ya sé que si digo tan es porque un poco boluda me siento, termínenla con tanto inconsciente, mierda). Ahora sí que me fui, me perdí y ya no sé adónde estaba… ah, con la prima comiendo una suprema Maryland. Uf, me aburrí… sigo después.

2 comentarios:

CumbresBlogrrascosas dijo...

Tremendo debate existencial...

Por cierto, Emilia, la que se casó con el príncipe de Asturias, ni come perdices ni ná, que está anoréxica perdida.

Adriana Menendez dijo...

es que después de un tiempo de que lo primero que ve todas las mañanas es su cara, ha quedado inapetente, la pobrecilla, CUMBRES.