lunes, 14 de junio de 2010

Inconsciente.

Jorge, médico exitoso, vida acomodada, familia típicamente feliz, una mañana siente como si una especie de Pac-man hubiese ingresado en su cuerpo y lo estuviese devorando poco a poco, órgano por órgano. Llega al consultorio. No hay pacientes esperándolo. Dora, la secretaria, viuda de unos cincuenta años sin hijos que vive para organizarle la vida, se sorprende al verlo. Le recuerda que a esa hora él tenía que estar en la facultad dando el seminario sobre Diátesis Hemorrágica. Es la primera vez en veinte años que se olvida de un compromiso, presiente que el Pac-man está llegando al cerebro. Le pide a Dora que invente una excusa creíble. Es también la primera vez en mucho tiempo que miente. Decide volver a su casa, pero antes caminar un poco por la ciudad para despejarse. No reconoce nada. Ni calles, ni edificios, ni personas. Entra a un bar a tomar un café. Tiene que hacer un esfuerzo casi sobrehumano para poder concentrarse, articular sólo dos palabras y pedir un cortado. Mira perdido por la ventana, incapaz de hilvanar dos pensamientos coherentes. Paga y se va a dormir. Cinco días pasa levantándose únicamente para almorzar y cenar. Hijos y padres intentan diálogos estériles y terminan formándose cada uno una teoría distinta sobre lo que le estaría sucediendo. La única que no emite opinión es su mujer. Hasta que a la sexta mañana lo mira y le dice: “Jorge, disculpame lo que te voy a decir, pero… ¿vos tenés otra mujer y estás juntando fuerzas para confesármelo?” Jorge decide volver al consultorio, que se le antoja un perfecto desconocido. No reconoce muebles, ni libros, ni instrumentos. Mientras se exprime el cerebro tratando de entender lo que dice la primera paciente, y ante la impotencia de no lograrlo, se echa a llorar como un chico. Se disculpa y le pide que lo deje solo, que pida por favor otro turno. Mira todo. Los instrumentos se convierten en herramientas de un torturador, los libros están escritos en lenguas muertas siglos antes de Cristo. El lugar se le transforma en una especie de carrusel gigantesco. La camilla sube y baja como un caballito; el escritorio es un elefante que revolea el estetoscopio con la trompa; los pesados volúmenes vuelan como cuervos que lo amenazan con los picos abiertos; sus familiares saltan de los portarretratos y bailan o se ríen a carcajadas, salvo su padre que en tono burlón toca un clarinete, y su madre, que desde lo alto del techo le muestra una sortija que nunca va alcanzar. Despierta atado a una camilla, rodeado de máquinas y cables que salen de varias partes de su cuerpo. Después de lo que le parece una eternidad, entra una enfermera que sin mirarlo, ordena la cama, controla los aparatos y escribe en una carpeta. Recién cuando va a lavarle la cara, nota que tiene los ojos abiertos. Da un grito silencioso, deja caer la toalla húmeda y sale corriendo. En cuestión de segundos, Jorge se ve rodeado de por lo menos seis personas de delantal blanco que hablan animosamente entre sí. Van desconectando los aparatos y le preguntan cómo se siente. “Un poco mareado”, llega a responder. Le explican que hace un mes y medio que está inconsciente, que suponen que fue un pico de estrés, que por suerte no hay consecuencias físicas. Una semana después, vuelve a su casa de la mano de su esposa. Mientras ella abre la puerta, él tiembla. Sabe que adora esa casa que lo ha visto nacer y crecer y, sin embargo, el umbral parece una barrera infranqueable. Se cuelga del brazo que la mujer le ofrece, respira hondo y cruza la puerta.

Hoy, casi cuatro meses después, todavía no ha vuelto al consultorio y sabe que no va a volver. Los hijos no comprenden, los padres menos, la mujer lo apoya siempre en silencio. A Jorge nada le importa. Lo único que cada tanto le molesta es esa sensación de tener algo dentro de su cuerpo que en cualquier momento se lo va a devorar, órgano por órgano.

versión corregida de un cuento aparecido en Un poquito de smog.

2 comentarios:

locopepe dijo...

Escribí largo rato, releí y lo borre, lo que me disparara el relato me pareció que no era lo importante.

Así que van: un mate,
buena onda, una cremonita
y un GRACIAS grandote en una mañana de yuvia porteña

Adriana Menendez dijo...

te agradezco el mate, la onda y la cremonita, LOCO, pero así no vale, para mí sí es importante. beso grande.