viernes, 30 de julio de 2010

La Emilia 71: Fantasy for the devil.

A veces, y sólo a veces, me pongo a pensar en las fantasías. Esas ficciones, esos cuentos, esas novelas de setecientas páginas que escribimos en nuestras dulces cabecitas. Esas cosas que una se imagina que, supuestamente, desearía que sucedieran… o no. Porque la verdad la imaginación que tengo yo, mamita, mejor que no lleguen nunca a convertirse en realidad. Pensamientos que no nos atrevemos a decirle a nadie simplemente porque no queremos provocar ataques de pánico masivos. Pero supongamos que una fantasea con una idea muy concreta, con conseguir algo simple, que la mayoría de los mortales goza. Cuando lo conseguimos esa fantasía deja de serlo y empieza a formar parte de nuestra cotidianeidad. Porque esa es la diferencia entre una fantasía y una pelotuda utopía. La fantasía es posible. Siempre. Entonces, acá la tenemos, se cumplió. ¿Y? ¿Cosa facciamo allora? ¿Estamos contentas? No. Porque siempre, irremediablemente, de alguna manera, terminás aburriéndote. Es como que la fantasía te defrauda, peor, una se defrauda a sí misma. Esa puta cabeza que tenés te mintió, te estafó, se burló de vos, haciéndote creer que lo mejor que te podía pasar era lo que estabas pensando. A lo mejor, la solución es que nunca se vuelvan realidad. Porque yo digo, si una tiene una fantasía, que se concreta y después resulta una garcha, lo mínimo que terminás queriendo es que la puta fantasía se corporice para poder cagarla a trompadas. Las posibilidades son: tenías una fantasía de mierda o no sos capaz de llevarla a cabo como corresponde o sos una insatisfecha crónica; lo que la sabiduría popular tan cariñosamente llama gata flora. Una no sabe si la fantasía te traicionó, si tu cabeza lo hizo, si vos te traicionaste a vos misma, o si es todo eso junto que en definitiva es lo mismo. Hablando de lo mismo… ¿Es lo mismo fantasía que deseo? A veces, sí; a veces, no. Qué sé yo. Cuando se me enrula el cerebelo y empiezo a pensar todo este tipo de pelotudeces decido ir a tomarme unos mates con Verónica. Ahora, no falla nunca. El día que más quiero estar tranquila, sola con ella, cae alguna. Esta vez fue la que hace poco se casó y que la última tarde que la vimos nos torturó con su suelta de mariposas y su wedding planner del orto. Josefina, la divina. El numerito, mamma mía. La mina está todo el tiempo pum para arriba, a-go-ta-do-ra. Nos tuvo media hora contándonos lo maravillosa que fue su fiesta; fiesta a la que no invitó a Vero, a su amiga de la infancia y a la que le viene a romper las pelotas todo el tiempo con esas media lunas de mierda que piensa que son vaya una a saber qué, porque la fiesta era “sólo para los íntimos” (sic). Es una yegua, hiperquinética y optimista. La escucho hablar y en lo único que puedo pensar es en que se le exploten las tetas que le compró su maridito perfecto. Es tan obsesiva que seguro tiene los cd ordenados por orden alfabético la estúpida. “Y con Santiago somos el uno para el otro”. Tengo una tijera en la cartera pero no la voy a usar porque le voy a ensuciar la alfombra a Vero, una lástima. Qué carajo hago yo con una tijera en la cartera es un tema que no voy a desarrollar en el día de la fecha. “Vivimos una luna de miel permanente, la otra noche me invitó a bailar”. Yo la invitaría, así vestida como está, a ir un día al Club Glorias Argentinas de Laferrere, a ver qué opinan los muchachos de esas medias con dibujitos de corazones que tiene. Encima, cada vez que me mira me agarra la mano. Me gustaría tener un cuchillo cerca para clavársela a la mesa. “La verdad es que no me puedo quejar, Santiago es un hombre que me halaga”. “¿Es miope el pibe?” Se me escapó, ya no podía más.
“Ay, Emilia, vos siempre con tus salidas ocurrentes. ¿Seguís sola vos?” Es una yarará, con perdón de mis amigas las serpientes. “¿Si estoy saliendo con alguien, querés decir? Sí.” “Pero qué suerte, ¿te puedo dar un consejo? A la pareja hay que disfrutarla, saborearla”. “No entendiste, nena, estoy saliendo con un hombre, no con un yogurt”. Verónica, cuando se dan este tipo de situaciones, prefiere llamarse a silencio. “Bueno, Vero, había traído las fotos de la fiesta para mostrarte pero mejor vengo otro día”. “Ok, pero llamame antes, por las dudas, a ver si justo no estoy”. “No me cuesta nada darme una vuelta, si vivo a unas pocas cuadras, si no estás, todo bien”. “Igual, llamame”, dijo mientras abría la puerta mi amiga Verónica, mujer de pocas palabras y gestos contundentes. “Siguiendo con lo que estábamos hablando, ¿sabés qué fantasía tengo yo, Emilia? Que al marido de Josefina le ofrezcan un trabajo que no pueda rechazar en Tanganica.” “Y la mía es que, alguna vez, ese dios en el que no creo, me dé la satisfacción de que pase un día, uno solo pido, en que no tenga que escuchar una boludez”. “Lo tuyo es una utopía, amiga, aunque no lo quieras reconocer.” No hay vueltas, mi amiga es sabia.

viernes, 23 de julio de 2010

La Emilia 70: Sombras de muchas dudas.

Es inevitable. En algún momento tenía que suceder. Una conoce a alguien, le gusta, se lleva bárbaro, se divierte y ¿cuál es el próximo paso? Socializar. Lo que a mí más me gusta en la vida. Como si no fuera lo suficientemente difícil llevarse bien entre dos que hay que andar juntándose con otra gente, digo yo. Total que era el cumpleaños de Sebastián, amigo desde el jardín de infantes, y fui con mi mejor predisposición, porque a lo mejor, quién te dice, una termina conociendo gente interesante. Vamos, Emilia, me digo, prejuicios, out! Por lo menos, iban a estar Sandra con su propio susodicho, algo es algo. Y no nos olvidemos, que si yo quiero, Lady Máxima a mi lado es La Raulito. Ahora, que yo quiera, es otro cantar. Ya que estaban, como era “la semana de la amistad”, celebraron también eso. Otro tema, los “días de”, qué ganas de romper las pelotas. Llega el día del amigo y hasta el verdulero de la esquina, ese que puteás porque cada vez que te descuidás te mete una banana podrida, te dice “feliz día, amiga”. Pero andá a la concha de la mona depilada, boludo. He recibido cualquier cantidad de mensajes de texto de números que no reconozco, ¿no te das cuenta, pedazo de imbécil, que si no tengo tu número en mi agenda es porque no sos mi amiga/o??? Está bien, reconozco que tengo sólo cinco, pero ese no es el punto. Volviendo al acontecimiento. Llegamos y el del cumple se me acerca y me abraza como si me conociera de toda la vida, yo no sé, será cultor del abrazo relajante el hijo de puta. “Qué linda que sos”, me dice. No sé cómo tomarlo. “¡Gracias!”, contesto, con una sonrisa que Lady Di hubiera envidiado. Así saludando con un beso a uno por uno y a una por una. Qué costumbre de mierda esa de andar besando gente que una no conoce, qué necesidad. Me aferré al brazo de Fernando cual garrapata y sellé mis labios. Pero yo era el centro. “¿Y qué hacés?” “¿De qué trabajás?” “¿Vivís sola?” Qué carajo les importa, quería contestar, pero… “Soy profesora de inglés, sí sí, vivo sola…” Mi amiga Natalia, la de la peluquería, y su clienta Olga Álvarez Zabala, la psicóloga, se van a poner contentas cuando les cuente. O, no, qué sé yo. “Así que sos profe de inglés, y ¿qué leés? ¿Yéspier?”, dijo el intelectual del grupo. Lo miré, nada más. “Era hora Fer, qué chica más mona tenías escondida”. Los monos están en el circo, conchudo, pero vuelta la represión, Iturralde sí va a estar contento porque él no la llama así, le dice adaptación; dejate de joder. El resto del ágape transcurrió más o menos por los carriles habituales. Se rieron hasta desfallecer de las anécdotas que ya han contado y escuchado aproximadamente tres millones de veces. Qué capacidad de asombro envidiable. O tendrán Alzheimer precoz, no sé. Y como son todos muy posmos, brindaron también por la ley del matrimonio entre parejas del mismo sexo, porque son tan pero tan progres que jamás dirían gay u homosexual, aunque a más de uno se le note que si algún día su hijo aparece y dice “Papá te presento a mi novio Joaquín”, se quiera pegar un tiro. Y luego, el tema inevitable. A competir. “Brenda ya sabe escribir mamá”. Postulala para el Nobel de Literatura Infantil, pienso yo, que a esa altura había decidido divertirme sola. “Martincito el otro día pintó un cuadro que me sorprendió el uso de colores que hizo, no sabés.” Por suerte, no, no sé. “Constanza actuó de hormiguita viajera, qué lástima que me olvidé las fotos”. Y así siguieron, adulando a sus descendientes sin admitir jamás que se alaban a ellas mismas. Me la vi venir, pero cómo hacía para que no llegara. Imposible. “¿Y a vos te gustan los chicos, Emilia?” “No”. “¿Pero no te conmueve la idea de tener un bebé en brazos?” “No”. “Vamos, no me vas a negar que alguna vez fantaseaste con la idea de ser mamá”. “Sí, te lo voy a negar”. “Ay, Emilia, cuando te llegue el momento vas a ver, un hijo te completa”. “¿Vos ves que a mí me falte alguna parte?” “Yo soy todo lo contrario, te voy a contar un secreto, con Sol, ¿sabés quién es, no?” “No.” “¡La ex de Fer! Bueno, nosotras hacíamos listas con nombres de mujer o de varón que nos gustaban para cuando fuésemos mamás, así ese tema ya lo teníamos resuelto.” Lo mínimo que deseé para esa hija de re mil putas fue que de pronto comenzara a cagar lombrices. Sandra, divina, sentada a mi lado apoyó su brazo en mi hombro. Entendí y dije, “Qué interesante”. “El otro día fuimos al cine”, intercedió Fernando, “estaban dando un ciclo de Almodóvar y a Emilia le encanta el cine”. Lo que me faltaba, que el boludo necesite venderme y/o justificarme.

Por suerte, quince minutos después nos fuimos. En el camino, me pregunta, “¿Y, cómo la pasaste?”. “Bárbaro”, contesto y no me reconozco. Algo huele mal en Dinamarca.

lunes, 19 de julio de 2010

La Emilia 69: Aries, Marte... para qué contarte.

Yo sé que es una boludez, pero no lo puedo evitar. Cuando voy a lo de mi mamá un domingo leo el horóscopo. A lo mejor es para no escucharla (y eso que todavía no le conté nada de Fernando), por lo que sea, en un punto es entretenido. Es una manera de pasar el rato, como dice, justamente, Mami. Y la verdad, es que siempre paso de largo las “ocupaciones”, el “dinero” y voy directamente a “el amor”. En el fondo, soy una romántica. Claro que el romanticismo se me va a la mierda cuando leo frases como: La oposición lunar complica la pareja. Los desencuentros y los choques temperamentales estarán a la orden del día. Definiciones pendientes. Ahí es cuando me digo “me cago en el Santo Zodíaco, Batman". Porque una es una chica con pretensiones intelectuales y no cree en esas boludeces, hasta que de alguna manera te toca, o tiene que ver con lo que estás viviendo; y se te van las pretensiones intelectuales al carajo. Digo yo, ¿no he tenido suficientes complicaciones con suficientes parejas como para que la luna me venga a cagar esta también? Por qué no se mete en sus cosas y me deja de joder a mí. Y cómo no voy a tener un choque temperamental, si el pelotudo no me quiere contar qué pasó en la cena con su ex, me dice que fue un encuentro de amigos, amigos las pelotas, digo yo… y que hablaron de temas pendientes, un pendiente es lo que tengo ganas de colgarle en los huevos, un piercing en el prepucio se merece. Ya sé que a lo mejor es una buena chica, y no pasó nada, por qué le voy a andar deseando que se descomponga y se ahogue en su propio vómito. Pero por otro lado, si no pasó nada, ¿por qué no me lo quiere contar? Mirá, me harto de mí misma, me agoto, me digo basta de hacer rulos con tu cerebelo Emilita (oh, my God, cuando me hablo en diminutivo como mi mamá es porque estoy de atar). Pero es más fuerte que yo, qué querés que te diga.
“Me gustaría que me dijera, o que pensara, de dónde cree usted que le surge tanta inseguridad como para cuestionarse todo por un horóscopo de domingo, Emilia, usted es una chica inteligente”. “Mirá, Iturralde, primero, ya es hora de que dejes de tratarme de usted, me ponés nerviosa; y segundo, los dos sabemos que la inteligencia se te va a la mierda en estos casos”. “¿En qué casos?” “En estosssss… de la pareja y estas cosas”. “En el amor quiere decir usted”. “Ufff, y dale con el amorrrrrr.” “Y de esto estamos hablando, ¿de qué si no?” “¿Estuviste leyendo a Carver vos?” “Emilia, no nos dispersemos, no se me vaya por la tangente”. “No, no me voy a ir por la tangente, me voy a ir por la puerta, bombón, no te soporto más, mirá con qué seguridad te lo digo.” Encima me salen molestias intestinales, me cago en Mercurio.

miércoles, 14 de julio de 2010

La Emilia 68: El regreso de los muertos (no sé si vivos, pero seguro no del todo enterrados)

Hace mucho frío. Trato de encender la estufa. No es posible. Como me enseñó mi abuelo, le doy una palmadita. Nada. Después otra. Sigue la nada. Una piña trajo la otra. La terminé cagando a patadas a esa estufa de mierda y le reputísima madre que la recontra mil parió. Al mediodía me indispuse. A prenderle una vela a la Santa Hormona del Valle del Período y el Ibuevanol Forte y a tratar de no matar a nadie. Me pongo la remera que yo misma pinté y cuya leyenda dice “Para que el período sea considerado atenuante de asesinato” y salgo. Me pone de muy mal humor que el asunto, como lo llamaba mi abuela, incremente mi mal humor habitual y me convierta en algo frente a lo cual el Demonio de Tasmania saldría rajando. Es como una especie de mal humor al cuadrado. Y si tengo que trabajar, es decir, cualquier día, ni te cuento. ¿Cuántas veces hay que explicarle con paciencia a un imbécil la conjugación del verbo to be? Me juro a mí misma que la próxima vez que me diga he have been le meto la enciclopedia británica por el orto. Para borrar de mi mente la imagen que en este momento tengo de mí misma (lo más parecido a un colchón de agua que un ser humano puede llegar a ser), camino las pocas cuadras que separan una clase de la otra focalizándome en Sai Baba. El naranja no es mi color preferido y alguien debería avisarle a este señor que el pelo afro murió en los setenta. Podría materializarse un peluquero el tipo. En la esquina, un calambre. Para evitar asestarle una patada al proyecto de perro que una señora estacionó a mi lado, me agarro, me aferro, del primer poste que encuentro. Un señor mayor, por no llamarlo viejo de mierda, osa decirme “Disculpemé, señorita, pero no tendría que apoyarse así. Hay que cuidar la ciudad y así es como los postes se aflojan”. “¿No tenés un hamster en tu casa para entretenerte metiéndole escarbadientes en el culo?” “Qué barbaridad, a usted la tendrían que haber educado mejor de chiquita”. “Y a vos te tendrían que haber matado de chiquito, así no rompías las pelotas durante tantos años”. A veces, me doy miedo.
El resto del día transcurrió más o menos por los mismos caminos de paz y normalidad. Por suerte, a la noche, pude prender la estufa. Y el teléfono no se me había quedado sin batería, qué más se puede pedir. “Hola, Vero”. “¡Hola, Emilia!, pensé que hoy salías con Fernando por eso no te llamé”. “Vos lo dijiste, amiga, salía”. “¿Y qué pasó?” “A la mañana me avisó que lo llamó la ex, le pidió de juntarse a cenar porque quería hablar con él no sé de qué cosas”. “Y, supongo que tendrán que empezar a arreglar lo del divorcio”. “Ajá”. Nunca me imaginé que un puto ajá pudiese estar tan cargado de significado.

lunes, 12 de julio de 2010

La Emilia 67: De cómo Harry terminó demasiado limpio.

Todos somos bisexuales, decía el protagonista de El otro lado de la cama, una de las frases más sabias que he escuchado en mucho tiempo. Sin embargo, no quiero hablar de sexo. O, mejor dicho, del acto sexual en sí. A ver, convengamos en que, sea cual sea nuestra opción, hay características típicamente femeninas y otras típicamente masculinas. Yo me pregunto, ¿no podríamos haber encontrado algún punto medio entre el famoso por qué no se van a cargar bolsas al puerto que irónicamente vociferaba mi papá y el usar crema de contorno de labios? Chicos, queríamos tener igualdad de condiciones no competir por las medias siliconadas. Muestran sus sentimientos, cortan cordones umbilicales, lloran con Pocahontas y demandan atención cual vecina en batón con ruleros… Tienen crisis existenciales, de identidad y hasta de nervios. La histeria es nuestra, carajo mierda. Vas a comer afuera, por ejemplo, vos pedís un buen y ecuménico bife de chorizo y ellos una ensalada con agua mineral. Al final, una al lado de ellos termina pareciéndose a Clint Eastwood. Y sos afortunada si no tenés que escuchar frasecitas como, necesito encontrarme conmigo mismo, pero por qué no se compran una Filcar y se dejan de joder. Nos tocó la época de los hombres sensibles. Sensibles a qué sería una buena pregunta. Porque, por otro lado… bué, mejor el otro lado lo dejo para otro día. ¿O será que en un punto nosotras hemos incorporado demasiadas características masculinas? Qué sé yo, me perdí, una vez más y van…
Todo esto surge porque el otro día Sandra tenía que comprarle un regalo a su marido, concubino, novio, pareja, tutor o encargado, porque era el cumpleaños (yo le sugerí que le compre un neumático, después de todo él a ella le regaló una yoghurtera, pero ese es otro tema, cada mono sabe de qué árbol se cuelga dice el refrán) y pensó en obsequiarle algo de perfumería y me pidió que la acompañe, porque, como conocí a Fer en su casa, de repente le agarró una especie de amistad profunda que espero que la suelte pronto porque ya no me la banco más. Me estoy yendo, again, ¿por qué será que no puedo pensar en una sola cosa por vez? Madonna Santa, Iturralde dice que no me preocupe, lo que no entiende es que yo no preocupo, me canso de perderme entre mis neuronas, nada más. Bué, volviendo, es evidente que me quedé en la década del 50. Cuando pienso en perfumería para hombres, recuerdo a mi papá y no se me ocurre otra cosa que espuma de afeitar, brocha, loción para después de afeitar, desodorante. Error. Yo digo, dale, comprate una crema si querés, ¿pero es necesario que uses un lip filler? Por favor, casi ni yo sé qué es. ¿Cómo un tipo va a usar una crema reafirmante para el abdomen? ¿Dónde quedó el orgullo de mostrar una buena panza cervecera? Total que Sandra prefirió regalarle un cupón para dos sesiones de thermage tcp (vaya una a saber qué carajo es eso) más dos de hydrodermoabrasión profunda (supongo que le limpiarán la cara con una especie de hidrolavadora, no sé). Apenas llegué a casa lo llamé. “Ya mismo me decís qué productos hay en tu baño”. “Hola, mi amor, ¿cómo estás? Yo bien, gracias…” “¿Podemos dejar el mi amor para otro momento que esto es importante? ¿Qué productos, Fer?” “Hay papel higiénico, un desodorante de ambientes,….” “No, no, de perfumería, corazón”. “No me acuerdo”. “¿Cómo que no te acordás lo que tenés en el baño?” “¿Por qué no venís y nos sacamos la duda juntos?” “Ok, salgo para allá”. Mirá se lo me iba a perder.

martes, 6 de julio de 2010

La Emilia 66: El bello y la bestia.

“Bueno, y ahora, ¿qué hacemos?” “Jugamos.” “¿Ju-ga-mos? ¿A la escoba de quince o querés que vaya a buscar el LudoMatic a la casa de mi mamá, Fernando?” “Jugamos a que yo te digo frases lindas y románticas y vos me contestás lo primero que se te cruza por la cabeza.” “Bué, a ver…” “Te amo ciegamente y te daría todo lo que tengo”. “Andá buscándote otra porque yo el palito blanco no te lo sostengo”. “Te amo con todo mi corazón”. “Te paso de la Fundación Favaloro la dirección.” “Te quiero con locura”. “Eso con Rivotril se cura”. “Sos un poema de Neruda hecho mujer”. “Los veinte poemas no te los recito ni por joder”. “El día que te conocí, morí de amor”. “Con razón hay tanto olor”. “Sos todo lo que necesito”. “No te entusiasmes, pará un poquito.” “Eres mi amor.” “¿Mi cómplice y todo? ¡Por favor!” “Sin vos no podría vivir”. “El pastor brasilero de la tele ya lo dice: Pare de sufrir”. “Nunca nadie me había hecho sentir esto”. “Te aviso, si me siento presionada, apesto”. “Somos el uno para el otro”. “Ay, no te hagas el potro”. “Tus ojos son dos luceros”. “Uy, se me estremece el agujero”. La risa que se venía metiendo entre las frases terminó en carcajada. Me acaricia el pelo (algo que siempre me molestó, será por eso que voy poco a la peluquería, detesto que me toquen la cabeza, pero bué…). “En realidad puedo decir prácticamente lo mismo con otras palabras, las que a vos más te gusten, si me decís cuáles son.” Danger danger. A cambiar rápidamente de tema. “¿Qué te parece si nos vestimos y vamos al cine?” “Dale.” “Aunque no sé qué película están dando. Podríamos pasar primero por el quiosco y comprar un diario, ¿no?” “La película es lo de menos, negra, si yo lo que quiero es llevarte al fondo de la sala, al lado del matafuegos, como cuando éramos adolescentes, ¿te acordás?” Quién lo hubiera dicho, tanta arquitectura, tanto Bensimon… Me parece que este tipo me puede…

viernes, 2 de julio de 2010

La Emilia 65: O qué será... qué será...

Con la sutileza que me caracteriza, me pregunto, ¿qué carajo es el amor? ¿Es un concepto, una idea, un sentimiento no puedo parar olé olé olé cada día te quiero más? (Entre paréntesis, mi vecino me tiene harta con no sé qué corneta que se compró, cada vez que festeja un gol tiembla el edificio, por qué no le soplará las partes a la mujer así por lo menos cambia esa cara de culo permanente que tiene esa mina. Bueno, me fui, como siempre.) Composición tema, dos puntos, El Amor. Como hago cada vez que me sorprendo ignorante ante una palabra, recurro a los que supuestamente la tienen clara. El Diccionario de la Real Academia Española dice: Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. Tomá, mierda, te lo dije. O sea, que como a mí me faltan cosas, las busco en el otro; y ¿quién le da al otro las cosas que le faltan a él? Yo, ni en pedo, con las pocas que tengo. Además, aunque tuviera muchas, yo me declaro egoísta, sentimiento por otra parte que tiene muy mala prensa pero que habría que reivindicar, pero no me quiero explayar al respecto hoy, será tema para otro día. Entonces, vuelvo a volver, a ver si entendí bien, yo soy insuficiente para vaya uno saber qué, y busco al otro para que haga lo que yo no puedo, y viceversa. Ahora, digo, no sé, si los dos somos insuficientes para lo mismo se arma un quilombo de la hostia, ¿o no? Y si lo somos para cosas diferentes también, porque nos juntamos un rengo y un tullido, qué lindo. Hay una segunda definición, que dice: Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear. Cuando pare de reírme sigo escribiendo… Sigo. Y, ¿qué es estar enamorado? ¿Sentir las famosas maripositas en la panza? Me pregunto de dónde viene eso de llamar al cosquilleo “maripositas”, que yo sepa las cucarachas podrían producir el mismo efecto. Yo por mi parte, debo de tener una culebra porque más que cosquillas siento retorcijones. ¿Es entregarse? No way José. Primero, hay que encontrar a alguien que acepte el delivery, tarea difícil, reconozcámoslo. Además, ¿qué somos al final? ¿Paquetes? (O paquetas, como la otra vecina que tengo, que se debe creer la hermana de la Condesa Chikoff porque todas las mañanas saca a pasear su chihuahua al que le pone zapatillitas rosadas. Perro espantoso, me encantaría pisarlo y hacer pomada de zapatos con él. Bueno, me fui, again.) Total que, si te entregaaaaás, decí alpiste, perdiste. Ahí el otro hace lo que quiere con vos, y tu conciencia que es lo peor. Por otro lado, está el problema de que siempre uno de los dos quiere más que el otro, y ahí la hecatombe. El que quiere menos siempre termina cagando al que quiere más, porque éste lo termina agobiando. Dos más dos son cuatro. Porque que los dos quieran igual es una utopía. Y ya todos sabemos lo que pienso al respecto, no me voy a poner a hablar otra vez de la pelotudez de caminar hacia el horizonte. Tal vez, no haya que pensar tanto, o hay que pensar sin razonar, quiero decir, sentir sin razonar, uff, me perdí otra vez, ya no sé dónde carajo está la racionalidad ni el sentimiento. Conclusión, no sé qué es pero, a lo mejor, no es necesario saberlo, ¿no?