lunes, 21 de junio de 2010

La Emilia 62: A tocar la vuvuzela...

Domingo, nueve de la mañana. Me había acostado a las cinco. Llama Mami. “¿Me venís a buscar, no?” “¿Para qué, mamá?” “¿Cómo para qué? Para ir a visitar a tu padre.” Mami y sus metáforas. “Mamá, ya sabés que no voy nunca a los cementerios, salvo de excursión.” “No me voy a poner a discutir ahora con vos. ¿Venís o no?” “No.” “Con todo lo que hizo tu padre por vos.” Y me cortó. O le corté yo, no me acuerdo, estaba muy dormida. A mí esos lugares ni me fu ni me fa, como decía el abuelo de mi primo. Es que yo no tengo esa necesidad de ir a tocar un pedazo de piedra para satisfacer mi conciencia. Lo que hiciste, hecho está. Y lo que no hiciste, también. Ahora, el pimpollito de clavel te lo podés meter en el orto si antes lo trataste para el ídem. Y si vas todos los domingos podés llegar a tener un almácigo, imaginate. Y si no, a asumirlo con dignidad, total el muertito no se va a enojar. Sí, sí, ya sé que no siempre es así. Que hay gente coherente y lo hace por otros motivos. Y sí, sí, ya sé que si de verdad me diera lo mismo iría sin ningún problema. No al pedo estoy haciendo como que hago terapia. Por lo que sea, no voy a hablar más del tema hoy. Todo esto venía a cuento porque me había acostado muy tarde porque había salido a la noche con un chico que conocí el otro día. Me llevé una sorpresa, en realidad, pensaba que me iba a encontrar con alguien, cómo decirlo, intrascendente, inocuo. El típico progre Bensimon bah: a favor de la legalización de la marihuana, del matrimonio gay, ecológico, amante de Woody Allen, de esos que en su muro de Facebook escriben Viva Mayo del 68 al pie de su foto en la torre Eiffel. Cuando bajé, me esperaba con una rosa en la mano. Cagamos, pensé. “¿Sos socialista?”, le pregunté. Sonrió, nada más, y la tiró al medio de la calle. “¿Dónde vamos?”, me dijo. “Vos sos el que me invita y yo tengo que elegir el lugar, empezamos bien.” No aprendo más, convengamos en que antes de salir con un muchacho la próxima vez me tendría que tomar algo que me paralice la lengua. Fuimos a un lindo lugar al final. Total, que tomamos bastante vino, nos reímos mucho, hablamos de todo un poco y coincidimos en unas cuántas cosas. Qué más. Por supuesto, después de tamaño qué más, lo invité a subir y obviamente aceptó. Cuando llegó el momento oportuno me di cuenta de que no tenía forros en casa. No voy a repetir todos los improperios que se me ocurrieron en ese momento, ni yo lo resistiría. Después de decidir que no valía la pena romperme la cabeza contra el bidet, salgo del baño y se lo cuento. Y el pibe, con una tranquilidad pasmosa, me dice, “¿Y para qué me invitaste a subir si no tenías?” “¿Y para que subiste vos si tampoco tenías? ¿Qué te pensabas, que te invitaba para jugar al chinchón, boludo? ¿Por qué no trajiste vos, idiota?”.

Para dar primeras impresiones de intimidad inolvidables soy una maestra. Contra todos los pronósticos, el gentleman larga la carcajada. “Dale, vamos a Farmacity así elegís vos la variedad que más te guste”, y extiende la mano. Se ganó un porotito. “¿Cómo se llama el señor?” “Fernando.” “Fernando, qué interesante.” “¿Por qué?” “Otra F en su vida, Emilia.” “Sí, Iturralde, y una tercera fuck you.” En cualquier momento no vengo más, me tiene reprodida este tipo.

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