lunes, 3 de mayo de 2010

La Emilia 51: Independence Day.

Salgo de casa… Vuelvo a entrar. La calle está cortada y no puedo sacar mi descapotable. Le dedico una oración a nuestro benemérito señor alcalde, convencida de que está haciendo que arregla un bache. Atravieso la puerta de entrada, acordándome de la bisabuela del antes mencionado benemérito que me hace caminar dos cuadras para conseguir un taxi, cuando una horda de desaforados, todos con remeras del mismo color, me ataca. Corren. Respiran. Corren. Gritan. Siguen corriendo. Pasan a mi lado, la mayoría con cara de tener un paro cardio respiratorio antes de llegar a la esquina. Son muchos, interminables. Casi todos están cerca o ya pasaron los cuarenta, pero tienen un aspecto de tanta juventud que dan asco. Se hacen los sanos, pobrecitos. Corren cinco kilómetros y dicen que corren maratones. Si los griegos se enteran los cagan a patadas en el culo. Maratooones, más respeto, por favor. Corren porque tienen dos patas, nada más. Y lo peor, es que se sienten superiores. Sanos, ecologistas, llenos de vida. De una vida de mierda, supongo, porque si no no se explica que se levanten un sábado a las siete de la mañana para correr. Yo les diría que, aunque corran, las edad los alcanza, boludos!!!!! Y también los mandaría a lavarse el culo con kerosén pero el otro día Vero me dijo que tengo que putear menos. Me siento en el bar, prendo un cigarrillo. La moza, alta, flaca, rubia lacia y con pinta de usar su libretita hasta para anotar “un café en jarrito”, se me acerca y me dice “Disculpame, este es un lugar libre de humo”. “Disculpame vos, pensé que era libre de idiotas”, le digo al mismo tiempo que apago el cigarrillo. Ya no se puede vivir. Te acorralan por todos lados. Me mudo a una mesa de afuera. Hace un poco de frío y casi está por llover pero no me interesa. Lo importante es lo importante. Y llega. Él. Con una remera… una remera… como decirlo, del mismo color de los que me crucé en la puerta de mi casa y una botellita de jugo color indefinido en su mano derecha que después me entero que es de mango con naranja. No podés. Si hay algo que ya me supera son las nuevas tendencias de los tipos. Qué sé yo, toman jugos isotónicos y usan crema para el contorno de ojos. Me superan. “No te doy un beso porque estoy muy transpirado”. Así me saluda el lindo. “Seguís fumando, ¿no te parece que es hora de que dejes”, sigue ayudándome. “Pero si vos fumás como dos paquetes por día”. “Fumaba. Ahora entré en otro ritmo.” Ritmo, ritmo de la noche, no te disperses, no te disperses, Emilita, que si no no vas a podés decir lo que tenés que decir.
“Mirá”, arranco con la velocidad de un Ford T. , “te llamé porqueee…” “Sí, ya sé, ya sé, Emilia, yo también estuve pensando en nosotros, en nuestras idas y vueltas y me parece que ya es hora de que reconozcamos que el destino siempre nos cruza y que podemos darnos una segunda oportunidad.” Se va la segunda, lo único que falta, ahora se le dio por el folklore. “Yo creo que lo nuestro puede andar”, sigue, “vos tendrías que cambiar algunas cosas de tu carácter y yo prometo ayudarte. Sólo tenemos que dejar explotar este amor que hace rato nos une”. “¿Explotar? Pero si vos tenés menos explosión que un chasquibum, boludo.” “¿Ves lo que te digo? Es algo que he hablado muchas veces con tu madre…” “Con-mi-ma-dre… es la frase que siempre necesito escuchar para sentirme definitivamente seducida.” “No sigas usando la ironía para esconder tu verdadero ser”. “Ah, bueno, ahora además de pelotudo, sos sano y zen… Pero por qué no le vas a prender una vela a Jesse Owens y, de paso, a la reputa madre que te parió. Eso, más o menos en resumen, es lo que te quería decir. Ah, y sabés qué, no soy yo, sos vos.”

2 comentarios:

cristina collazo dijo...

jajajaja!!!
excelente emiliaaaa. que se creen estos tarados??? que nos van a acambiar???

Adriana Menendez dijo...

gracias, CRIS!