lunes, 9 de agosto de 2010

La Emilia 73: Silencio en la noche... (la calma te la debo, negrito)

Hoy soy una especie de encefalograma plano en erupción. Creo que mi cerebro no tiene vibraciones. No se me cae una idea ni por puta, o ni una puta idea, que no sé si no es lo mismo. Me invade una especie de silencio administrativo que no puedo superar. Y no soy de esas personas que no se bancan el silencio y entonces llenan los espacios con comentarios boludos. De ahí a llenar tu vida con boludeces para entretenerte no hay distancia. Así se les va la existencia, como boludos alegres. Después de todo, y a mí qué carajo me importa. Cada uno hace lo que puede. Uy, me agarró Bucay, que me suelte… que me suelte…. Hoy estoy hecha un canto a la alegría. Un canto callado. O rodado. Paso una clase tras otra tratando de que ellos me cuenten qué hicieron el fin de semana y no corrijo, no tengo ganas, que se expresen con total libertad y se crean bilingües. El problema aparece cuando caigo en el lugar en el que una supuestamente tienen que hablar… Y hablar… Y hablaaarrrr… Siempre de otras cosas, siempre de lo mismo. Tampoco es necesario deshuesar pollo todo el tiempo, carajo mierda. No se la hago fácil al tipo, lo reconozco. Me pregunta hasta por el malvón de mi mamá y yo nada. ¿Qué le pasará por la cabeza en ese momento? Estoy segura de que él también se reprime y duda entre ahorcarme con el collar de mostacillas negras con el que no paro de jugar o echarse una siestita. Por fin se decide a usar el comodín psicoanalítico y preguntarme si soñé algo. Todo te lo arreglan con un sueñito. No me acuerdo, le contesto, mucho menos hoy, mirá si con el día que tengo me voy a andar acordando de lo que pienso de dormida. Me encantaría poder pedirle que me ponga los ruleros, después de todo muchas minas van a la peluquería como si fueran a terapia, yo bien podría pedirle que se cope y me haga un brushing. Pero no le propongo nada. Para qué, para que me salga con algún comentario ingenioso y, justo hoy, me deje dando vueltas carnero en el aire. Cuando una no tiene nada interesante para decir lo mejor es callarse la boca. Lo que resta no es silencio pero tampoco es historia, leí alguna vez. Bah, no me acuerdo si era así pero no importa. Aparte, ¿qué le voy a decir? Si hasta yo estoy harta de mi rulo.
Hablando de rulos, tendría que ir de verdad a la peluquería. Así me sigo yendo a cualquier parte y no pienso aunque sea por instante en que el pibe apareció dos días después del episodio con su progenitora, dándome la llave de su departamento. Hace las cosas, tarde a lo mejor, pero las hace. No sé si estoy preocupada, enojada o simplemente hinchada las pelotas. Al final, ya le banqué los amigos, el cd de música celta, más la mamita, sin que se me salte la térmica ni el dragón que usualmente tengo en el estómago. Apenas largué un poco de humito. ¿Qué carajo me pasa? Y, a lo mejor, el humito, es el punto medio que hemos encontrado entre el silencio absoluto y el dragón. (“Hemos encontrado” escribí, listo Emilia, te hablás a vos misma en plural, no tenés arreglo.) Y, a lo mejor, no está mal. O sí. Ay, hoy estoy tan convencida de lo que pienso que doy asco.

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