jueves, 26 de marzo de 2009

La Emilia 11: ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

“Si es para verte a vos, hasta la China me queda cerca”, dijo… y me conquistó. De esta miel no comen las hormigas, pensé. Claro que cuando le pedí que me acompañara al médico me dijo que no. Y como no pienso ir a la China en la puta vida de Satanás, a éste también lo dejé. Me parece que voy a tener que replantearme qué es lo que espero de las relaciones si no… Total, que fui sola. Me atendió a las doce y media, tuve suerte porque el turno era a las diez y quince, por lo menos no salió de urgencia por ningún parto. Qué manía que tienen las minas de romper bolsa siempre que justo me toca a mí.
El doc mira la pantalla de la computadora fijamente, a mí ni bola, que me parta un rayo. Mhm mhm mhm dice siete veces seguidas… parece una vaca. Se digna a hablar:
-Bueno, andá a autorizar estas órdenes y pasá por administración a pedir cama para el miércoles que viene, ¿me entendés lo que te digo?
-No - le contesto - yo ya tengo una cama preciosa en mi casa. No le voy a andar sacando una al hospital con la escasez de recursos que tienen.
-No te hagas la graciosa, Emilia, ya lo hablamos muchas veces, es hora de que te decidas a hacer la bendita biopsia. ¿De qué tenés miedo?
De que se extinga el rinoceronte negro, boludo, pienso en contestarle pero me callo, mi ascendente en virgo me lo impide. No sé por qué me niego, si es divertidísimo. Le digo a todo que sí, que se quede tranquilo que esta vez me la voy a hacer.
-No dejes que se te venza la orden otra vez, por favor, es la cuarta que te hago.
Camino por ese laberinto perdido que ha edificado mi obra social, que es la misma de todos. Llego a la puerta que dice “Intervencionismo radiológico” como me indicaron en recepción, después de esperar cuarenta y tres minutos con cincuenta y ocho segundos y de enterarme de que la señora sentada a mi lado tiene el colon irritable. Saco número, me toca el sesenta y siete; menos mal, ya van por el doce, salgo antes de que devuelvan las manos de Perón. Yo no sé por qué hay que hacer tantos trámites, si quieren que una se duerma para ahorrarse la anestesia o si los entusiasma el acopio de papeles.
La señorita que me va a atender tiene tanta cara de buena que me dan ganas de hacerla amiga de Yiya Murano. Se le nota el sufrimiento en la sonrisa cada vez que rechaza una orden. “Va a tener que pedirle al doctor” debe de ser su frase favorita, ya que la ha dicho unas veinticinco veces; ojalá que se descomponga de golpe, la tengan que internar y no le haya hecho caso a su mamá y justamente hoy se haya puesto esa bombacha vieja, desteñida y con el elástico flojo así pasa bastante vergüenza, pendeja del orto, seguro que cuando yo llego me va a pedir algo que no tengo y no me va a quedar otra que intentar meterle esa lima de uñas en el orificio derecho de la nariz y sacársela por la oreja izquierda. La señora que me tocó tener a mi lado esta vez, que calculo debe de haber nacido en el mismo año que la mamá de Tita Merello, le dice al señor que la acompaña, de más o menos la misma edad, “¿Sabías que el calamar no tiene arterioesclerosis?”. El señor le da un beso en la frente sin soltarle la mano. Es demasiado. No puedo seguir escuchando incoherencias. Me voy y vuelvo mañana. A lo mejor, lo llamo y lo convenzo de que el hospital queda más cerca que la China.

domingo, 22 de marzo de 2009

Silencio escondido.

-Treinta años casada con tu padre, treinta años, ¿me entendés lo que es eso? Y ahora, de golpe, cuando está bien muerto y recién enterrado me doy cuenta de que nunca lo conocí… Seguramente vos tampoco pero eso es normal, uno nunca conoce a los padres en realidad, son sólo eso, padres, y nada más… y está bien que así sea.
Julieta seguía sin contestarle, sin comprender quizás todo lo que la madre le estaba diciendo con la cara y los ojos cada vez más abiertos. Lo único que se le cruzaba por la cabeza era una especie de cinta interminable con una frase que le había dicho su padre y que ella nunca había podido entender hasta ese momento, “hay que callar aunque duela”.
Las dos mujeres estaban solas en el estudio de ese hombre, de ese desconocido que había vivido con ellas tantos años.
Lo primero que les llamó la atención fue el paquete de cigarrillos sobre el escritorio, él no sólo no fumaba sino que prohibía a cualquiera hacerlo en su casa. Supusieron que alguien se lo había olvidado ahí. Tratar de explicarse los tres porros en el cajón derecho les resultó más difícil, ni que hablar de….

viernes, 20 de marzo de 2009

Los asesinos tímidos.

Título más que auspicioso para la revista de Juan José Burzi, autor de, entre otras obras, Un Dios demasiado pequeño. En el último número de la revista, Federico Rodríguez hizo la siguiente crítica a Huracán. Muchas gracias.


HURACÁN EN LA GARGANTA, de Adriana Menendez. Nuevo hacer, 2008; por Federico Rodriguez
Trece son los cuentos de Huracán en la garganta, tercer libro de Adriana Menendez. Trece maneras parecidas y diferentes de abordar personajes y situaciones difíciles de olvidar. Como por ejemplo, el cuento llamado "el de los mensajes", que trata sobre una mujer que recibe insultos en el contestador automático. De a momentos gracioso, de a momentos intrigante, el desenlace del mismo es adivinable, sin que por eso pierda su efecto. O "el de la boda", donde el final es tan graciosos como contundente. O "el del Lauchi", un personaje marginal que se va construyendo a él mismo.
Sucede que los cuentos de menendez están concevidos dentro de la clásica escuela rioplatense del cuento: breves, efectivos, sin fisuras. Una forma de encarar el género reprochable y ya pasada de moda para algunos, única posible y altamente disfrutable para otros. Eso ya es cuestión de gustos.
Un elemento un tanto molesto y superfluo en todos los cuentos: las citas al principio de cada cuento, (Borges, Castillo, Aira, Girondo, Quevedo, Olmedo, Seru Girán, Sarmiento, Conrad, Cortázar, Feinmann -el bueno, el filósofo, el oficialista-, Gieco, Rivera...) cuya función, en la repetición, no se termina de entender del todo, y pareciera que la autora quisiera decir: "miren cuánto leí".
Fuera de ese detalle, Huracán en la garganta es un libro, como ya se dijo, preciso en lo suyo, tanto en sus formas como en su lenguaje. Un libro de cuentos, cosa rara hoy en día, que no aburre y que se puede leer de una sentada. Un huracán en la lectura.

miércoles, 18 de marzo de 2009

el de los mensajes. (Segunda y última)

Biiip
Nena, hace dos días que no me llamás ni me venís a ver. ¿Ya no te importa tu pobre madre viuda?
Biiip
Gabii, habla Silvia, mañana no voy a poder ir al cine como quedamos, sorry. Te llamo más tarde.
Biiip
Nena, soy yo otra vez. Menos mal que levantastes de la oficina el mensaje que te dejé a la mañana y me vinistes a ver. Qué buena hija que sos. Una cosita, qué te iba a decir, cuidate que está empezando a hacer fresco. Estabas muy despechugada hoy.
Biiip
Boluda
Biiip
Boluuda
Biiip
Boluuuda


Casi inmóvil al lado del teléfono, escuchó los mensajes infinidad de veces. Y siempre que salía la voz se sobresaltaba, se llevaba la mano al pecho o a la boca y cerraba los ojos. Un mes después volvía a la carga, decidida a no soltarla. Luego de varias discusiones, Alberto había logrado convencerla de que eran sólo insultos, no amenazas reales. Igual, la idea de tener que acostumbrarse a vivir con ella, la espantaba.


Biiip
Hola amor, no me esperes a comer. Vinieron los franchutes y los tengo que llevar a un show de tango. Te quiero.
Biiip
Hola nena, hoy lo llamé a tu marido... perdón, a tu novio, no me acostumbro a que no estén casados... lo llamé, te contaba, para hacerle una pregunta por lo del plazo fijo y ya que estaba lo invité a cenar, a los dos bah, y me dijo que no podía, que tenía una cena de negocios, qué sé yo, ¿no querés venir vos? Estas cosas terminan tarde siempre vistes, y para qué vamos a estar las dos solas... llamame
Biiip
Cornuda
Biiip
Cornuuda
Biiip
Cornuuuda


Lloró un rato. Tal vez fue la sorpresa. No los esperaba tan pronto, habían pasado sólo un par de días. No pudo no desconfiar de la cena con los franceses. Lo llamó. Que tuviera el celular apagado, sólo confirmó sus sospechas. De todos modos, tratando de disimular, le dejó un mensaje.
“Alberto, me voy a comer con mamá, ya que tenés esa cena.”
Sin querer había enfatizado la última palabra.


-Hija, ¡qué suerte! Vení, pasá, ¿comistes algo? ¿Te preparo un churrasquito? Como no sabía que venías yo ya cené.
Gabriela no aguantó más, la abrazó y se puso a llorar.
-Pero, ¿qué pasa, bebé? Sentate, sentate y me contás mientras te hago un tesito.
Gabi empezó su relato y la madre la escuchó atentamente. Cuando llegó al último mensaje, se paró y apagó el fuego.
-Y, ¿qué me decís, mamá?
-Qué te voy a decir, hija, lamentablemente yo me lo venía venir esto. No por Alberto, que es un buen chico, pero es hombre y vos tenés que entender que los hombres tienen necesidades que nosotras no tenemos.
-Ay, mamá, eso es del siglo pasado.
-Vos decí lo que quieras pero tarde o temprano, esto pasa siempre. Si lo sabré yo, ¿o vos te pensás que tu padre era un santo?
-¡Mamá!
-Mamá nada, ¿me voy a olvidar de lo que hizo porque está muerto? Es doloroso pero es así. ¿Qué querés que te diga? Vos sabés que yo no tengo pelos en la lengua, es una desgracia, bastantes problemas me trae, pero no me puedo callar. Pensalo, Alberto nunca fue santo de mi devoción pero también tenés que saber que tarde o temprano todas somos cornudas. El problema acá es que este chico empezó demasiado pronto. Si hace esto ahora, que todavía ni se casaron, qué te queda para más adelante.
-Mamá, te conozco, no me enrosqués la víbora. Santo de tu devoción no va a ser Alberto ni ninguno. No te ilusiones, no nos vamos a separar por culpa de una loca que deja mensajes.
-¿Pero quién dijo nada de separación? ¿Cómo le hablás así a tu madre? Con todos los sacrificios que hice yo para que vos estudies.
-No empecés otra vez con la misma cantinela.
-No es ninguna cantinela, es la verdad. Y yo quiero que seas feliz, no que te separes. No tenés que tomar decisiones apresuradas, hablalo con él, fijate y después ves. Acá siempre vas a tener tu cuarto por cualquier cosa, por si te querés tomar un tiempo, digo. Pero no pensés más ahora, ¿miramos una película así te distraés un poco?
-No, mejor me voy a casa, me va a hacer bien acostarme temprano.
-Ahí está, mañana será otro día.
La mamá se fue a la cama enseguida, pero como no podía dormir, se levantó a prepararse un vaso de leche tibia.
“Desagradecida… pensar que yo sentía algo de culpa… si todo lo que hago lo hago por su bien, como siempre, lo único que quiero es que encuentre un chico que la merezca”.
Decidió esperar unos días para volver a llamar. Tarde o temprano, iba a cosechar sus frutos.

lunes, 16 de marzo de 2009

el de los mensajes. (Primera Parte)

Te amo, te odio, dame más.
Peperina – Serú Girán




Cortó. Por ahora, no se animaba más que a eso. Pensó que cuando no se puede hablar, es mejor dejar mensajes. Había hecho demasiados sacrificios en su vida como para ahora permitir que otro cosechara los frutos sin recibir nada a cambio.


Biiip
Nena, soy yo, mamá, llamame querés que te tengo que contar algo de la tía Sara, me está volviendo loca, se aprovecha, y viste cómo me pongo yo, se me sube la presión enseguida, llamame cuando llegues
Biiip
Gabi, acordate que quedamos en encontrarnos mañana a las nueve para ver los planos...beso
Biiip
Hija de puta
Biiip
Hija de puuta
Biiip
Hija de puuuta



Cerró la heladera y miró el aparato como si la persona estuviera ahí. Se sentó al lado y repitió los mensajes, pero no pudo reconocer la voz por más fuerte que entrecerrara los ojos. A la décima vez que los escuchó, se dio cuenta de que era inútil. Se hizo unos mates y prendió el televisor, pero no encontró nada interesante para ver. Retomó la lectura del libro que había dejado la noche anterior. No se pudo concentrar. Cada tanto volvía y apretaba el botoncito.
Tampoco Alberto pudo darse cuenta de quién era. Aunque en realidad le prestó poca atención, dio por sentado que se trataba de una broma de mal gusto o que se habrían equivocado de número.
-No, no creo – dijo Gabriela – esto está bien dedicado, es groso.
-¿Qué sabés?
-Es una sensación.
-No le des más vueltas, dale, vamos a comer algo afuera así te distraés un poco.
Pasaron los días y, entre el trabajo y el esfuerzo de Alberto, se fue olvidando de los mensajes.


Biiip
La llamamos para comunicarle que ha sido beneficiada con un estupendo plan de cuotas para un cero kilómetro. Por favor comuníquese a la brevedad con el 3798-1236
Biiip
Nena, no me trajistes los remedios que te pedí, llamame cuando llegues que me duele mucho la pierna.
Biiip
Puta
Biiip
Puuta
Biiip
Puuuta


Parados al lado del teléfono, los escucharon juntos varias veces. El nudo de la corbata flojo, mirando varias cosas y nada a la vez; él. Sin soltar la cartera y con las comisuras levemente hacia abajo; ella. Había pasado casi un mes. Y ahí estaba de nuevo. Esa voz disfrazada, retorcida, tan de loca desconocida y, a la vez, tan común y ordinaria.
-Ay, tengo miedo, Alberto.
-No te preocupes, no le des bola, ya se va a cansar.
-¿Y si no se cansa? ¿Y si me quiere lastimar? Seguro que viene de la oficina, de la tuya o de la mía, la gente está cada vez más loca. ¿Tuviste algún problema vos con alguien?
-No… qué sé yo. Hace un par meses tuve que echar a una secretaria pero…
-Ahí está, seguro que es ella. Pero, ¿por qué se la agarra conmigo? ¿Vos tenés el teléfono de esta chica?
-Pará, pará, no podemos echarle la culpa al primero que se nos ocurra. Qué sabemos si es ella. La verdad, no creo, era una buena piba, medio inútil, pero nunca me dio motivos para pensar que pudiera hacer algo así.
-Mientras más buenitas parecen, peores son, si las conoceré yo. No te olvides que yo también trabajo rodeada de minas.
-Bueno, bueno, bajá un par de cambios, vamos a ver qué pasa, ¿te parece?
-¿Cómo “vamos a ver”?
-Cielo, no hay mucho que podamos hacer.
-¿Cómo que no? La denuncia a la policía, intervenir el teléfono...
-Tenés muchas películas americanas encima, amor, no te van a dar bola. Se te van a cagar de risa en la cara cuando les digas que querés hacer una denuncia porque una loca te dejó un par de mensajes.
-Seis mensajes, seis. Y justamente de una loca. ¿No pensás que es para preocuparse?
-Para preocuparse un poco sí, para abrir un poco más los ojos también, pero para volverse paranoicos, no.
-No cambiás más, eh, lo único importante es lo que te pasa a vos.
-Pero por qué te la agarrás conmigo, ¿qué hice yo ahora?
-Mamá tiene razón, sos un egoísta.
-Tu vieja es una hincha pelotas que no me soporta y que no se banca que su única hijita viva con el novio.
-Lo único que faltaba; no, si ahora la culpa de todo la va a tener mi mamá.
-Yo no dije que tenga la culpa de nada, dije que es una rompe bolas, nada más, ¿o no te llama noventa y cinco veces por día?
-Mirá, mejor callate que me ponés más nerviosa. Me voy a comprar cigarrillos.
-Te acompaño.
-No, voy sola.
-Pero, che, al final terminamos peleados por unos mensajes de mierda, dejate de joder.
Ella no escuchó lo último que dijo porque ya había cerrado la puerta.

viernes, 6 de marzo de 2009

La Emilia 10: You talkin' to me?

Yo, la Emilia, declaro que:
Al igual que la gran mayoría de las incomprendidas mujeres que habitan este mundo, a la mañana no hablo.
Es más, odio que me dirijan la palabra.
Es mentira que me levante de mal humor.
Me pongo de mal humor fácilmente, que no es lo mismo.
Mejor dicho, me ponen de mal humor fácilmente, que no es lo mismo.
No tengo la culpa ni soy responsable de que los miembros masculinos que se hayan levantado a mi lado tengan un compañero que los despierta con felicidad. Yo, a Dios gracias diría mi abuela, no lo tengo.

Por lo tanto, a esos futuros compañeros que todavía no conocí les digo:
No me pregunten, ¿qué te pasa? A la mañana es imposible que me pase nada, pues el noventa y nueve por ciento de mi cuerpo sigue dormido.
Ni se les ocurra entrar en mi cocina con una frase del tipo, ¿qué onda?, es una actitud decididamente suicida.
No insistan, siempre duermo bien.
No suelo tener pesadillas.
Lo único que quiero es que se callen y, en lo posible, que apaguen la radio.
Sólo tomo mate, no como medialunas, no se ofrezcan a ir a comprar.
Cada vez que, no obstante haber dicho que no quiero, me preguntan si las deseo de grasa o de manteca, se apodera de mí un deseo prácticamente irrefrenable de cortarles las bolas que Dios les dio con una galletita de salvado.
El que avisa, no engaña.
¿Alguna vez, alguno me entenderá?