miércoles, 14 de julio de 2010

La Emilia 68: El regreso de los muertos (no sé si vivos, pero seguro no del todo enterrados)

Hace mucho frío. Trato de encender la estufa. No es posible. Como me enseñó mi abuelo, le doy una palmadita. Nada. Después otra. Sigue la nada. Una piña trajo la otra. La terminé cagando a patadas a esa estufa de mierda y le reputísima madre que la recontra mil parió. Al mediodía me indispuse. A prenderle una vela a la Santa Hormona del Valle del Período y el Ibuevanol Forte y a tratar de no matar a nadie. Me pongo la remera que yo misma pinté y cuya leyenda dice “Para que el período sea considerado atenuante de asesinato” y salgo. Me pone de muy mal humor que el asunto, como lo llamaba mi abuela, incremente mi mal humor habitual y me convierta en algo frente a lo cual el Demonio de Tasmania saldría rajando. Es como una especie de mal humor al cuadrado. Y si tengo que trabajar, es decir, cualquier día, ni te cuento. ¿Cuántas veces hay que explicarle con paciencia a un imbécil la conjugación del verbo to be? Me juro a mí misma que la próxima vez que me diga he have been le meto la enciclopedia británica por el orto. Para borrar de mi mente la imagen que en este momento tengo de mí misma (lo más parecido a un colchón de agua que un ser humano puede llegar a ser), camino las pocas cuadras que separan una clase de la otra focalizándome en Sai Baba. El naranja no es mi color preferido y alguien debería avisarle a este señor que el pelo afro murió en los setenta. Podría materializarse un peluquero el tipo. En la esquina, un calambre. Para evitar asestarle una patada al proyecto de perro que una señora estacionó a mi lado, me agarro, me aferro, del primer poste que encuentro. Un señor mayor, por no llamarlo viejo de mierda, osa decirme “Disculpemé, señorita, pero no tendría que apoyarse así. Hay que cuidar la ciudad y así es como los postes se aflojan”. “¿No tenés un hamster en tu casa para entretenerte metiéndole escarbadientes en el culo?” “Qué barbaridad, a usted la tendrían que haber educado mejor de chiquita”. “Y a vos te tendrían que haber matado de chiquito, así no rompías las pelotas durante tantos años”. A veces, me doy miedo.
El resto del día transcurrió más o menos por los mismos caminos de paz y normalidad. Por suerte, a la noche, pude prender la estufa. Y el teléfono no se me había quedado sin batería, qué más se puede pedir. “Hola, Vero”. “¡Hola, Emilia!, pensé que hoy salías con Fernando por eso no te llamé”. “Vos lo dijiste, amiga, salía”. “¿Y qué pasó?” “A la mañana me avisó que lo llamó la ex, le pidió de juntarse a cenar porque quería hablar con él no sé de qué cosas”. “Y, supongo que tendrán que empezar a arreglar lo del divorcio”. “Ajá”. Nunca me imaginé que un puto ajá pudiese estar tan cargado de significado.

No hay comentarios: