martes, 28 de diciembre de 2010

La Emilia 93: ¡Qué bello es vivir! (sobre todo si mamá está lejos)

“¿Te parece, mamá?” “Por supuesto que me parece, ¿cuánto hace que no nos vemos?” “Justamente por eso te digo.” “La familia es la familia, nena, lo pasado pisado; y además yo a Ana María la adoro y a esa criaturita que tuvo ni te cuento”. Así fue cómo Mami decidió pasar la nochebuena con mi tío, el hermano de mi papá, con el que estuvo siglos sin hablarse porque parece ser que cuando papá murió el taller que tenían juntos estaba al borde de la quiebra y entonces el tío le compró la parte por dos pesos con cincuenta, pero se ve que él sabía manejar las cosas maravillosamente bien porque al año se mudaron, se compraron casa en un country y a partir de ahí van a Miami todos los años. Y Ana María, es la hija, mi prima adorada y perfecta, que no es maestra para chicos sordomudos pero merecería serlo, a quien como ya escuchamos mamá adora… a ella, y al pequeño demonio que engendró, Agustín, a quien Mami trata como a su nieto, compitiendo con su cuñada, la tía Beba, y generando en cualquier momento otro conflicto familiar. Y Mami está convencida de que la adoración es mutua porque Anita la llama para el cumpleaños, pascuas y día de la madre, y cada vez que tiene que salir y Beba no puede ir a cuidarle el pibe. Nosotras, por otro lado, nos detestamos en silencio desde pequeñas. Claro que ella, con sus vestiditos nido de abeja, sabía disimularlo y yo, con mis carpinteros, no. Es que crecimos muy distintas. Yo veía el circo de Marrone; ella, el de Balá. Ella leía a Poldy Bird con la esperanza de que no se le corriera el rimmel; yo, una saga que no me acuerdo cómo se llamaba cuya protagonista era una tal Alicia y que en un libro era drogadicta, en otro prostituta y en otro alcohólica. Yo en la línea rock & roll, ella siempre en la de Paz Martínez y así fue como antes de los veinte se casó y a partir de ahí qué par de pájaros los dos. Total que Mami decidió acercarse nuevamente a tío Norberto sólo para poder pasar la navidad con su hija postiza y su nieto ortopédico. “¿Qué hay que llevar, mamá? “Nada, Bebita me dijo que ellos ya tienen todo organizado.” “¿Be-bi-ta?” “Bebita, sí, ¿por qué?” “No, por nada, por nada… ¿cuándo dejó de ser ‘la yegua mal parida que maneja a tu tío’?” “Basta, es Navidad, no te voy a permitir que uses ese vocabulario”. Ante tamaña contundencia de argumentos no seguí con el tema. “¿Cuántos regalos hay que comprar?” “Ay, no, no sabés la idea brillante que tuvo Ani, ¡vamos a jugar al amigo invisible! ¿No es genial? Esta chica es una luz”. La verdad que sí, no entiendo cómo no la postulan para el Nobel. A ella y al pelotudo que inventó el amigo invisible. “¿Y a mí quién me tocó?” “El nene, pero no te preocupes porque yo ya le compré un juguetito.” Una a favor, me salvo del shopping. A las ocho la pasé a buscar porque quería llegar temprano por si había que ayudar en algo. Toco el portero porque detesta que le avise que estoy abajo con el celular porque dice que es haraganería pura. “Ya estoy, mamá, ¿bajás?” “No, subí que necesito ayuda.” Ojalá el Niño Jesús me traiga un par de pelotas nuevas porque las mías mamá me las rompió hace rato. Y cómo no iba a necesitar ayuda. Para empezar el ‘juguetito’ medía dos metros por uno ochenta. “¿Qué es ese paquetón, mamá?” “Una pista de autos.” “¿Y el otro?” “El que me tocó a mí, para la suegra de Anita, porque yo compré los dos regalos no sé si te acordás”. “Me acuerdo perfectamente, mami, y te lo pagaré en cómodas cuotas como corresponde”. “No me debés nada, hija, por favor.” “No hablaba de plata, mamá… ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Mamaaaaaaaaaaaá!!!!!!!!!!!!” “¿Queeé? ¿Por qué gritás?” “¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Son las cremas que te compré para el día de la madreeeeeeeee!!!!!!!!!!!!” “Bueno, che, yo no las uso, tampoco las voy a tirar.” Me supera, juro que me supera. “Agarrá también el paquete que está en la mesa de la cocina, haceme el favor”. “¿Y esto qué mierda es?” “Bueno, ¿así nos predisponemos a pasar una Nochebuena en familia?” Me reservé el pensamiento. Y el impulso… pasar fin de año en la comisaría por matricidio no estaba en mis planes. “¿Qué es, mamita de mi corazón?” “El vitel thoné”. “¿Pero no dijiste que no había que llevar nada?” “Bueno, tampoco podemos caer con las manos vacías. Aparte el que hace tu tía es horrible, nada que ver con la receta de Choly de Berreteaga que hago yo. Agarrá el vino que dejé al lado también”. Espero que a mí de regalo me hayan comprado una caja de Rivotril.

Estaban mis tíos Roberto y Beba, Ana María, su marido Armando (a quien no sabría cómo describirlo, bastará con decir que ‘el prende y apaga’ de Lepegüe le parece divertido), el niño Agustín y los suegros de Ana María con quien ella se lleva maravillosamente bien, por supuesto, ya que adora a su suegra. Si se compraran la casa en la pradera serían la Familia Ingalls a pleno. Son tan antifisiológicamente felices que dan lástima. En cualquier momento se enferman. Relatar lo que aconteció después me demandará una energía que en este momento no tengo. De sólo recordarlo, me agoto. Quedará para después.

2 comentarios:

Javier F. Noya dijo...

De circunstancias indeseadas se alimenta la literatura y nuestra neurosis. No sé cómo no pateaste el tablero antes, pero ya sabemos que la relación madre-hija y blablabla (Freud dixit). Besos y feliz año que viene.

Adriana Menendez dijo...

y volvemos a volcar la neurosis en nuestra literatura, JAVIER! yo no sé qué haría sin la emilia, mirá. buen año para vos también. beso.