miércoles, 10 de noviembre de 2010

La Emilia 87: Abarajame la bañera, nena.

Me encuentro con Vero en nuestro “Café de Juan”, ese que tiene un mínimo salón fumador en el fondo al que nadie va y a nosotras nos encanta. Hablamos de lo que hablan dos amigas: la vida, las madres, el sexo, los tipos, el esmalte que me salió re barato y te dura varios días, el libro de filosofía política que terminé ayer, el de Foucault que leyó ella, y las medias siliconadas que te levantan el culo que son un espectáculo. También desollamos a unos cuántos. En el medio de nuestra amena conversación, le suena el teléfono a Vero. “Uf, es el pesado de mi primo, no lo atiendo.” Dos minutos después vuelve a sonar. “Te dije que era un pesado, le contesto si no no nos va a dejar en paz… Hola, sí, qué tal… no, no estoy en casa… con Emilia… ¿qué querés?... ¿y ahora tiene que ser?... en el Café de Juan… Qué sé yo qué Juan, boludo, así se llama el café… sí, ok, chau.” “No me digas que viene para acá”. “Un minuto, están por el barrio y me tiene que traer no sé qué cosa que es importante y parece que no puede esperar.” “Me cago en la puta madre, qué denso… ¿Por qué dijiste ‘están’?” “Viene con Mariana”. “Me rectifico entonces, me cago en la reputísima madre.” Qué parejita, dos muñequitos de torta. Él, convencido de que es un joven empresario en ascenso, vive leyendo sobre técnicas de desarrollo personal, con la ilusión de ‘obtener herramientas para explotar mis talentos’ (juro que es sic). El día que se dé cuenta de que lo único que tiene para explotar son los granitos que le salen en la nariz, se deprime. Ella, cómo decirlo… a ella le cabe la bambula, si viene con una camisa de Wanama incluida mejor, eso sí. Ojo, todo bien, yo también tuve una etapa hippie. Claro que tenía diecisiete años y me duró lo que un pedo en un canasto, pero esa es otra historia, como siempre. Ah, y también es re ecológica, por lo menos en Facebook es fan de Greenpeace. Ah, y solidaria, todos los años dona como diez pesos para el programa Un sol para los niños. Llegan, de la mano, sonrientes, enamorados, espléndidos. Ideales para una foto que ilustre un test de la Cosmopolitan. Se sientan y lo primero que hace el tipo es mangarme un cigarrillo. Es, además de lo antedicho, el típico boludo que dejó de comprar para auto convencerse de que no fuma y vive pidiéndole puchos a los demás. Raza despreciable. Claro que no se priva de mirarte y decir, por ejemplo, “Vos también tendrías que dejar”. “No lo hago para no perjudicarte.” “Es que si me compro me los fumo todos y a lo mejor así dejo, es el primer paso.” “Hace diez años que diste el primer paso y no avanzás, querido, ¿estás seguro que de chico te dieron la vacuna contra la poliomielitis?” Encima, como la novia lo mira mal, lo fuma con culpa, un desperdicio. “Bueno, ¿qué era eso tan importante, primito?” “Nos casamos”. “Pero qué bien, los felicito.” “Gracias, Veeeroooo, sabía que te ibas a poner contenta”, dice la novia que ya habla como si tuviera el tocado puesto, “Por eso no queríamos esperar para traerte la tarjeta, además tenemos otra noticia”. Hay más informaciones para este boletín, mamita. Después me digo ‘No, Emilia, nadie se casa hoy en día por eso, no seas mal pensada’. Me equivoqué. “Es que estamos embarazados,” dice el primo. “Sí, pero la que vomita soy yo, mi amor”, dice ella mostrando colmillitos brillantes, con una sonrisa que Evangelina Salazar envidiaría. “Bueno, los felicito por partida doble, entonces,” dice Vero poseída por el espíritu de la condesa de Chikoff. “Te trajimos la tarjeta, leela en voz alta, así escucha Emi.” Vi venir lo peor. “Nos amamos desde el primer instante en que nos vimos y cada vez que nos miramos sentimos mariposas en el estómago.” Parece que no es suficiente poner ‘Somos Juan y Marta, nos casamos tal día en tal lugar’. La gente busca los lugares más insólitos para hacerse los poetas. “¿Te gusta, Emilia?” “No sé qué decirte, lo más cercano a un insecto que yo he sentido en el cuerpo son hormigas en el culo, pero creo que eso es otra cosa.” “¿Y ya saben cómo lo van a llamar?”, tercia Vero, tratando de impedir lo inevitable. “Quillén si es nena y Pehuén si es varón”, contesta ella. Yo, sin emitir sonido, abro la cartera, saco una libretita que siempre me acompaña y a la que le escribí ‘Ipad’ en la tapa, una lapicera y empiezo a tomar nota. “¿Qué escribís, Emilia?”, me pregunta el primo, pobrecito, era para reírnos después solas con Vero pero ya que insiste.

“Una lista de sugerencias para tus próximos hijos… Temaikén, Kerosén, Terraplén y Almacén, por ahora no se me ocurre más nada”. “Disculpenmén, pero si no me río me ahogo,” dice mi amiga volviendo a ser ella. “No entiendo la burla”. “Pero dejate de joder, pibe, naciste en Boedo, tu viejo es hijo de asturianos, tu abuelo materno es de Calabria y vos no tenés la más puta idea de cuál es la diferencia entre un Mapuche, un Tehuelche o un Mataco”. “Pero yo respeto sus gustos,” dice mientras señala a la novia feliz. “¿Cómo te llamás?”, le pregunto. “Mariana,” me contesta. “No, no, tu apellido”. “Ivanosevich”. Ni el mozo se puede contener. “Repito, de-ja-te-de-jo-der. ¿Y dónde es la ceremonia? ¿En el Lago Titicaca?” Se ofendieron, aunque no tanto como para dejar de aclararle a Vero que en la tarjetita adjunta estaba la dirección del lugar donde hicieron la lisa de regalos. Pero qué gente sensible.

3 comentarios:

Javier F. Noya dijo...

Jajajaja! Realmente han sido muy, pero muy educadas, porque yo les hubiera tirado un par de cositas más como para que se vayan sabiendo que una parte del planeta, la que le compete a mis moléculas, los considera reverendos imbéciles jajajaja. Tu relato me alegró el día, muy bueno. Besos.
PD: y lo peor es que muchas veces no es ficción...

Christopher Membreño Téllez dijo...

Jajaja! Buenísimo! Esa Emilia tan mordaz como siempre!...

Saludos...

Adriana Menendez dijo...

No lo olvides, JAVIER, la realidad supera la ficción!! me alegro que te haya alegrado el día. beso.


gracias, CHRISTOPHER!. beso.