jueves, 6 de mayo de 2010

La Emilia 52: Criaturas celestiales.

Como escuché alguna vez por ahí, últimamente no tengo el coño para ruidos, que no sé muy bien qué quiere decir pero creo que es una frase que yo podría usar con toda tranquilidad. Conclusión, en uno de esos días en que no quiero estar ni conmigo misma, me fui al cine. Éramos tres personas. Un placer. Porque cuando una va al cine a la una y media del mediodía, lo que se busca es soledad. Soledad Dolores Solari, no te vayas, Emilia, volvé… Bajaron las luces y, con una tranquilidad de espíritu inusual en mí, me predispuse a disfrutar de la función. Cuando, y siempre tiene que haber un cuando que te joda la vida, en ese preciso instante, escuché un par de voces que me llegaban desde atrás. Evidentemente, éramos cinco, no los había visto. Cagamos, dijo Ramos, pensé. Apenas iniciada la película, se empezaron a reír. Y se tentaron. Aclaro, detesto a los adolescentes, en general, y los detesto más en el cine, en particular. Con olor a pata y llenos de granos, son un combo que viene con bolsas de pochoclos gigantes, nachos, panchos y baldes de coca cola incluidos. Si van a ver una comedia se ríen siempre a destiempo. Si van a ver un thriller, ven sospechosos hasta en las palomas de la plaza, comentan a los gritos que seguramente le pusieron un chip en el orto al pobre bicho para seguir al protagonista, y anticipan en voz muy alta lo que piensan que va a suceder. “Vas a ver que ahora la mata”, dicen cuando el tipo ya le clavó diez puñaladas; “Te apuesto a lo que quieras que es ella misma cuando está noctámbula, bolú”, dicen con un dominio del idioma que Borges envidiaría. Ni que hablar cuando atienden el teléfono y le empiezan a contar al que los llamó toda la película, que por lo general cuentan mal porque entienden todo para el carajo. En resumen, como diría una amiga mía, te alteran el sistema nervioso central.
A los diez minutos, me dije, Emilia, o te vas o hacés algo al respecto. Me di vuelta con toda la intención de decirles a las criaturitas que Harry Potter la daban en la otra sala cuando me encuentro con lo que finamente se denomina dos flor de pelotudos de aproximadamente cuarenta y cinco años. Quedé tan obnubilada por su aspecto en general y, por el arito en forma de osito que le colgaba a uno de ellos de su lóbulo derecho, en particular, que, yo, La Emilia, me quedé sin palabras. No sé qué cara les debo haber puesto, pero se callaron. Me parece que lo tengo que hablar con Iturralde. No sé qué, la verdad. Si las cosas que me molestan, o que me estoy quedando sin palabras o que he desarrollado la extraña habilidad de hacer callar a la gente con sólo mirarla. Me cago en la hostia, decía mi abuelo asturiano. Y yo que me elegí una comedia.

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