miércoles, 22 de julio de 2009

Muchas gracias...

... a la revista Culturalia, de Barcelona, y en especial a Violant Muñoz Genovés por incluir mi cuento "el del suicida" en el último número de la revista.


sábado, 18 de julio de 2009

La Emilia 21: Cosa de minas.

Ayer fui a la peluquería. Hacía un tiempo ya que mi pelo me lo pedía a gritos, por usar una de las frases preferidas de mi tía Elsa. Juro que no soy de ir mucho a la peluquería, en realidad no sé para qué mierda lo juro, todos los que me conocen saben que no necesito jurarlo. Y los que no me conocen con sólo mirarme se dan cuenta, para qué andar desperdiciando juramentos al pedo. Me estoy yendo, otra vez empecé a dispersarme, tengo que concentrarme, tengo que focalizar, igual hay que reconocer que es muy difícil después de pasar por la experiencia que pasé yo… Y sobre todo después de un tiempo de no… bueno, voy a tratar de volver a lo que quiero contar: nunca en mi vida escuché tantas pero tantas pelotudeces juntas. La peor: había una mina que se había hecho fanática del movimiento slow y trataba de convencernos a todas las allí presentes que no podíamos seguir viviendo si no adoptábamos la misma postura. Ahora, si mal no entendí, este movimiento viene a ser algo así como una reacción en contra de la agitada vida cotidiana. Entonces, yo me pregunto, ¿por qué carajo no se van a vivir al campo y nos dejan tranquilitos y en paz a todos los loquitos del asfalto y el frenesí? Y me surge otro interrogante: ¿por qué si yo no trato de que ella disfrute masticando un pedacito de alquitrán, ella sí trata de convencerme a mí de que yo debo disfrutar del verde pasto y “disminuir mi marcha para ser feliz”? Ahora que lo pienso, nadie en su sano juicio puede usar esa frase. Yo no le contestaba. No la miraba. Me sumergí en una revista y traté de interesarme en la última pelea entre Cristian Castro y su mamá. La manejé más o menos bien hasta que se me paró adelante y me apuntó con unos folletos. Más de ochenta kilos envueltos en un plástico blanco y una cabeza cubierta por una gorra con agujeros de la cual salían muchos pelos de distintos colores. Recordé la noche que mi mamá me llevó a ver El Exorcista. Doce años tenía, mi mamá la verdad una irresponsable, yo se lo pedí y la volví loca lo admito pero… Bueno, vuelvo al momento del terror. “Creo que esto te puede hacer bien”, dijo. “Son cursos de yoga, filosofía, cocina lenta y ecología. Yo los hice cuando volví de las vacaciones y empecé a vivir en serio, lo que pasa es que el movimiento slow va más allá de lo retinesco, no permite que se te quiebre la felicidad, ¿entendés?” Tuve piedad porque la pobre mujer no me conocía y no podía saber que yo perdí todas mis posturas de yoga en el mismo preciso momento en que perdí mi habilidad para chuparme el dedo gordo del pie y que si quiero estudiar filosofía no voy a hacer un curso con un señor que se llama Aiko Ashú (podría escribir una enciclopedia sobre Aiko, pero la dejo para otro día). Yo sólo pensaba en resistir, y en no volcar en palabras pensamientos tales como: si sos tan feliz, ¿por qué tenés esa cara de nutria en desgracia? O, ¿por qué no te sloweás el orto hija de puta y me dejás de joder a mí? La peluquera se debe de haber dado cuenta de que yo era un volcán y que su negocio podía llegar a convertirse en Pompeya en cualquier momento porque raudamente intervino, agarró los folletos, los puso sobre una mesita y con una sonrisa de oreja a oreja decía mi abuela, una sonrisa de compromiso, por no decir más falsa que la mierda, la llevó a la nutria hasta uno de los sillones, le dio una revista y dijo “Creo que la clienta ya entendió, Martha, no es necesario insistir sobre el tema, ¿verdad, querida?” Le agradecí con la mirada. Creo que su intención fue seguir ayudándome. Pobre, era la primera vez que me veía. “Y vos, querida, ¿tenés novio?” La cagó. Una hace lo que puede pero si insisten… “Y a vos, querida, mi amor, corazón, ¿qué carajo te importa?”, le contesté. La sonrisa se la cayó. Con bastante mala cara me pidió que por favor la acompañara a un rincón y en voz muy baja me dijo “Vos sos una tapada, pero sos loca como yo. Tenemos que ir a tomar un café”. “Cuando quieras”, le contesté. Y bue, a lo mejor, quién te dice, es el comienzo de una gran amistad. Le voy a decir a Vero que el mes que viene vayamos juntas.

jueves, 9 de julio de 2009

La Emilia 20: Nota al pie.

Parece que Feinmann (José Pablo, no el primo) y yo andamos más o menos en la misma. Hace unos días, escribió un artículo en el que decía: “No obstante, uno se siente cada vez más raro en este país y hasta en este mundo. Se mete para adentro, se guarda, escribe y dice algunas cosas”. Aunque debería decir andábamos. Unos días atrás. Hoy y solamente hoy, no sé mañana, he decidido que de ahora en más voy a decir más que “algunas cosas”. Me perdí por unos momentos, pero I’m back. Preparensén. Eso sí, prometo que trataré de perfeccionar el arte de decirlo de la mejor manera posible. Pero no creo que me salga. Jodansén.
Para empezar, me ponen de muy mal humor los buenos. Son sospechosos.
Esa gente con cara de buena, actitud de buena, que nunca habla mal de nadie, que siempre tiene a flor de labios una frase optimista y conciliadora, que permanentemente te compele a que veas el lado positivo de las cosas. Esa gente cuya frase favorita es “no hay mal que por bien no venga”. Esas minas que vienen a tu casa y te traen una torta recién hecha (por ellas, obviamente), que te preguntan cómo estás, que todo el tiempo quieren saber si te pueden ayudar en algo. Que no paran de ofrecerte cosas. Que dicen ser tus amigas. Que te regalan para tu cumpleaños una camisa blanca de broderie acompañada de una tarjetita con un osito que dice, por ejemplo, “Buscaba la dicha en la amistad y no me equivoqué porque la encontré contigo”. Esa gente así, como la vecina de mi amiga. Que no paraba de decir que era “floja de corazón” y que llevaba caramelos en su camioneta 4x4 para darle a los chicos que piden plata en las esquinas. ¿Pero quién te pensás que sos? ¿Teresa de Calcuta Revisited? Ojalá que seas floja de corazón y te dé un infarto masivo, hija de una reverenda yegua puta, con perdón de las yeguas y de las putas. Ojalá que la próxima vez que vayas a correr al parque te cagues encima y tengas que limpiarte el culo con una ortiga. Ojalá que, de ahora en más, cada vez que estés desnuda en la cama con un tipo no puedas parar de eructar y tirarte pedos. O mejor, como todos estos deseos míos casi seguro no se cumplen, la próxima vez que te vea caminando de la mano con el ex marido de mi amiga, te agarro de las mechas. ¿Tu mamá no te enseñó que eso no se hace, nena? ¿Que con el de una amiga, por más ex que sea, no?
Y al final no me salió, voy a tener que seguir practicando.

martes, 7 de julio de 2009

La Emilia 19: Rara, como encendida...

Una sabe, siempre sabe. ¿Qué te pasa, Emilia? Nada, contesto, con la más cara de Emilia que alguien se pueda imaginar. En eso, en hacerme la boluda, convengamos en que tengo un master. Doctorado en cara de nada.
Pero en el fondo, una sabe. Por lo menos eso dice, o decía, mi psicólogo a quién abandoné hace un tiempo porque ya no aguantaba más; pero no quiero, decirlo digo. Ni escucharlo. Ni pensarlo. Ja ja, qué fácil…
Me siento muy sapo de muy otro pozo muy todo el tiempo.
Casi nunca quiero estar en el lugar en el que estoy ni con la persona con la que me encuentro. No es que me caiga mal la gente, todo lo contrario, todo el mundo me cae bárbaro. Menos yo. No me soporto más. Me aburro soberanamente cuando estoy con otros. Cuando estoy sola, peor. ¿Por qué será que siempre tengo la sensación de que los demás tienen vidas mucho más interesantes que yo? Ah, ¿sabés qué hice ayer? Me acosté con mi cuñado y creo que estoy enamorada; me cuenta una, que no sabe que hace diez minutos su cuñado me contó ¿A que no sabés qué hice hoy a la mañana? Finalmente, me acosté con Rafael y creo que estamos enamorados. Eso sí que es no aburrirse, carajo. Qué bello es vivir, decía Capra; que por otro lado nunca había visitado el segundo cordón del conurbano bonaerense.
Cuando hay mucha gente en un lugar, me quiero ir, siempre, y, cuando logro estar sola, siento abandono. Es preocupante. No hay cura. Juro que me esfuerzo por perder el tiempo, pero no me sale. Cuando estoy mala me digo cosas horribles: pelotudona (que, como todos podrán apreciar, es muchísimo peor que pelotuda a secas); mediocre proyecto de intelectual; de qué te quejás si tenés menos atractivo que un cobayo. La verdad es que soy un encanto.
Decir que ya me conozco y mucho bola no me doy cuando me pinta la autoestima baja, que si no…
Es lo que decía al principio, master tengo….

miércoles, 1 de julio de 2009

Despojos.



El sol pegaba fuerte en el cementerio. Él, tal cual le había enseñado su madre, no había perdido ni por un instante la compostura. Las amigas de su mujer habían puesto cosas dentro del cajón. Un paquete de cigarrillos, una entrada a la cancha y una petaca. No lo entendía bien. Los veintisiete años de matrimonio se le hacían pedazos. Sabía que en esta historia de origen manchado no había inocentes. Pero aún así, lamentaba no poder comprar recuerdos. De golpe se dio cuenta de que había sido necesario que se muriera para conocerla. Tarde, una vez más llegaba tarde.