viernes, 19 de noviembre de 2010

La Emilia 88: La fiesta inolvidable (y un tanto etílica).

“¿Qué te vas a poner a la noche?” “El piyama, si tengo ganas de cambiarme.” “Nena, tenemos la fiesta.” “¿Qué fiesta, Natalia?” “La de Olga Álvarez Zabala, ¿no te acordás?” La locóloga cumple cincuenta años y, ya casi recuperada del abandono de su marido decidió ‘tirar la casa por la ventana con una mega fiesta para hacerle frente a esta patología del vacío que estoy sufriendo’ (sic). Yo estaba en la pelu cuando la invitó a Nati y, sí, me dijo ‘venite vos también’ pero la verdad es que no me lo tomé muy en serio. “¿Te parece, Natalia? Ni la conozco.” “Pero obvio que me parece, ¿tenés algo mejor que hacer?” “¿Me tenés que meter el dedo en el culo de esta manera?” “Te paso a buscar a las diez y media”. Las amigas son así. Ni bien entramos, la loca, enfundada en una especie de catsuit plateado y con un vaso con un líquido azul en su interior, nos saluda a los gritos. “¡Qué suerte que vinieron, chicaaaaaaaaaaaaaas! ¡A divertirse, a divertirse, a recuperar nuestra dignidad subjetiva!” Y se va a saludar a otros. Hay mucha gente en el lugar. “¿Dónde nos instalamos, Emi?” “Allá está la barra.” Daiquiri número uno. Observamos que hay dos grupos bien definidos: pendejos amigos de los hijos de la cumpleañera, viejos chotos que se hacen los idem, las mujeres no nos interesan. Los pocos de nuestra edad están en pareja. Ante la obviedad de encontrarnos en el horno y ante la leve posibilidad de deprimirnos decidimos tomar nuestro daiquiri número dos. Se nos acercan dos galanes cancheros, jeans, camisa blanca, tres botones desbrochados, zapatillas (blancas también), mano en el bolsillo, uno más vale grandote, el otro morocho, tipo Víctor Bo y Ricardo Bauleo bah, gracias a San Pantaleón no trajeron a Mojarrita. “¡Pero qué suerte encontrarnos dos chicas tan lindas por acá! Hola, chicas, yo soy Bebe y él es Pichón.” La última vez que escuché una frase así fue en una película de Zully Moreno. “Hola”, dijo mi amiga, “yo soy Natalia y ella Emilia” y, acostumbrada como está a entablar conversaciones de la nada gracias a la gimnasia adquirida en su negocio, agrega, “soy la estilista de Olga, ¿y ustedes?” “Amigos de la vida”. Y dale con el teleteatro. “¿Y vos qué sos, Emilia?”, me pregunta no estoy segura si Bebe o Pichón. “¿De qué trabajo me querés preguntar? ¿O qué estudié?” “Sí, por supuesto”, y me mira con cara de ‘y qué otra cosa iba a ser’. “Profesora de inglés”. “Pero qué interesante”, contesta con el énfasis que pone un estudiante de teatro de primer año cuando recita a García Lorca. “Tal vez podrías darme unas clases”. “No creo, tengo todos los horarios ocupados”. “Pero mirá que habías resultado arisca”. “Si seguís hablando como mi abuelo entro en convulsiones”. La sonrisa se le cerró un poquito. “Qué lástima, vos me podrías enseñar inglés y yo a suavizar ese carácter áspero que tenés”. “¿Ah sí? ¿Y cómo?” “Yo soy potencialista”. Casi me atraganto con el canapé. “Po-ten-cia-lis-ta. ¿Y eso qué es?” “Tengo un gran potencial individual y trato de liberarlo, de atesorar buenos momentos, de valorar el espíritu. ¿Me entendés? No sé cómo explicarte.” “Ok, mejor no me expliques nada porque puede ser potencialmente peligroso.” Qué le vamos a hacer. Con la muy femenina excusa de ir al baño, nos libramos de los señores. Daiquiri número cinco. Caminamos por el salón. Pasamos cerca de un grupo de mujeres y escucho la frase “A mí los hombres tienen algo que me gusta mucho”. “Sí, una flor de poronga”, le digo a Natalia creo que en voz baja pero a juzgar por la cara de la mujer de trajecito beige que la dijo me temo que no. Largamos la carcajada y seguimos viaje. Daiquiri número siete. Vemos bailar a Olga, lo más parecido al Boxitracio que vi en mi vida. Nos acercamos y bailamos con ella tratando de imitarla. Olga debe de ir por el trago número quince. “¿Ves esa mina que está ahí, Emilia?” Le digo que sí con la cabeza. “Le acaba de descubrir al marido un cuerno gigante.” “¿Uno solo? Se casó con un unicornio la pelotuda”. Olga no lo puede creer y siente que me ama y me lo dice. “Me purificás la mente con tu abordaje transpersonal, Emiliaaaaaaaaaa, le agradezco a Freud haberte conocido.” No hay que mezclar. Daiquiri número diez. A esta altura las tres hemos formado un trío inseparable. Me siento un rato a descansar y a mirarlas. Se me acerca un tipo, anteojitos, rulitos, flaquito, todo en él remite al sufijo –ito. Me empieza a hablar y yo contesto vaya una a saber qué. Evidentemente y por su cara me está contando su historia. Como no le contesto nada y lo miro fijo pero él no se percata de que es porque soy incapaz de generar un mínimo gesto con mi cara, piensa que me interesa lo que me está diciendo. De golpe, recuerdo y reacciono, “Necesito una Coca Cola”. Él, muy caballero, llama al mozo. Me agarro dos vasos y hago fondo blanco con ellos. Ahora sí puedo continuar. Y puedo escuchar. “Lo que yo quiero es una mujer que tenga que ver con mi propia historia, ¿me entendés?” “¿Y por qué no te casás con tu mamá? Bah, si tenés una hermana también sirve”. “Me refería a una chica divertida, que encaje con mis amigos.” “¿Pero vos te pensás que las minas somos un Rasti, boludo? Además vos, con esa pinta, ¿qué concepto de diversión barajás? De-ja-te-de-jo-der”. Me uno al dúo dinámico y continuamos bailando. Daiquiri número doce. Olguita sigue contándome de sus amigas. “Esa de allá tiene cuatro hijos, es presidente de la Fundación de Niños con Esclerosis Psicosomática, tiene cinco mil amigos, hace gimnasia todos los días y pastafrola casera, todo el mundo la adora, ¿qué opinás?” “Que el mundo está lleno de fallutos, Olguita, y que tu amiga tiene menos rock and roll que el Paz Martínez”. Brindamos con nuestro daiquiri número catorce acodadas a la barra. Se nos acerca la que había dicho que le gustaba algo de los hombres y seriamente increpa a Olguita. “No te conviene juntarte con este tipo de gente, Olgui, es evidente que esta mujer es una generadora de toxinas, no dejes que te las pase a vos.”

Antes de que la protagonista de la noche llegue a contestar a mí se me escapa un “Pero depilate la pochola con una ortiga, gorrrrrrrrrrrrrrrrda”. Todo sucede al mismo tiempo, Olga que me abraza y grita un “Gracias” sumamente emotivo, ‘Un poco de amor francés’ que suena furiosamente y nosotras tres que nos tiramos de palomita entre los pendejos. Olga tiene pinta de estar menos vacía, y yo también. Mañana, después de un buen jarro de café, la llamo a Nati para agradecerle.

2 comentarios:

Edgardo Devita dijo...

Envidiable bolg, lleno de información, se nota que tenes tiempo y conocimientos te invito a visitar el mío edgardodevita.blogspot.com hacerte amiga y sugerirlo.
A mi no me da la paciencia para agregarle cosas a cada rato saludos a la Emilia

Adriana Menendez dijo...

gracias, amigo EDGARDO!!! ya he visitado tu blog, por supuesto, varias veces y está muy bueno. beso grande.
pd: trataré de mandarle tus saludos a la emilia, pero hoy tiene un día!