viernes, 11 de junio de 2010

La Emilia 60: Siempre es todo sobre ella.

Éramos pocos y la abuela resucitó y parió quintillizos. Mami es de esas personas que agarran cuanta propaganda le dan por la calle o folleto que encuentra por ahí. Sea de lo que sea. Así es como en la casa tiene promociones para cruceros a Indonesia, huertas a domicilio, viajes en burro ida y vuelta a la Cordillera, talleres para estudiar la vida de Siddharta Gotama, medicamentos y globulitos varios y, si revisás con más profundidad, podés llegar a encontrar descuentos para vibradores musicales importados de Paraguay. Cuando la fui a ver hace unos días me esperaba con una sorpresa. La vieja tiene un sentido de la oportunidad a prueba de cañones. Quería que fuéramos juntas a hacer un taller cuyo título era El cuenco de cuarzo y tu útero. Yo pensaba que era imposible, pero es evidente que todavía puede superarse. “Es hora de que hagamos algo al respecto”, arremetió, “se te está pasando el cuarto de hora, hija, el reloj biológico corre”. Ella es así, sutil. Como digna hija de su madre, yo también lo soy. (Oh, Dios, acabo de reconocer que me parezco, lo voy a charlar con Iturralde antes de que sea demasiado tarde). “Sí, mamá, también es hora de que me dejes de romper las pelotas al respecto”. “Pero es que este taller te ayuda a conectar tu útero con el resto de tu organismo, ¿ves? Acá lo dice”. “Por suerte, yo ya lo tengo conectado, mamá, o ¿qué te pensás? ¿qué ando con el útero en la cartera?” “Mirá, te voy a ser sincera (cuando Mami usa esa frase tiemblan hasta los monjes del Himalaya), si no lo hacés, te vas a arrepentir”. “Si no hago qué, mamaaaá”. “Si no tenés un hijo, ¿qué va a ser? Yo sé lo que te digo. Un hijo te llena, te da compañía, cuando sos madre sabés que nunca más vas a estar sola”. “Lindos todos los motivos por los que me tuviste, eh”. “Emilita, sabés perfectamente bien de lo que te estoy hablando. Cuando tu padre y yo…”. “En primer lugar, no me llames más E-mi-li-ta; en segundo lugar, dejalo a papá afuera, no lo uses cada vez que me querés convencer de algo; y en tercer lugar, ¿vos pensás que algún día llegarás a comprender que llenarme la barriguita no es mi prioridad?” “Ah, bueno, a ver, ¿y cual es tu prioridad?”

(Me dejó por unos segundos sin palabras, otro tema, diría Santos Biasatti para charlar con mi amigo Itu) Nunca bajes la guardia ni te descuides frente a Mami. “Pero, hijita, yo sé que vos le tenés miedo al compromiso, pero yo te ayudaría, ¿no te das cuenta que quiero ser abuela?” “¿Y por qué no adoptás a Maru Bottana?” No me habló por el resto de la tarde, lo cual no dejó de ser un alivio, o no.

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