martes, 17 de noviembre de 2009

La Emilia 34: Las olas y el viento ( y un zucundúm de la hostia)


El viaje en el mini bus que se compraron para poder transportar semejante cantidad de personas y cosas fue un verdadero placer… Sólo tuvimos que parar unas cinco veces: porque uno de los mellizos vomitó, porque el otro se cagó y hubo que cambiar esa arma química llamada pañal, porque la de nueve tenía sed, el de siete hambre y la de doce quiso ir al baño porque no le alcanzó con ir las otras cuatro veces que habíamos parado. Siete horas con reguetón de fondo después llegamos a la casa de veraneo que queda a trescientos cincuenta kilómetros del lugar en el que viven. Al hombre de la casa casi no lo vimos en los tres días que estuvimos allá. Apenas llegamos se fue a jugar al golf y estuvo todo el día dándole a la pelotita. Qué tipo raro el que inventó el golf, me lo imagino sentado mirando la lontananza y pensando “voy a inventar un juego en el que haya que pegarle a una pelotita diminuta con un palo y meterla en un agujero pequeñito que esté a ochocientos metros de distancia”, bastante enfermito la verdad. El marido de Luisiana tiene como frase de cabecera eso de que “el deporte es salud”, y con ese latiguillo enferma a los demás. Convengamos en que también lloró con la muerte de Favaloro y fue a todas las marchas de Blumberg. Es decir, no entra en la liguilla de mis amigos. Mientras el señor jugaba su deporte favorito, nosotras llevábamos a los niños a la playa. Hicimos un promedio de trescientos castillitos de arena por día. En un momento en que los mellizos estaban tratando de comerse un caracol que habían encontrado enterrado, el de siete y la de nueve se peleaban furiosamente por una pelota y la doce gritaba “cállense pendejos, mamá hacé algo” como si tuviera un megáfono incorporado en su garganta, Luisiana, mirando el horizonte, dijo “te juro que a veces me siento superada y no sé qué hacer”, y yo, también mirando el horizonte, contesté, “Matalos, es la única solución posible”. Aprovechando que no había ningún ecologista cerca, apagué el cigarrillo en la arena, e inmediatamente después nos paramos para construir el castillito número trescientos uno.
                                                                                                            


 

9 comentarios:

zorgin dijo...

o como hacer para disfrutar de nuestra vida solitaria en pocas clases, a cargo de la prole y el matrimonio cliche.
enjoy!

José Ignacio dijo...

Viajar con chavales suele ser lento, muy lento. De acuerdo con lo del juego de hoyos, pero mira que el que inventó a once personajes dando patadas a una pelota para meterla entre tres palos también se cubrió de gloria.
Intentar construir castillos de arena es labor compleja ya que son poco duraderos y como os paso incluso el número trescientos acaba disuelto por las olas o la marea.
Deseo que el regreso te permita disfrutar de la vida.
Un abrazo

Adriana Menendez dijo...

ZORGIN! welcome back! de eso se trata, querido, de tratar de enjoy lo más que se pueda.


no sé qué pensará la emilia al respecto, JOSÉ IGNACIO, yo personalmente creo que no se puede nunca comparar a un tipo solo solito su alma pegándole a una pelotita diminuta con veintidós corriendo detrás de una por lo menos un poco más grande y con cuarenta mil detrás alentándolos. beso.

José Ignacio dijo...

Bueno, vale, de acuerdo .......
Hasta pronto

Adriana Menendez dijo...

un beso, JOSÉ!!

CumbresBlogrrascosas dijo...

Si al final hasta lo pasaste bien... Emilia, hija, es que te quejas de vicio...

Adriana Menendez dijo...

de llena, decía mi abuela, CUMBRES, la emilia se queja de llena.

oasisltda dijo...

yo creo que debemos concernos algun dia o conocer nuestro mentorno me encanta su relación

Adriana Menendez dijo...

querida/o OASISLTDA: entré a tu blog, para tratar de empezar a conocernos, pero no había ninguna entrada. beso.