lunes, 23 de agosto de 2010

La Emilia 76: Kill the Gil.

Salgo a caminar por la cintura cósmica del sur…. No, mentira, no salgo a caminar y, en todo caso, lo hago cargando mi propia cintura cósmica, la que me está quedando de tanto comer medialunas. En realidad, fui caminando hasta el quiosco de la otra cuadra a comprar cigarrillos, y con eso ya tengo cubierta mi cuota de ejercicio diario. Ya en la calle recuerdo que es el cumpleaños de un alumno y entonces como tengo tiempo decido ir al shopping a comprarle algo. Lo pienso, son sólo diez cuadras, no me vendría mal caminar un poco más si es que tanto me interesa mi cintura. Exactamente tres minutos después, el tiempo que me lleva terminar el cigarrillo, levanto la mano y paro un taxi. No me interesa tanto. Es difícil comprarle un regalo a un hombre, los tipos son complicados hasta para eso. Y convengamos que a mí también se me complica un poco el presupuesto. Una luz me ilumina y recuerdo que le gusta Elvis Presley, listo, algún librito con fotos. Entro a la librería, una de esas que hasta tienen café. Me dirijo directamente al vendedor, un niño de veinte años con más aspecto de skater que de librero y le digo, “¿Tenés algún libro de Elvis Presley?” “Sí, cómo no”, me contesta amablemente, “me fijo en la computadora y te digo”. Computadora-dependientes vienen ahora los pendejos. Tecla que aprieta para allá, tecla que aprieta para más acá, es evidente que no encuentra nada. “¿Quién me dijiste que era el autor?”, me pregunta el proyecto de pelotudito. “Nene, hasta mi tía Dora sabe quién es Elvis, de-ja-te-de-jo-der”. Me fui, obviamente, no era momento de ponerme a educar a nadie. Salgo del lugar hecha una tromba, recordando con ternura a Dios y a María Santísima, mirando el piso y pensando qué carajo comprar y, como siempre me pasa en estos casos, me llevo puesta a una persona. No miro, no miro, cualquier día de estos me internan por mal manejo de mi propio cuerpo. Total, que muchas veces había imaginado este momento. La duda me carcomía, lo saludaré, no lo saludaré, se me acelerará el corazón (qué frase de mierda que se me ocurrió pero bué una no puede estar todo el tiempo inspirada), me desmayaré, saldré corriendo, me reiré como estúpida. Bueno, nada de nada. Ahí estaba Federico, sonriéndome como siempre y yo… nada.

“¿Cómo estás, Emilia, tanto tiempo?” “Muy bien, ¿y vos?” “Ahora que te veo, mucho mejor”. “¿Tan hecho mierda estás?” “Más o menos.” A gozar, a gozar, a gozar, a gozar, mi vidaaaa… , canta Fito. “Peeero, ¿qué te anda pasando?” “Problemas en el laburo… Y, para qué negarlo, también un poco mal de amores”. A gozar, a gozar, a gozar, a gozar, mi amooooor… Mi silencio le hizo suponer que podía continuar. “Qué sé yo, Emi, es como que no puedo olvidarte… Traté, pero con ninguna es como con vos. ¿No querés que vayamos a tomar un café?” “Ay, me encantaría, pero me tengo que encontrar con mi novio y no lo quiero hacer esperar más”. Tanto bien me hizo la nada misma que no me dio ni para putearlo. Le di un beso y no lo pude evitar, me fui sonriendo. Y no como en las películas, no me di vuelta, aunque estaba segura de que me seguía mirando.

2 comentarios:

Walter González dijo...

La Emilia es genial, eh, como la vida misma, sencillamente encantadora

Adriana Menendez dijo...

muchas gracias, WALTER!!! beso.