miércoles, 12 de mayo de 2010

La Emilia 54: Rayos y culebras en el circo (beat o como quieran llamarlo)

Natalia, la dueña de la peluquería, nos recibió con la misma sonrisa congelada de siempre. “Soy yo, mamita, relajá y pará de mostrar todos esos dientes que dios te dio que te vas a contracturar”. “Ay, Emilia, no sabés el día que tengo”, murmuró al tiempo que revoleaba los ojos por sobre el hombro. Lo que estaba sentado frente a uno de los espejos era un ejemplar difícil de describir, una de esas personas que te miran con los ojos muy abiertos y una sonrisa que Jack Nicholson hubiera envidiado. “Esta es mi amiga Verónica”. Vero estaba un poco intranquila, por ponerlo de alguna manera, con un humor de dóberman. “Termino de pasarle la tintura a ella y estoy con ustedes. ¿Qué se van a hacer?”, nos dijo la Lady Di del cepillo. “Yo no tengo la menor idea”, saltó Vero, “Pero vos te tendrías que pintar un par de mechones de color turquesa o algo parecido, o hacerte un corte flogger, ¿no?”. Acabáramos, el jovencito era el problema. Me hice la boluda, que es lo que una hace cuando no quiere mandar a la mierda a una amiga. En eso estábamos, en silencio como sólo dos burras amigas pueden estarlo, cuando desde el espejo se oye un “Y entonces, como te contaba, Nati, el hijo de puta me dejó por una pendeja, ¿a vos te parece?, ¿qué tengo que hacer? Después de todos estos años, es para matarlo”. “¿Escuchaste?”, rebuznó mi compañera de ruta. “¿Qué tengo que escuchar, Vero de mi corazón? Bajame un cambio, por favor”. “Para la naturaleza”, seguía la clienta despechada, “cuando llegás a los cincuenta estás muerta, entendés Natalia, a la naturaleza no le importa si vos lubricás o no, es una hijaputez, pero es así”. “Me parece un poco exagerado, Oooolga, ya vas a ver que todo mejora”. “No-mejora-nunca-nada-un-carajo”, terció Vero, que por algo es mi amiga. La señora de escasa lubricación inmediatamente se paró, se nos acercó y le extendió la mano. “Soy Olga Álvarez Zabala, terapeuta, ahora busco una tarjetita y te la doy, me parece que necesitás charlar un poco sobre lo que te pasa”. Doble apellido… high, española o pretenciosa ridícula. “¿Y por qué das por sentado vos que a mi amiga le pasa algo?” “Ah, veo que vos sos de las que tienen una actuación antisocial transgresiva”. Creo que Natalia debe de haber pensado que iba a tener que cerrar el negocio por destrucción total del inmueble. Me miró con cara de piedad-por favor-piedad. Y Vero, insoportable como estaba, “¿Vos qué sabés si no me pasa algo?”. Y ahí sí, ya está. “Pero, ¿qué es lo que te jode? ¿Qué me revolvieron un poco la cuevita? ¿Estás celosa? ¿Durante cuánto tiempo me rompiste las pelotas para que me dejara llevaaaaar, dejá los prejuicios de laaaaado, Emiiiilia, ¿Y ahora qué?” “Sí, estoy celosa, porque te extraño boluda, porque desde que estás con el muchachito no me llamaste más!!!!!”. “Vero, ¡¡¡hace cuatro diiiiiíaaaas!!!” “Si me disculpan,” nos interrumpió la señora, y Natalia se sentó, ya exhausta y entregada, “yo las podría ayudar. Por medio del psicodrama, podríamos ejercitar la expresión verbal de angustias, conflictos y motivaciones inconscientes y así reinscribirnos en el orden socio cultural”. “¿Por qué no te callás la boca y te comprás una cremita mi amorrrrr?” “Mirá, querida, no me hagas un cuadro histérico. Yo sólo las quise ayudar”. Pensando en Natalia, que a esta altura tenía uno de los cepillos prácticamente incrustado en su oreja derecha, le contesté, “Gracias, yo ya hago terapia”. Para qué, era imparable el bodoque. “¿Y qué hacés? Qué enfoque, digo. ¿Sistémico? ¿Gestáltico? ¿Cognitivo?” “Co-gi-ti-vo, hago yo, ¿entendiste? Y no sabés lo bien que me está haciendo, no me jodas más”.

Vero se rió, y ella se puso a llorar. “Ustedes son jóvenes y no entienden, ¿sabés lo que es haberle soportado durante años el olor a pata a un tipo y que de golpe un día te mire y te diga muchas gracias por los servicios prestados y se vaya porque embarazó a una pendeja y redescubrió el amor?”. Como para que no se le vuelen los patitos, pobre mina. Natalia le hizo un té y nosotras nos llamamos a silencio, que es lo que se debe de hacer en esos casos. Escuchar, nada más.

3 comentarios:

pablo dijo...

Esta Emilia tiene entidad de personaje de referencia; Almodovar con 25 años menos hubiera querido filmarla, o incluso ser ella... no crees?

CumbresBlogrrascosas dijo...

Jajajaaaa... buena escena... Si las peluqueras hablaran...

Adriana Menendez dijo...

querido PABLO, que digas que almodóvar la hubiera querido filmar es un halago inconmensurable, te adoro.


si hablaran, CUMBRES, no sabés los quilombos que se armarían!!!! beso