jueves, 30 de diciembre de 2010

La Emilia 94: Ha nacido una estrella (y no la de Belén, precisamente)

Una vez que logré meter el juguetito en mi Ferrari último modelo y desistí de tratar de convencer a Mami de que pusiera las cosas si no en el baúl por lo menos en el asiento de atrás y de que no era necesario andar con la fuente y la botella en la falda y de que ella con la suavidad y delicadeza que la caracteriza me contestara ‘por cómo manejás termina todo en el piso’, estuvimos listas para partir. “¿Siguen viviendo en Devoto?” “Sí, ¿por?” “¿Cómo por, mamá? Para saber adónde tengo que ir.” “Entonces preguntame adónde tenemos que ir. Hablá con propiedad.” “Mirá, mamá, yo sé que estás nerviosa, ansiosa y todos los ‘osas’ que quieras porque hace mucho que no los ves pero dejá de agarrártelas conmigo.” “¿Y quién se la agarra con vos? Siempre tenés una excusa para criticarme.” Pretender razonar con Mami es más difícil que verle los dientes a la Gioconda, ella siempre tiene la última palabra… y la primera y la del medio también. “¿Adónde vamos, entonces?” “La cena es en el country.” La responsable soy yo y nadie más que yo, que hablo y hablo y hablo y después termino en Panamericana un 24 de diciembre a la noche, tortura comparable a que me encierren a escuchar a los Mayumaná durante diez horas. Después de varios ‘andá más despacio’, ‘cuidado con ese camión’, ‘¿no podés escuchar otra música?’, ‘bajá el volumen’, ‘¿siempre manejás así? sos un peligro’, llegamos. Nos recibió Ana María, con su sempiterna sonrisa de propaganda de dentífrico. “Holaaaaaa, chicaaaaaas, pasen, pasen, qué suerte poder pasar Navidad juntos…” Se dieron varios besos ruidosos. “¿Y esa criaturita que Dios te dio, adónde anda?” “Se fue con el padre a buscar a los otros abuelos, deben de estar por llegar en cualquier momento.” Me adelanté a llevar las cosas a la cocina y menos mal que Mami se quedó en el jardín porque si no el niño Jesús no hubiera llegado a nacer este año. “Seguro que ahora llega la desubicada de tu cuñada toda perfumada y maquillada y yo todavía tengo olor a papa porque estuve cocinando todo el día como una yegua y no tuve tiempo ni de darme una ducha todavía…. Hooooolaaaaa, Emilita ¿cómo estás, mi amor? ¡Qué suerte que llegaron temprano!… ayyyy, qué detalle el de tu mami, siempre tan atenta, su típico vittel thoné, qué rico, ¿sigue haciendo la receta de Choly de Berreteaga? No se tendría que haber molestado yo ya hice casi todo el recetario completo que Narda Lepes recomendó para las fiestas.” Así largamos. Zoológico a pleno: tío Roberto, callado como siempre, tía Beba con olor a papa y sombra verde en sus párpados, prima Ani dientes de porcelana, marido color beige, hijo al tono de ambos, suegra con pinta de pedirle disculpas hasta a las macetas con las que se tropieza, suegro con pinta de ser tan divertido como un tratamiento de conducto, Mami a quien no hace falta describir a esta altura, y yo, encantadora aunque nadie se dé cuenta. La cena trascurrió tranquilamente, un compendio de frases pelotudas que tocaron prácticamente todos los temas: yo sé manejar lo que no sé es estacionar… ay, detesto la violencia, venga de donde venga… la política no es sucia pero los políticos sí… no se habla ni de política ni de religión en la mesa… le queremos dar un hermanito a Agustín… la felicidad está a la vuelta de la esquina… esperemos que este año traiga salud que es lo más importante… la plata va y viene… el mejor proyecto es siempre el que está por venir… lo que mata es la humedad… por supuesto que se lo tenés que pedir, el ‘no’ ya lo tenés… poné la tele para saber bien qué hora es… ya son las doce, jo jo jo, feliz Navidad, brindemos brindemos… y llegó el momento de abrir los regalos. “¡Qué buena idea que tuviste, mi cielo, con esto del amigo invisible!”, no pudo evitar decir Mami. “No es cierto que sí, tiíta, pero te cuento un secreto, salvo los que le tocaron a ustedes, los demás los compré todos yo… Y mamá le compró una pavadita al nene, yo sé que se lo pedí a Emi, pero para que tuviera dos paquetitos, ¿viste? ¿no se enojará, no?”. “Pero, no Ani, por favor, ¿quién se puede enojar con vos? Si sos un encanto de persona, siempre tan considerada”. Al tío le tocó un par de zapatos, a tía Beba un perfume Kenzo, a Ana María un reloj, al marido una raqueta, al suegro una loción para después de afeitarse con bolsa de farmacia y todo, la suegra zafó con las cremas que donó Mami, a Mami un desodorante comprado en la misma farmacia que al suegro, y a mí un cd de Montaner al que se habían olvidado de sacarle la etiqueta que decía ‘Obsequio con la compra de un perfume. Prohibida su venta por separado’. Evidentemente, la consideración de Ani es muy subjetiva. Debo admitir que disfruté viendo la cara de Mami ante su desodorante. Aunque no tanto como ella disfrutó de la cara de Beba al darse cuenta de que el pibe revoleaba por el aire su juguete didáctico de quinientas piezas para hacer “brrrrum brrrrum” con los autitos de la pista de su cuñada. “¿Qué me mirás?”, empezó tía Beba. “¿Y vos cómo sabés que te estoy mirando?”, siguió Mami y el Enola Gay sobrevoló la casa de Pilar… y tiró la bomba. “Esto lo compraste vos.” “Mi hija trabaja mucho y yo la ayudo en lo que puedo.” “¿No te parece que un niño de dos años todavía no juega con una pista de autos?” “Bueno, la puede guardar para más adelante, mientras tanto juega con los autitos, mirá cómo se divierte el angelito de dios.” “Tenías que destacarte, ¿no? Alguna te tenías que mandar.” “Pero ¿qué me mandé? ¿Qué culpa tengo yo de que al nene no le guste lo que vos le comprás?” “Resentida, eso es lo que sos, envidiosa.” “¿Envidiosa yo?” “Sí, envidiosa, por la casa que tengo, por la familia que supe formaaar…” “Pero si la casa te la compraste con la plata que me robaste a mí, falluta, de qué hablás, cómo te da la cara.” “¡Falluta! Escuchá lo que me dice Roberto, encima que la recibo a mi mesa, a ella y esa hija fracasada que tiene y soy tan generosa como para además poner ese vittel thoné asqueroso que trae.” Mamá se puso literalmente verde. “Con mi hija no te metas”, dijo con una voz muy parecida a la de Linda Blair en el máximo momento de posesión. “Chicas chicas”, dijo el tío, “que es Navidad.” Y Mami largó el vómito. “Pero qué chicas ni qué navidad ni una mierda, pedazo de pelotudo, metete en tus cosas, con esa cara de vinagre vencido que tenés, decime, ¿cuánto hace que no mojás la chaucha vos?” “Ay, tiíta, ¿cómo le hablás así a papá?” “Pero qué tiíta ni una verga, yo a tu padre le hablo como se me canta el orto, que para eso lo conozco desde mucho antes que vos y la conchuda de tu madre juntas”. “¡¡Me dijo conchudaaaaaaa!!”, gritaba Beba. “Emilia no te rías, hacé algo por favor para calmarla”, me dijo Ana María. “¿Por qué me tiene que calmar? Ahora le pedís ayuda, después de que con esa cara de santa pedorra que tenés vivís diciéndome que es una lástima que mi nena no haya sentado cabeza. ¿Para qué? ¿Para formar familias llenas de hijos de puta como ustedes e incorporar pelotudos como tu marido y tus suegros? Pero por qué no se van todos a cagar… Y este desodorante que me compraste dáselo a tu marido para que se perfume las ladillas que debe tener de tanto cogerse putas cuando se va de viaje de negocios. Vamos, nena.”
Atendió a todos… Mami. Nunca la había visto así y ahora entiendo muchas cosas. No logró su objetivo navideño, pero en el viaje de vuelta, vinimos con las ventanillas bajas escuchando Guns n’ Roses. Algo es algo.

2 comentarios:

José Ignacio dijo...

Que tranquila se quedó la mujer, ¿no?.
Que tengas una buena salida de año y que las primeras horas del nuevo se presenten fresquitas (me refiero a la cantidad de champagne de la nevera que puedes degustar)
Un saludo

Adriana Menendez dijo...

quedó como descargada y livianita, josé. ¡y que no nos falte el champagne, por favor! ni acá ni en españa. así es cómo se empieza el año. un abrazo.