miércoles, 16 de junio de 2010

La Emilia 61: De pelotas, pelotudos y otras yerbas.

Sandra, la amiga del secundario con la que poco tengo en común pero cada tanto me encuentro, lo logró. Se juntó con el novio, el de los parientes de España. Y, en un ataque de filantropía feroz, quiere convertir a su nueva religión a todas sus amigas para que tengamos la misma experiencia y seamos tan felices como ella. O le va para el culo y de puro hija de puta quiere compartir su desgracia, no sé, no lo tengo bien definido todavía. Qué cosa la gente que piensa que porque algo les hace bien a ellos, indefectiblemente le tiene que hacer bien a todo el mundo. Son unos rompe pelotas. Como los deportistas, que quieren convencerte a toda costa que salir a correr por el parque a las ocho de la mañana pateando escarcha a mediados de julio es lo mejor que te puede pasar en la vida, que te va a ayudar con la salud y otras pelotudeces por el estilo. Si yo no les ando preguntando “¿Leíste Humano, demasiado humano? ¿No? Ah, no sabés lo que te perdés, lo bien que te haría, te lo recomiendo”. Por qué no me dejan de joder, me pregunto yo, pesados del orto con el deporte, que se vayan corriendo hasta Alaska si quieren pero que me dejen a mí tranquila. Bueno pero, para variar, me fui de tema. Volviendo a Sandra, es tan generosa que me invitó a su casa para comer un asado porque se juntaban varios amigos del novio, marido, pareja, tutor o encargado no sé cómo llamarlo al ñato. Y yo, siempre abierta a nuevas experiencias, dije que sí. Tendría que cerrarme un poco la verdad. Sobre todo tendría que cerrar la boca más seguido y, de paso, el ojete para no mandarme tantas cagadas. (Qué boquita, Emilita, diría Mami) Total que cruzar el umbral, escuchar la palabra marcador de punta y putearme en arameo por no haberme dado cuenta fue un solo acto. Mundial, ese momento cada cuatro años en que hasta aquel tipo al que en el picado de la plaza le dan una camiseta sin número porque es tan tronco que no saben en qué puesto ponerlo opina como si fuera Licenciado en Pelota Parada. Éramos siete: mi amiga Sandra (que a menos de un año de convivencia ya acepta como natural que el señor le regale una yoghurtera para el cumpleaños, va mal), el novio (un chico al que Mami calificaría como exitoso sin tener en cuenta que las palabras exitoso e idiota son perfectamente compatibles), tres amigos solteros, separados, viudos o lo que fuere (mucha ropa Bensimon en general), otro amigo con su respectiva esposa (él con cara de complicado crónico; ella con cara de que su mayor preocupación es si se tiñe o se hace las transparencias) y yo. Comimos de manera informalmente moderna alrededor de la moderna barra de la moderna parrilla que tienen en su moderna casa. Por supuesto que el tema era uno solo. Y, como era de esperar también, las mujeres nos vimos envueltas por un manto de invisibilidad que los llevó a, por ejemplo, rascarse los huevos en nuestra presencia sin ningún problema. Esa va a ser tema para otro día… voy a tratar de ser delicada y usar las palabras que toda dama debería usar para hacer la siguiente pregunta: ¿por qué los tipos no se pueden dejar el ganso tranquilo? ¿Les pica? ¿Les molesta el apéndice? ¿Qué carajo les pasa?

Bueno, volviendo, no hay mucho para rescatar de la conversación. La cena transcurrió entre rascaditas varias, sacadas de mocos, algún que otro provechito (no hay peor tipo que el disimulado, ese en el que el hombre infla sus cachetes, cierra la boca, se lo traga, hace como si no hubiera pasado nada y sigue hablando), medio campo, marcadores, volantes, paredes, carrileros, gente que pega de tres dedos o de chanfle. Que 4-3-3-, que 3-3-4, que dos por tres llueve. La esposa del complicado osó meter un bocadillo y decir que su equipo favorito era Camerún. “Que una vez ganen los negritos, pobres”, dijo. Prefiero no analizar esa frase en el día de la fecha. Todos miraron al complicado con una compasión conmovedora. Yo casi casi salto, por empatía de género nada más, pero ella al toque agregó: “Burumbumbúm burumbumbúm yo soy el hincha de Camerún”, y me callé la boca. Después de cenar, se sentaron a ver la repetición del partido y volvieron a llevarse las manos a la cabeza como si no supieran ya que la pelota no había entrado. “Cuatro contra dos, no podés errarte ese gol, papá” fue lo último que escuché. Me fui. Para poder salir, hay que saber entrar, dijo alguien una vez, ¿o era al revés?

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