lunes, 22 de febrero de 2010

La Emilia 38: Qué más, qué más, quemás, tu vida...

Con Vero, para olvidar el papelón de fin de año, sobre todo el que hice ante mí, nos fuimos unos días a la playa. Nos cansamos de ver minas con cara de tomar dos litros de agua por día y sufrir tránsito lento y tipos que comen barritas de cereal y toman jugos hipotrónicos o, en su defecto, bebidas energizantes. La mayor aspiración intelectual de estas personas debe de ser comprender en su totalidad en último libro de Ari Paluch. Rozitcher (Alejandro, por supuesto) es una especie de Foucault para ellos, inalcanzable. Se trasladan en 4x4 o en cuatriciclos y no se clavan un sándwich de milanesa ni en sus peores pesadillas. No era el lugar que hubiéramos elegido pero teníamos casa gratis por medio de una amiga de ella, razón más que suficiente para guardarnos todos nuestros prejuicios en el más recóndito lugar de nuestros hígados. Igual, la verdad es que la pasamos bárbaro derrochando toneladas de ácido muriático. Hasta que una de esas tardes en la que nos estábamos deleitando con una señora (porque una mina a los cuarenta y pico es una señora aunque se vista en la misma tienda que su hija de quince) que tenía un pareo animal print y labios de riñón, cada cinco minutos se rociaba con una especie de aceite y, entre rociada y rociada, leía un libro de Rolón; escucho un motor muy cerca de nosotras, tan cerca que me doy vuelta para putear en arameo al boludo montado en el adefesio que estacionaba a nuestro lado cuando había trescientos metros cuadrados de playa alrededor vacíos, y en ese segundo el motor se apaga y escucho un “¿cómo están chicas?” Federico, of cors, con una rubia adosada a su cuarto trasero y de la que le costó despegarse cuando se bajó a saludar. “¿Qué hacés acá?”, lo saludé con mi característica dulzura. “La llamé a tu mamá, me dijo que se habían venido el fin de semana, que estaban por esta playa y se me ocurrió pasar a saludarlas. ¿Hice mal?”. Mamá, siempre mamá. Tengo que recordar no hablarle más. “No, para naaada."
No se me ocurría cómo podía continuar esa conversación y como vi que la rubia tenía en sus manos un perro (muy chiquito, de esos que si una los pisa hace pomada para zapatos) pregunté, “¿qué raza es?” “Es un salchicha de pelo duro”, me contestó. “Qué lindo, una especie de nutria que ladra”. Federico, me miró con cara de satisfacción, es inevitable, caigo siempre. “¿Van a andar por el centro a la noche? Si quieren podemos ir a cenar los cuatro”. “Nosotras prácticamente no salimos, gracias pero no.” “Bueno, será en otro momento, nosotros seguimos”. “Chau, chicos, que la pasen bien”, dijo Vero. Se fueron. “A vos te parece este hijo de puta, venir con esa culo roto y mal parado. ¿Para qué carajo me viene a buscar?”. “Ya sabés para qué”, dijo Vero con la sabiduría que la caracteriza, e hizo un silencio. Yo también. Hablar en ese momento hubiera sido repetirnos, y eso no nos gusta. Tengo que arrancar el año de otra manera.