martes, 6 de julio de 2010

La Emilia 66: El bello y la bestia.

“Bueno, y ahora, ¿qué hacemos?” “Jugamos.” “¿Ju-ga-mos? ¿A la escoba de quince o querés que vaya a buscar el LudoMatic a la casa de mi mamá, Fernando?” “Jugamos a que yo te digo frases lindas y románticas y vos me contestás lo primero que se te cruza por la cabeza.” “Bué, a ver…” “Te amo ciegamente y te daría todo lo que tengo”. “Andá buscándote otra porque yo el palito blanco no te lo sostengo”. “Te amo con todo mi corazón”. “Te paso de la Fundación Favaloro la dirección.” “Te quiero con locura”. “Eso con Rivotril se cura”. “Sos un poema de Neruda hecho mujer”. “Los veinte poemas no te los recito ni por joder”. “El día que te conocí, morí de amor”. “Con razón hay tanto olor”. “Sos todo lo que necesito”. “No te entusiasmes, pará un poquito.” “Eres mi amor.” “¿Mi cómplice y todo? ¡Por favor!” “Sin vos no podría vivir”. “El pastor brasilero de la tele ya lo dice: Pare de sufrir”. “Nunca nadie me había hecho sentir esto”. “Te aviso, si me siento presionada, apesto”. “Somos el uno para el otro”. “Ay, no te hagas el potro”. “Tus ojos son dos luceros”. “Uy, se me estremece el agujero”. La risa que se venía metiendo entre las frases terminó en carcajada. Me acaricia el pelo (algo que siempre me molestó, será por eso que voy poco a la peluquería, detesto que me toquen la cabeza, pero bué…). “En realidad puedo decir prácticamente lo mismo con otras palabras, las que a vos más te gusten, si me decís cuáles son.” Danger danger. A cambiar rápidamente de tema. “¿Qué te parece si nos vestimos y vamos al cine?” “Dale.” “Aunque no sé qué película están dando. Podríamos pasar primero por el quiosco y comprar un diario, ¿no?” “La película es lo de menos, negra, si yo lo que quiero es llevarte al fondo de la sala, al lado del matafuegos, como cuando éramos adolescentes, ¿te acordás?” Quién lo hubiera dicho, tanta arquitectura, tanto Bensimon… Me parece que este tipo me puede…

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