viernes, 30 de julio de 2010

La Emilia 71: Fantasy for the devil.

A veces, y sólo a veces, me pongo a pensar en las fantasías. Esas ficciones, esos cuentos, esas novelas de setecientas páginas que escribimos en nuestras dulces cabecitas. Esas cosas que una se imagina que, supuestamente, desearía que sucedieran… o no. Porque la verdad la imaginación que tengo yo, mamita, mejor que no lleguen nunca a convertirse en realidad. Pensamientos que no nos atrevemos a decirle a nadie simplemente porque no queremos provocar ataques de pánico masivos. Pero supongamos que una fantasea con una idea muy concreta, con conseguir algo simple, que la mayoría de los mortales goza. Cuando lo conseguimos esa fantasía deja de serlo y empieza a formar parte de nuestra cotidianeidad. Porque esa es la diferencia entre una fantasía y una pelotuda utopía. La fantasía es posible. Siempre. Entonces, acá la tenemos, se cumplió. ¿Y? ¿Cosa facciamo allora? ¿Estamos contentas? No. Porque siempre, irremediablemente, de alguna manera, terminás aburriéndote. Es como que la fantasía te defrauda, peor, una se defrauda a sí misma. Esa puta cabeza que tenés te mintió, te estafó, se burló de vos, haciéndote creer que lo mejor que te podía pasar era lo que estabas pensando. A lo mejor, la solución es que nunca se vuelvan realidad. Porque yo digo, si una tiene una fantasía, que se concreta y después resulta una garcha, lo mínimo que terminás queriendo es que la puta fantasía se corporice para poder cagarla a trompadas. Las posibilidades son: tenías una fantasía de mierda o no sos capaz de llevarla a cabo como corresponde o sos una insatisfecha crónica; lo que la sabiduría popular tan cariñosamente llama gata flora. Una no sabe si la fantasía te traicionó, si tu cabeza lo hizo, si vos te traicionaste a vos misma, o si es todo eso junto que en definitiva es lo mismo. Hablando de lo mismo… ¿Es lo mismo fantasía que deseo? A veces, sí; a veces, no. Qué sé yo. Cuando se me enrula el cerebelo y empiezo a pensar todo este tipo de pelotudeces decido ir a tomarme unos mates con Verónica. Ahora, no falla nunca. El día que más quiero estar tranquila, sola con ella, cae alguna. Esta vez fue la que hace poco se casó y que la última tarde que la vimos nos torturó con su suelta de mariposas y su wedding planner del orto. Josefina, la divina. El numerito, mamma mía. La mina está todo el tiempo pum para arriba, a-go-ta-do-ra. Nos tuvo media hora contándonos lo maravillosa que fue su fiesta; fiesta a la que no invitó a Vero, a su amiga de la infancia y a la que le viene a romper las pelotas todo el tiempo con esas media lunas de mierda que piensa que son vaya una a saber qué, porque la fiesta era “sólo para los íntimos” (sic). Es una yegua, hiperquinética y optimista. La escucho hablar y en lo único que puedo pensar es en que se le exploten las tetas que le compró su maridito perfecto. Es tan obsesiva que seguro tiene los cd ordenados por orden alfabético la estúpida. “Y con Santiago somos el uno para el otro”. Tengo una tijera en la cartera pero no la voy a usar porque le voy a ensuciar la alfombra a Vero, una lástima. Qué carajo hago yo con una tijera en la cartera es un tema que no voy a desarrollar en el día de la fecha. “Vivimos una luna de miel permanente, la otra noche me invitó a bailar”. Yo la invitaría, así vestida como está, a ir un día al Club Glorias Argentinas de Laferrere, a ver qué opinan los muchachos de esas medias con dibujitos de corazones que tiene. Encima, cada vez que me mira me agarra la mano. Me gustaría tener un cuchillo cerca para clavársela a la mesa. “La verdad es que no me puedo quejar, Santiago es un hombre que me halaga”. “¿Es miope el pibe?” Se me escapó, ya no podía más.
“Ay, Emilia, vos siempre con tus salidas ocurrentes. ¿Seguís sola vos?” Es una yarará, con perdón de mis amigas las serpientes. “¿Si estoy saliendo con alguien, querés decir? Sí.” “Pero qué suerte, ¿te puedo dar un consejo? A la pareja hay que disfrutarla, saborearla”. “No entendiste, nena, estoy saliendo con un hombre, no con un yogurt”. Verónica, cuando se dan este tipo de situaciones, prefiere llamarse a silencio. “Bueno, Vero, había traído las fotos de la fiesta para mostrarte pero mejor vengo otro día”. “Ok, pero llamame antes, por las dudas, a ver si justo no estoy”. “No me cuesta nada darme una vuelta, si vivo a unas pocas cuadras, si no estás, todo bien”. “Igual, llamame”, dijo mientras abría la puerta mi amiga Verónica, mujer de pocas palabras y gestos contundentes. “Siguiendo con lo que estábamos hablando, ¿sabés qué fantasía tengo yo, Emilia? Que al marido de Josefina le ofrezcan un trabajo que no pueda rechazar en Tanganica.” “Y la mía es que, alguna vez, ese dios en el que no creo, me dé la satisfacción de que pase un día, uno solo pido, en que no tenga que escuchar una boludez”. “Lo tuyo es una utopía, amiga, aunque no lo quieras reconocer.” No hay vueltas, mi amiga es sabia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

imposible leer con este tipo de letra!

Atte

Mooorris

Adriana Menendez dijo...

pero si es la misma de siempre, MOOORRIS, ¿o siempre te resulta imposible? atte.