miércoles, 1 de diciembre de 2010

La Emilia 89: No hay nada más lindo que la familia unita.

Todos tenemos varias caras, facetas… a la sazón (frase que se me pegó después de leer una revista Somos que encontré en la casa de Mami del año ’78) tantas como roles jugamos. Una es amiga, hija, profesora, conocida, ex de alguien (demasiados, a esta altura, la verdad, bueno pero tema para otra ocasión). A veces, se entrecruzan pero nunca es conveniente que todos conozcan todas tus caras, salvo que quieras terminar viviendo sola en el Aconcagua (en la montaña, no sé; pero en Nueva York por ahí, quién te dice, hay veces que hasta me cambiaría el nombre). Así es como para muchos de mis alumnos soy algo así como la princesa Leticia pero un poco más cómica y divertida (para lo que, a la distancia, me parece que no hace falta mucho, y también con el bombón con el que se casó como para que no sea anoréxica… y me estoy yendo de tema de una manera irremontable, cómo estamos hoy, terminala con los paréntesis, Emilia). Bueno, entonces, volviendo, un alumno, Fernando, el médico anestesista, cumplía cincuenta años y me invitó a la reunión que hacía en su casa. Por supuesto que sabía que no iba a ser una noche de jolgorio feroz pero me dije vamos, Emilita, que algo hay que hacer y el pobre muchacho que en diez años ingresará a la tercera edad es aburrido pero muy buen tipo. Aparte parece que, si bien su profesión consiste en dormir gente, él ha decidido despertarse: se compró una moto y empezó a entrenar para correr maratones. Qué tema el de las maratones y los viejos que corren, van a terminar todos con las rodillas hechas mierda; no, no, los de cincuenta no son viejos, depende para qué, bueno pero basta de irme, carajo. Repito, no pensé encontrarme con la fiesta de la espuma pero tampoco con una cena formal para sólo siete personas. Cuando llegué ya estaban todos. Me presenta como su profesora y gran amiga, esas boludeces que se dicen en las presentaciones, no sé qué le pasa a la gente con la desvalorización de la palabra amistad. Fernando, su mujer Cecilia, dos matrimonios de amigos, una amiga de la señora y el hermano mayor del cumpleañero, que era, ¿quién? Por esas putas casualidades de esta puta existencia, aquel que hablaba de dormido y lo mandé a hacer la gran Di Caprio luego de que me comparara con un iceberg. Uót a moument. Dos señores conocidos entre sí, que conocen dos facetas de mí totalmente opuestas. Él se hizo el reverendo boludo y yo, en eso, tengo master. La cena transcurrió entre conversaciones de política, economía y fútbol, por parte de ellos; y de calorías, comidas light, dietas y de cuánto pesan, por parte de ellas, todas con cara de que sus vidas no son precisamente un festival erótico. Que a Fulanita la operaron de los juanetes y que a Menganita de las várices. Hubiese preferido asistir a la elección de la Reina de la Fiesta de la Corvina en San Clemente del Tuyú. Para no decir nada, tomaba vino. Muy mala estrategia la mía, ya que sé sobradamente que el alcohol me suelta la lengua. Igual, tenía la seria intención de reprimirme. Intención que a esta altura debería saber que jamás me sale, pero bué. Lo cierto es que parece ser que el alcohol le suelta la lengua a la mayoría porque, a los postres, empezaron a decirse cosas. Con un cierto dejo de diplomacia, por supuesto, tan educados eran. “Así que te compraste una moto, che, qué bueno, ¿y sabés manejarla?” “El tema va a ser cuando la quieras llevar a Cecilia, ella que nunca se saca las polleras, jajaja”. “Bueno, lo va a tener que hacer para acompañarme.” “¿A esta altura? Vas a tener que ir solo, cariño. Yo ya estoy grande, jejeje.” “Pero te vas a tener que aggiornar, jijiji, te tengo una sorpresa, te compré unos rollers para que hagas un poco de ejercicio, mi amor.” “Ay, Cecilia, no te va a venir mal.” “¿Me estás llamando gorda, querida?” “De ninguna manera, pero un poco de movimiento no le viene mal a nadie.” “Yo ya me muevo bastante con todas las cosas que tengo para hacer. Acordate que no cuento con dos empleadas como vos, corazón.” “Es una lástima, así podrías dedicarte un poco más a vos.” “¿Me estás llamando descuidada?” “Chicaaaas… chicaaas….”, saltó el señor mayor. “¿Chicas qué?”, le contestó Cecilia con una sorpresiva postura digna de un barra brava de Excursionistas. Está claro que no se hace, es boludo, de otra manera sabría que hay conversaciones en las que no se debe intervenir. “No sean escandalosas, que tenemos visitas”, insistió. “Por mí no se preocupen,” aclaré por las dudas. “Aaaaay, habló el que nunca levanta la voz porque es cuuuulto y mira History Chaaaannel.” Cecilia estaba a full y la cosa se estaba poniendo densa. Las minas que hacen cheesecake y toman clases de tenis con el profesor del country cuando toman vino se vuelven extremadamente peligrosas. “Pero ¿por qué no dejás de sacar tu Blackberry a cada rato? ¿La querés impresionar a la señorita? No te gastes, cuñadito, no está a tu alcance.” El boludo, con la sangre todavía chorreándole del ojo izquierdo, contesta: “Estoy esperando un mail importante, cuñadita, y para tu información, a ella ya la impresioné hace rato.” Cuatro inquisidores pares de ojos maquillados se clavaron en mí. Le dediqué una oración a San Baco y me tomé lo que quedaba en la copa de un trago. “¿Qué? ¿La conocés?”, intervino mi alumnito. “¿Nunca te cuenta la teacher lo que hace los fines de semana?” Ok, ahora recuerdo, además de hablar de dormido era un pelotudo contundente. Cecilia, mirándome cual Linda Blair, abrió la boca y juro que se podía ver que desde su campanilla iba floreciendo una catarata de lava. Evidentemente, para las señoras que hacen brownie casero, que una se coja al hermano del marido también es peligroso. No me pude contener más, una hace lo que puede. “¿Qué querés que les cuente? A ver, ¿que roncás? ¿que cantás Vox Dei mientras dormís? ¿o que antes de volver a estar en la cama con vos prefiero dedicarme al estudio del aparato reproductor del ombú?” Se escuchó un colectivo y femenino “uuuuuuu”. Cecilia cerró la boca y me miró de otra manera. Como con un dejo de satisfacción en los ojos. “Bueno, Emilia, me parece que te estás pasando de la raya,” dijo Fernando. “Y que le tenés que hablar así a la chica, vos, degenerado, dejá que se exprese con libertad, es joven.” Vamos las chicas. “¿Degenerado yo? Pero si se la volteó él.” “Bueno, no se peleen por mí, por favor.” “Qué tierno lo tuyo, Emilia, encendés la mecha y después querés que no haya fuego.” “Si el que contó fuiste vos, estúpido, que le echás la culpa a ella. No te da vergüenza, podría ser tu hija, viejo verde.”
Lo que siguió fue una caterva de improperios varios entre ellos tres que los demás escuchábamos en un respetuoso silencio. Que son los dos iguales que tu padre, viejo de mierda que no paró de meterle los cuernos a tu madre, que por otra parte se volteaba al jardinero, que bueno que mejor que no era como la tuya que le chupaba el cirio al cura y ni hablar de tu abuela que se la daba a la cocinera, y que decís si tu bisabuelo no dejó oveja virgen en el campo de Brandsen. Tan ensimismados estaban que no se dieron cuenta de que los invitados nos fuimos levantando de a uno para escaparnos. Basta de socializar con mis alumnos. No hay que mezclar, decía mi abuelo.

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