viernes, 17 de diciembre de 2010

La Emilia 91: ¿Y dónde está el piloto? (que me quiero ir con él)

“Ni en pedo, Luisiana,” fue lo primero que le contesté, “para esto no cuentes conmigo, si la morsa de tu marido a último momento se te baja del viaje, lo siento mucho, yo no lo reemplazo”. Como sosteniendo mi palabra soy un as, dos días después estaba arriba de un avión rumbo a Disney, con cinco adorables criaturas a mi alrededor. Lucía (12), Valentina (9), Martín (7) y Joaquín y Matías (mellizos, inocentes bestias de 3). Es evidente que tengo un problema, bah, tengo muchos pero uno de ellos es no saber decirle que no a esta piba. Y no me estoy convirtiendo en una de esas pelotudas cuya frase de cabecera es “mi mayor defecto es que no sé decir que no”, no, yo sí sé, creo, pero con ella cuando quiero acordar estoy metida en un quilombo desastroso, no sé cómo hace... Bué, total que subir a un avión cual tropilla de macacos y cargados como ekekos ya es una experiencia de por sí encantadora. Desde el vamos te miran como si fueras leproso y notás que hasta los ateos se convierten y empiezan a rezarle a San Expedito. Ponés tu mejor cara de boluda, te sentás y no mirás a nadie a los ojos. Las criaturas eran, básicamente, muchas. E insoportables, reconozcámoslo. Ojo, yo, en esa vez por mes que los voy a visitar los quiero mucho, hasta les llevo caramelos y todo, como a los monitos. “Mamá, ni loca me siento al lado de los mellizos”. “Mamaaaaaaá, Martín se tiró un pedo”. “Aaaayyy, habló la princesa que caga flores”. “Mamá, mirá lo que me dice”. “Mamá, quiero chizitos”. “Mamá, tengo sed.” “Mamá, decile que no me patee”. “No seas buchona, nena”. “Mamá, ¿me trajiste el osito azul?” “¿Vieron la cara de boludo que tiene el gordo ese?” (uno de los mellizos refiriéndose a un señor que nos miraba con la boca abierta y creo yo planteándose seriamente el suicidio). “Mamá, Matías me pegó el moco en la remera”. “Mamá, ¿cuándo llegamos?” Todo esto ocurrió mientras el avión carreteaba. Lentamente, me fui acurrucando en mi asiento, me puse casi casi en posición fetal y no podía dejar de pensar “Que se queden mudos, que se queden mudos, que se queden mudos”. Cuando el cartel de ajustarse los cinturones se apagó, no me pude contener. Como eyectada por una fuerza superior, me paré y al grito de “Callensé, pendejos de mierrrrdaaaa”, me recibí… de hija de puta. Porque todos los conchudos que estaba a nuestro alrededor padeciendo lo mismo que yo y deseando no que se quedaran mudos sino que un rayo los fulminara, se convirtieron de repente en carmelitas descalzas que me miraban como diciendo ‘Pero qué exagerada esta mujer, pobres criaturitas la tía que tienen’. Manga de cobardes. Para no seguir quedando como la loca desalmada y desquiciada, me senté y, esta vez en un susurro, les dije “Si no se portan bien, cuando llegamos, lo busco al Ratón Mickey, lo ahorco y les arruino la fiestita.” Los dos del medio no emitieron comentarios, la mayor le dijo a la madre “Mamá, ¿no trajiste un Rivotril para la tía?" Y los mellizos se asustaron durante aproximadamente treinta segundos, de mi cara sobre todo. Hasta que Joaquín dijo “Pero qué vas a matar vos, piba, si Mickey es inmortal”, y todo volvió a empezar. Las mil horas de vuelo restantes (durante las cuales durmieron dos horas cada uno, alternadamente por supuesto, ni para eso se pusieron de acuerdo los hijos de puta, con perdón de mi amiga) resultaron una sucesión infinita de hechos bochornosos. Tuvieron hambre, tuvieron sed, se pegaron, se gritaron, se vomitaron y se cagaron. Impresentables. Todo eso mientras uno de los mellizos relataba todas las películas que pasaron con una locuacidad que Macaya Márquez envidiaría.
Cuando llegamos (yo con los pelos parados, los ojos inyectados en sangre y mi genitalidad oxidada) estuve a punto de gritar que traía una bomba para que me deportaran de inmediato. Pero cuando se está en el baile, decía mi abuela… Y, de golpe, apareció la magia. Un grupete de princesas nos guió hasta un micrito del que apareció mi gran amigo Mickey. Y, por obra y gracia del Espíritu Santo, o del cansancio, los niños se calmaron. Hasta se rieron con educación y todo. Parecían normales. Me dije, y bué será así nomás. Por un instante, hasta me entusiasmé. Pensé que si estaban tan contentos no iba a ser tan difícil. No tenía la más puta idea de lo que me esperaba.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanto y aun estoy riendo, capa total la tía, se gano un viaje a Disney (siempre veo el medio vaso yeno), aunque ella sabia ke lo pagaría en cuotas con los 5 terremotos (acá se le kebraba el vaso, juaa)
siempre hay una tía emocional que hace de tía compinche por fuera y re putea y es una asesina en potencia por dentro (tengo una hija así juaaa),
suele contarme esas cosas y diciendo ¿Qué carajos tenia yo que hacer ahí? Si cada dia me doy mas cuenta que soy mas pelotuda que plato de nokis del 29, juaaaa

Es bellísimo el relato,
mil gracias y buen comienzo de semana corta Che
Va un mate
Locopepe

Javier F. Noya dijo...

Esto bien podría ser el comienzo de una saga de terror, a la luz de la prevención final. Si fue cierto, vaya mi manifiesta compasión. Hannibal Lecter, de viaje, es una seda al lado de cualquier grupete de nenitos-pendejitos incentivados por la excitación del viaje.. Besos.

Adriana Menendez dijo...

muchas gracias, querido LOCOPEPE, por tus palabras y por el mate... y, para seguir con la metáfora gastronómica italiana, la emilia muchas veces se siente más boluda que el agua de los fideos. beso grande.


creo que hannibal se llevaría bien con la emilia, JAVIER. beso.