miércoles, 23 de junio de 2010

La partida.



No llovía. Y Mariela, la que llevaba una vida que no le pertenecía del todo, necesitaba desesperadamente la lluvia para hacerle frente a la tentación. Como una cábala. Mariela, la que a veces era espectadora de una obra de teatro en la que todos los que la rodeaban llevaban a cabo una función eterna. Mariela, la que otras veces se sumaba al elenco. Mariela, la que sentía que una era el espejo de la otra y, al mismo tiempo, todo lo contrario; que una no era una sino la otra, y viceversa. Mariela, la que tenía cada vez más dificultades para distinguirlas. Mariela, la que no podía traducir en palabras lo poco o mucho que tenía para decir. Mariela, la que no soportó más. Podemos echarle la culpa a la lluvia, que no la ayudó.

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