miércoles, 31 de marzo de 2010

Tentáculos impredecibles.

Es muy común que alguien diga, antes de comenzar a contar una historia difícil, “no sé por dónde empezar”. Normalmente, el interlocutor responde “pues por el principio”. Pero no, a veces, y sólo a veces, es mejor o conveniente empezar por el final. Lo mató. La hija se lo había adelantado, “Es bastante mayor que yo, pa, ya lo sé, pero lo quiero.” “¿Cuánto mayor?” “Y… Tiene un poco más que vos”. Ante su cara de disimulada reprobación, rápidamente agregó: “Vas a ver cuando lo conozcas que te va a encantar. Es profesor de historia en la facultad, como querías ser vos. Mirá las vueltas de la vida”. Las reverendísimas y putas casualidades de la vida. Las reverendísimas y putas vueltas que tiene la muerte.

Eso pensó cuando el tipo le extendió la mano para saludarlo. Y también que es mentira eso de que la maldad se nota en la cara. A él no se le notaba nada. Parecía igual a todos. Tan a todos que ni siquiera lo reconoció. Él sí, cómo olvidarlo. Cómo olvidar el olor de los despojos, los pensamientos en tinieblas. Cómo olvidar a este profesor que le enseñó en aquel entonces que la muerte se puede pagar a plazos y que las cuotas no se terminan nunca, que algunos muertos pueden caminar y que otros no tienen cadáveres. Cómo olvidar los gritos perpetuos, la crueldad astuta, la sonrisa decidida casi tocándole la nariz cada vez que se le acercaba a hacerle una pregunta. Cómo olvidar esa especie de click perpetuo. Cómo olvidar y punto. Uno puede perdonar para atrás pero no para adelante. Su hija lo iba a entender.

2 comentarios:

zorgin dijo...

cada cual tiene un límite para sus perdones, más allá de lo que le hicieren.
cuál será el de la hija?

Adriana Menendez dijo...

vaya una a saber, ZORGIN