viernes, 2 de julio de 2010

La Emilia 65: O qué será... qué será...

Con la sutileza que me caracteriza, me pregunto, ¿qué carajo es el amor? ¿Es un concepto, una idea, un sentimiento no puedo parar olé olé olé cada día te quiero más? (Entre paréntesis, mi vecino me tiene harta con no sé qué corneta que se compró, cada vez que festeja un gol tiembla el edificio, por qué no le soplará las partes a la mujer así por lo menos cambia esa cara de culo permanente que tiene esa mina. Bueno, me fui, como siempre.) Composición tema, dos puntos, El Amor. Como hago cada vez que me sorprendo ignorante ante una palabra, recurro a los que supuestamente la tienen clara. El Diccionario de la Real Academia Española dice: Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. Tomá, mierda, te lo dije. O sea, que como a mí me faltan cosas, las busco en el otro; y ¿quién le da al otro las cosas que le faltan a él? Yo, ni en pedo, con las pocas que tengo. Además, aunque tuviera muchas, yo me declaro egoísta, sentimiento por otra parte que tiene muy mala prensa pero que habría que reivindicar, pero no me quiero explayar al respecto hoy, será tema para otro día. Entonces, vuelvo a volver, a ver si entendí bien, yo soy insuficiente para vaya uno saber qué, y busco al otro para que haga lo que yo no puedo, y viceversa. Ahora, digo, no sé, si los dos somos insuficientes para lo mismo se arma un quilombo de la hostia, ¿o no? Y si lo somos para cosas diferentes también, porque nos juntamos un rengo y un tullido, qué lindo. Hay una segunda definición, que dice: Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear. Cuando pare de reírme sigo escribiendo… Sigo. Y, ¿qué es estar enamorado? ¿Sentir las famosas maripositas en la panza? Me pregunto de dónde viene eso de llamar al cosquilleo “maripositas”, que yo sepa las cucarachas podrían producir el mismo efecto. Yo por mi parte, debo de tener una culebra porque más que cosquillas siento retorcijones. ¿Es entregarse? No way José. Primero, hay que encontrar a alguien que acepte el delivery, tarea difícil, reconozcámoslo. Además, ¿qué somos al final? ¿Paquetes? (O paquetas, como la otra vecina que tengo, que se debe creer la hermana de la Condesa Chikoff porque todas las mañanas saca a pasear su chihuahua al que le pone zapatillitas rosadas. Perro espantoso, me encantaría pisarlo y hacer pomada de zapatos con él. Bueno, me fui, again.) Total que, si te entregaaaaás, decí alpiste, perdiste. Ahí el otro hace lo que quiere con vos, y tu conciencia que es lo peor. Por otro lado, está el problema de que siempre uno de los dos quiere más que el otro, y ahí la hecatombe. El que quiere menos siempre termina cagando al que quiere más, porque éste lo termina agobiando. Dos más dos son cuatro. Porque que los dos quieran igual es una utopía. Y ya todos sabemos lo que pienso al respecto, no me voy a poner a hablar otra vez de la pelotudez de caminar hacia el horizonte. Tal vez, no haya que pensar tanto, o hay que pensar sin razonar, quiero decir, sentir sin razonar, uff, me perdí otra vez, ya no sé dónde carajo está la racionalidad ni el sentimiento. Conclusión, no sé qué es pero, a lo mejor, no es necesario saberlo, ¿no?

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