jueves, 2 de septiembre de 2010

La Emilia 78: Dejad que los niños se alejen de mí (te lo pido por favor)

Jardín de infantes… ¿a quién carajo se le habrá ocurrido ponerle ese nombre a un lugar donde un montón de seres humanos que no sobrepasan el metro veinte se apretujan para embadurnarse de témpera, plastilina y otras yerbas? Hablando de yerba, ¿las maestras jardineras fumarán? Si no, no entiendo cómo pueden soportar estar todo el día ahí adentro. Volviendo al nombre del establecimiento, creo que lo debe de haber inventado algún boludo que pensaba que toda persona relacionaría la palabra “jardín” con el verde, la esperanza, lo liiiiiiindo que son las plantas… o habrá pensado que los pequeños eran esos divinos retoños, brotes de vaya una a saber qué… Ese sí que se drogaba, y con alta droga, no con un mísero porrito… Total que, a las ocho en punto de la mañana me apersono como me pidió mi amiga en la puerta de la institución donde sus hijos supuestamente se educan, se estimulan y se sociabilizan. Veo a varias personas, entre las que no está la progenitora de los niños en cuestión. La llamo por teléfono. “No, yo no voy, Emilia, los padres no tenemos que ir, sólo los familiares.” “No sabés cuánto te agradezco tamaña demostración de cariño”. Entro y me encuentro con dos especímenes de esos entes adorables que se denominan maestras jardineras, que vaya una saber por qué santa o puta razón viven hablando en diminutivo… el cuadernito, el lapicito, las mamitas, los papitos, los abuelitos, las conchitas de tus hermanitas… Tal vez, después de un tiempo desarrollen una incapacidad para determinar quién es adulto y quién es infante, aunque igual tampoco nunca entendí por qué les hablan así a los pibes… son pibes, no boludos. Con el tiempo, más de uno se convertirá a un boludismo irrevocable, pero para llegar a eso hacen falta años de colegio. A mí me dan un poco de impresión estas minas, me da la sensación de que en cualquier momento pueden sacar una Itaka del bolsillo del delantal y, siempre con una sonrisa por supuesto, empezar a matar gente. Son creepy, por eso disfrutan de estar todo el día con seres que no saben hablar y chorrean moco permanentemente. Freaks o masocas, eso deben de ser. Cuestión que hablan algunas abuelas y cuentan lo que hacen, declaraciones interesantes e inspiradoras como nunca escuché en mi vida. Todo se desarrolla en un ámbito de movimiento y griterío permanente que los bisoños llevan a cabo con total impunidad. Los varones se pegan, las nenas chillan, y a mí me encantaría darles a todos una reverenda y gigante patada en el orto. A esta altura, y dada la sonrisa congelada en sus rostros, ya no me cabe la menor duda de que todos los adultos que se encuentran dentro de la sala fumaron opio antes de ingresar. De pronto, escucho: “Ahora la tía de los mellizos nos va a contar qué hace ella, de qué trabaja”. “No es nuestra tía”, gritan los encantos al unísono. “Pero es como si lo fuera, ¿no?”, les pregunta la maestra. “A casa viene bastante,” contesta uno de los dos, no sé cuál, nunca los distinguí, “pero chocolates no nos trae nunca”. Jajajajajaja, todos se ríen, no sé de qué. Y entre tanta risa, se vuelven a parar, vuelven a gritar, las maestras vuelven a no poder contenerlos y, lo que es peor, se me acercan…peligrosamente. Tengo lo que parecen ser cien millones de criaturas a mi alrededor. Creo que estoy por experimentar mi primer ataque de pánico. En silencio, traspiro. Empiezo a articular lentamente un “bueno, yo soy profes…” cuando no de ellos abre la boca al lado mío y se le escapa el chicle, que cae, por supuesto, sobre mi campera de gamuza. Reprimo un “pendejo de mierda la reputísima madre que te parió”… Sin embargo, dado al silencio de ultratumba circundante, es evidente que no lo reprimí, oops… se me escapó, y a los gritos, para no desentonar. Me miran de una manera incalificable, como si yo fuese la mismísima reencarnación de Cruella de Vil. Escena imposible de remontar. Mortal… Mortal combat. Igual reacciono, se ve que no perdí mis reflejos para todo.

“Ay, chicos, no la conocen? Es la introducción del nuevo hit para el verano de Violencia Rivas. ¿La ubican a ella, no? Me-te-te tu chicle en el cu-u-lo, me-te-te tu chicle en el cu-u-lo…”, les canto, mientras bailo al mejor estilo Club del Clan como si el espíritu de Violeta y el del Club entero me hubiera poseído. Mágicamente, uno empieza a reírse y a bailar. Y todos lo siguen. Y todo vuelve a lo que ellos denominan “normalidad”. Al final, no es tan difícil entretenerlos con cosas interesantes. No sé de qué se quejan, pienso pero esta vez sí que no digo nada. Y otra cosa que pienso es que mejor que este tipo me explique hoy sí o sí qué carajo le pasa porque si no… si no… ¿si no qué, Emilia?

2 comentarios:

Isabel Furini dijo...

Muy interesante tu blog, Adriana. Honesto, diversificado, como te dije: interesante. Abrazos,de tu antigua vecina - hoy escritora.
Isabel Furini

Adriana Menendez dijo...

¡gracias, ISABEL!!!!! mirá las vueltas de la vida, las dos terminamos escribiendo... un beso enorme.