martes, 31 de agosto de 2010

La Emilia 77: Vedere a la amiga, el marido, los pibes, la suegra... e dopo morire.

Mi amiga Luisiana me tiene re podrida. Tiene una maldita costumbre de mierda, te disfraza un pedido de una manera tal que parece que ella te estuviera ofreciendo algo. Hay mucha gente así. Diálogo típico: A: “¿El sábado no es el cumple de Fulanita?” (hoy es lunes) B: “Ay, sí, menos mal que me hiciste acordar. Le tendría que ir a comprar un regalo.” A: “¿Y por qué no vas ahora? A la tarde temprano no hay nadie en el shopping, así ya te lo sacás de encima.” B: “Sabés que tenés razón, después por ahí en la semana se me complica.” A: “Ya que estamos voy con vos, tengo que hacer un trámite por ahí cerca, ¿me llevás?” Y cuando querés acordar estás yendo a un lugar al que no tenías pensado ir ese día, a comprar un regalo que capaz no tenías que comprar, haciéndole de taxista a una persona a la que pareciera que le debés un favor. Es un mecanismo calamitoso, para el que va manejando el auto obvio. Después están los que te ofrecen algo y, una vez que decís “sí gracias”, te piden otra cosa a la que a vos te da no sé qué negarte porque total es una boludez y no te cuesta nada y cómo no le vas a decir que sí con todo lo que esa persona ya te ha dado (que vos no se lo hayas pedido no importa, ese es un detalle). Un quilombo las relaciones, como siempre. Pensándolo bien, esa frase la tendría que desterrar de mi vocabulario, no la del quilombo, la anterior, el “no me cuesta nada” suele salirme carísimo. Total que el domingo a la mañana Luisiana me llama. “¿Qué hacés, cómo andás?” “Bien, Luisiana, bien”. “Comunicáselo a tu voz, entonces, no sonás muy bien que digamos”. “No me jodas, me acabo de levantar, es por eso”. “¿Qué?, ¿estás sola?”. “Sí”. “¿Y por qué no te venís a casa a comer un asadito? Dale, no te quedes sola un domingo”. Tendría que haber sospechado por la rapidez de la invitación, no hubo ningún ¿por qué estás sola? mediante, por ejemplo. Pero caí. Como una flor de pelotuda caí y fui, para mí que la terapia me está haciendo para la mierda. Me fallan los reflejos, qué sé yo. Si yo tengo clarísimo que no es un programa de living la vida loca, si la mina tiene cinco pibes, un marido insoportable, de lo único que podemos hablar entre limpiada de moco, grito a la adolescente y el pañal que cambia es de si se viene la tormenta de la puta Santa Rosa o no. A lo mejor porque estaba sola, por qué todavía no lo sé, no lo tengo claro, porque el tipo está raro, de golpe habla poco, no se puede quedar, algo le pasa… algo le pasa… ya me contará, o no, pero no me voy a enrollar. Cuestión que no tenía mejor programa, o no tenía programa y punto. Suena deprimente. No, no suena, es. Pero bueno… no me voy a enrollar… no me voy a enrollar. Santa hormona de la desesperación… Suéltame. Total que fui y bingo también estaba la suegra. Completita completita. A mí me gusta la carne jugosa, me encanta escuchar un mú cuando me la sirven en la tablita, pero hay muchos chicos, la triquinosis y la puta madre que lo parió al chancho; suela de zapato comí, igual yo sé que me lo hace a propósito el boludo, porque bien podría sacar un pedacito antes y dejarme de joder. Papas fritas no había, sólo ensalada de radicheta y remolacha que había traído la suegra y que insistía en que yo comiera. El verde no es mi color favorito y odio la remolacha, me da asco verle los dientes colorados a los demás y pensar en los míos de la misma manera me da una especie de soponcio. Igual, ¿a qué mente pervertida se le puede ocurrir una ensalada de radicheta y remolacha? A una suegra, nada más. Por supuesto que no la probé, tengo un límite. Después de tan ameno almuerzo, se me ocurre decirle a Luisiana que, ya que estaba la susodicha, nosotras podríamos ir al cine. Me escuchó el de siete y, junto con la de nueve, gritaron, “dale mami dale, vamos a ver El último maestro del aire en 3 D!!!! Que la abu se quede con los mellizos!!!!!”. “¿No me hacés la gamba, Emilia?” “Es la manera ideal de terminar este domingo espectacular, amiga.” El tresdé también me tiene podrida. El tresdé es moda. El tresdé es todo. El tresdé es una garcha. Si encima es de un niño avatar con una flecha tatuada en la cabeza que se comunica con los dioses y entra en trance, se le ponen los ojos fluorescentes y de golpe parece Linda Blair pero sin el vómito, me agarra un súbito deseo de hacerme menonita. La puta que lo parió al reino del fuego de la tierra del agua y de la concha de la hermana del chino maestro del aire. Cómo estamos hoy con la letra ch. Che che che… escuchame, parece que quisiera decir. Yo sola me meto en estas cosas. Es tan fácil decir, no Luisiana, te agradezco pero prefiero quedarme en casa. No sé qué es lo que me pasa con esta piba, no le puedo decir que no aunque de antemano sepa que voy a putear en etrusco toda la tarde. Y si esa tarde termina con un pedido, bingo.

“Te quería pedir un favor, Emilia”. Cagamos dijo Peralta Ramos. “En la semana, en el jardín festejan el día de la familia y piden si puede ir un familiar y como hermana yo no tengo…” “Sí, ya sé con la tuya me entretengo, ¿por qué no le decís a tu mamá?” “Está en Bariloche con el centro de jubilados.” “¿Y tu suegra?” “No le quiero pedir más nada, sino la hipoteca no la termino de pagar más.” “¿El hermano de tu maridito encantador?” “Trabaja, no puede ir a esa hora.” “¿Y qué carajo te pensás que hago yo a la hora en que tus vástagos están en el cole? ¿Qué me rasco la cuevita?” “No, bueno, pero seguramente vos podés manejar tus horarios de otra manera. No tenés que marcar tarjeta.” “Ahh, ahora entiendo, porque tu cuñado trabaja en una fábrica de rulemanes, dejate de joder.” “Es que para los mellizos es como si fueras la tía y para mí, para el día de la familia, me gustaría que fueras vos.” “No me vengas con sentimentalismos, te lo pido por favor que tuve un sábado de mierda con respecto a eso. Pero, a todo esto, ¿por qué festejan el día de la familia a fines de agosto?” “Problemas de calendario”. “De-ca-len-da-rio, cómo me gustaría tener ese tipo de problemas, la verdad… ¿A qué hora tengo que ir?” “Y,… cuando entran… a las ocho.” La 38 directo al paladar blando, la única solución. “Nos vemos en la puerta del cole.” “Gracias, Emilia, sos de fierro”. “Sí, sí.” Me subo al taxi, prendo el celular que había apagado al mediodía… ni un puto mensaje… No me voy a enrollar… No me voy a enrollar.”

sábado, 28 de agosto de 2010

Aguante el libro.

“Ante la disyuntiva, hay una sola opción: o el libro sigue siendo el soporte para la lectura o se inventará algo que se parecerá a lo que el libro nunca ha dejado de ser, incluso antes de la invención de la imprenta. Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado su función, ni su sintaxis, desde hace más de quinientos años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. No se puede hacer una cuchara que sea mejor que la cuchara."


del libro Nadie acabará con los libros, una charla entre Umberto Eco y Jean-Claude Carrière

martes, 24 de agosto de 2010

Revista Gavia.
















La Revista Cultural y Literaria Gavia Palabras de más..., de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas de Bogotá, ha tenido la generosidad de publicar mi cuento el del abuelo" en su último número. Muchas gracias a Diego Ortiz, a Jairo Alejandro Hernández Cobos y a todos los que integran la redacción de la revista. Los que quieran la versión PDF de la misma, pueden descargarla acá.

lunes, 23 de agosto de 2010

La Emilia 76: Kill the Gil.

Salgo a caminar por la cintura cósmica del sur…. No, mentira, no salgo a caminar y, en todo caso, lo hago cargando mi propia cintura cósmica, la que me está quedando de tanto comer medialunas. En realidad, fui caminando hasta el quiosco de la otra cuadra a comprar cigarrillos, y con eso ya tengo cubierta mi cuota de ejercicio diario. Ya en la calle recuerdo que es el cumpleaños de un alumno y entonces como tengo tiempo decido ir al shopping a comprarle algo. Lo pienso, son sólo diez cuadras, no me vendría mal caminar un poco más si es que tanto me interesa mi cintura. Exactamente tres minutos después, el tiempo que me lleva terminar el cigarrillo, levanto la mano y paro un taxi. No me interesa tanto. Es difícil comprarle un regalo a un hombre, los tipos son complicados hasta para eso. Y convengamos que a mí también se me complica un poco el presupuesto. Una luz me ilumina y recuerdo que le gusta Elvis Presley, listo, algún librito con fotos. Entro a la librería, una de esas que hasta tienen café. Me dirijo directamente al vendedor, un niño de veinte años con más aspecto de skater que de librero y le digo, “¿Tenés algún libro de Elvis Presley?” “Sí, cómo no”, me contesta amablemente, “me fijo en la computadora y te digo”. Computadora-dependientes vienen ahora los pendejos. Tecla que aprieta para allá, tecla que aprieta para más acá, es evidente que no encuentra nada. “¿Quién me dijiste que era el autor?”, me pregunta el proyecto de pelotudito. “Nene, hasta mi tía Dora sabe quién es Elvis, de-ja-te-de-jo-der”. Me fui, obviamente, no era momento de ponerme a educar a nadie. Salgo del lugar hecha una tromba, recordando con ternura a Dios y a María Santísima, mirando el piso y pensando qué carajo comprar y, como siempre me pasa en estos casos, me llevo puesta a una persona. No miro, no miro, cualquier día de estos me internan por mal manejo de mi propio cuerpo. Total, que muchas veces había imaginado este momento. La duda me carcomía, lo saludaré, no lo saludaré, se me acelerará el corazón (qué frase de mierda que se me ocurrió pero bué una no puede estar todo el tiempo inspirada), me desmayaré, saldré corriendo, me reiré como estúpida. Bueno, nada de nada. Ahí estaba Federico, sonriéndome como siempre y yo… nada.

“¿Cómo estás, Emilia, tanto tiempo?” “Muy bien, ¿y vos?” “Ahora que te veo, mucho mejor”. “¿Tan hecho mierda estás?” “Más o menos.” A gozar, a gozar, a gozar, a gozar, mi vidaaaa… , canta Fito. “Peeero, ¿qué te anda pasando?” “Problemas en el laburo… Y, para qué negarlo, también un poco mal de amores”. A gozar, a gozar, a gozar, a gozar, mi amooooor… Mi silencio le hizo suponer que podía continuar. “Qué sé yo, Emi, es como que no puedo olvidarte… Traté, pero con ninguna es como con vos. ¿No querés que vayamos a tomar un café?” “Ay, me encantaría, pero me tengo que encontrar con mi novio y no lo quiero hacer esperar más”. Tanto bien me hizo la nada misma que no me dio ni para putearlo. Le di un beso y no lo pude evitar, me fui sonriendo. Y no como en las películas, no me di vuelta, aunque estaba segura de que me seguía mirando.

miércoles, 18 de agosto de 2010

La Emilia 75: Happy Together (sí, sobre todo japi)

Llega fin de año y hay que verse, brindar y saludarse. Llega el día del amigo y hay que llamarse. Sale una red social y hay que unirse. Y para no ser, justamente, una antisociable, hay que aceptar la solicitud de hasta la pendeja que en el recreo de primaria te escupía el alfajor. Hay que dejar de fumar. Hay que ser sano, comer cinco porciones de fruta y verdura por día para prevenir el cáncer de argolla, hacer crucigramas para agilizar el cerebro y ejercicio físico para agilizar el orto. Hay que tomar dos litros de agua por día para oxigenarse o no oxidarse y así tener el culo de Madonna. Hay que olvidarse de comer nada que contenga estrógenos, transgénicos ni grasas trans y hay que alimentarse sólo a omega 9. Hay que ser joven, linda, inteligente, independiente y tener pensamientos positivos. Llega el fin de semana y hay que salir y divertirse. La vida se está transformando en un gigantesco e inmanejable “hay que”. Por supuesto que yo no hago nada de lo antedicho, pero esa es otra historia. No quiere decir que no me tengan los huevos al plato y/o fritos con el tema. Lo parió. Y, como si esto fuera poco, si hace un par de meses que salís con alguien, ¿qué hay que hacer? Hay que presentárselo a Mami. Algún día tenía que suceder, sobre todo para no tener que escucharla más. Cuando le comenté a Fede de la situación, sólo dijo “Me encantaría”. “Porque no la conocés.” “No, de verdad, aparte así estamos a mano”. “No me hagas acordar, te lo pido por favor, igual a mano no vamos a estar nunca, ¿o pensás ir en bolas?”. “No está mala la idea, me podrías presentar como ‘mi novio, el del pito veloz’”. Me hace reír a veces. “¿Mañana te parece bien?” “Me parece perfecto, lo que vos digas, mi amor.” “Ay, cómo estamos esta noche.” “Y no tenés una idea de cómo vamos a estar en un ratito”. Es así, será como siempre dice justamente Mami, será que me sabe llevar. No sé qué carajo querrá decir ella con eso pero lo repite siempre “A Emilita hay que saberla llevar”. Una se siente un poco perro que sacan a pasear pero ya con los años y San Iturralde de por medio hemos aprendido, un poco, a no escucharla. Total que el sábado fuimos después de almorzar. Mamá se manejó dentro de lo esperable. Lo miró, lo estudió, le sacó tres millones de radiografías y tomografías computadas, le sonrió mientras le preguntaba hasta por su tatarabuela. Por supuesto que le habló de Federico y lo mucho que lo quería. Ella nunca entendió eso de que la familia de tu pareja es “política”. Cuando empezó a contar la anécdota de la tortuga de agua que se me murió porque la puse en un balde y me la olvidé cuando tenía ocho años, decidí que ya el momento de retirarse, antes de que sacara las fotos de la comunión. “Mamá nos tenemos que ir, tenemos un cumpleaños hoy a la noche y hay que comprar el regalo”. “¿Qué cumpleaños?”, me pregunta él; se ve que cada tanto se le corta el ingreso de oxígeno al cerebro. “El de mi alumna, ¿no te acordás?” “Uy, cierto, bueno, señora fue un placer”. “Igualmente, querido, lástima que se tengan que ir tan rápido, esta chica está siempre apurada”. “El regalo, mamá, es por eso.” “Sí, claro, acordate de pagar en efectivo, no uses la tarjeta de crédito, el otro día escuché en la radio que las clonan”. “Mamá es una tarjeta, no la oveja Dolly”. “Ay, Fede, ¿ves lo que te digo? A veces, hay que tenerle paciencia, pero es buena”. “Buena mandarina”, agrega el pelotudo guiñándome un ojo al mismo tiempo y evitando así el rosario de piropos que inundaba mi garganta. Mami larga la carcajada y agrega, “Es un divino este chico, Emilita, cuidalo”. Sí, mamá, cuando llegamos al depto le masajeo las bolitas con talco, pienso, y digo “Chau, mamá, después te llamo”. Bajamos los tres pisos en silencio. Hasta que no aguanto más, “Decime, nene, ¿te tenías que hacer el gran Lorenzo Lamas?, ¿era necesario?” “Bueno, Emi, ¿qué querés que le diga a tu vieja?” “Nada, el ‘señora fue un placer’ era el final perfecto”. “Pero así se queda contenta, corresponde…”. “Co-rres-pon-de… Mirá vos…”

Silencio hasta el auto. Silencio que no puedo sostener, porque si pudiera sería algo así como la reencarnación de María de los Ángeles Medrano, y a mí el acento gallego me sale para la mierda. “Y supongo que después vas a querer salir, ¿no? Ya que vamos a hacer lo que corresponde, hoy es sábado a la noche y corresponde divertirnos”. “¿Te acordás de ese artículo de filosofía que leímos el otro día”. “Sí, ¿y qué tiene que ver?”. “Si querés, salimos y si no, vamos a casa y te afirmo lo múltiple, negrita”. Cuando se hace el ordinario, me encanta. Y, bué, habrá que divertirse.

viernes, 13 de agosto de 2010

La Emilia 74: Bailando por un combo.

Apurada, entre clase y clase, con un roedor rabioso en mi estómago, decido comer una hamburguesa rápida. Nada es rápido en esta vida cuando se lo necesita. Siempre es al revés y cuando una quiere alargarlo, se termina enseguida. Bué, no me quiero ir de tema. Entro al lugar donde vive el payaso boludo y le digo a la señorita que me atiende “una hamburguesa con queso”. Siempre caigo, no aprendo más. Con la sonrisa siempreviva que los caracteriza me contesta “Muy bien, un Combo 2, ¿algo más?”. “No, no, ¿qué combo? Una hamburguesa con queso quiero”. “Pero por sólo cinco pesitos más tiene las papas y la gaseosa, ¿qué va a tomar?” “No quiero tomar nada, nena, quiero una hamburguesa con queso”, repito como si se me hubiera trabado el percutor. “Pero lo que le conviene…” “¿Vos me vas a decir lo que me conviene a mí? ¿Para qué carajo te pensás que voy a terapia? ¿Para que Ronald me solucione los problemas con unas papas fritas de mierda? ¿Me podés dar la hamburguesa y no joderme más la vida con los combos, la triple burguer with conch, o el mcchongo?” El señor de seguridad se iba acercando lentamente pero la señorita lo miró con cara de “dejá, Juan, que yo me arreglo” y me dijo: “Diecisiete pesos”. “¡¿Cuánto?!” “Por eso le decía, señora, que por cinco pesitos más…”. “Pero decime, ¿vos sos jodida, sorda o ignorante? Haceme un favor, hacé un lugarcito entre el combo y los cinco pesitos y “el señora” también metételo en el orto, nena”. Yo entiendo que a veces descoloco un poquito a las personas, pero esta señorita no entiende que yo tengo un problema (tengo varios, bah, pero para qué vamos a entrar en detalles) con los combos. Básicamente, me ponen histérica. Cuando quiero comprar algo y no paran de ofrecerme otra cosa que yo no pedí, no puedo evitarlo, se me sale la cadena. No quiero combos. Siempre vienen disfrazados con una aureola de santidad y beneficencia para quien los acepte absolutamente mentirosa. Una siempre se termina comiendo las papas que nunca quiso en primer lugar, y encima te convencés de que estás contenta y te hicieron bien. Y yo ya me he comido demasiadas galletitas. Que no serán papas pero más o menos. La puta madre carajo. Qué me vienen con que es más barato. Más barato por docena. Lo barato sale caro, decía la vecina de mi tía, y tenía razón. El precio que hay que pagar por determinados combos es altísimo. A ver, si me gusta el paté no tengo por qué comprarme un ganso, ni quedármelo aunque me lo regalen. Además, yo, que soy la quintaesencia del optimismo, sé que nadie te regala nada en esta vida, por favor. Siempre, detrás de todo combo hay gato encerrado. ¿Cuántos combos puede una aceptar en una sola vida? ¡Mueran los salvajes, asquerosos, inmundos combos! Me fui al carajo, lo acepto… Ah, el choripán que me comí en la esquina estaba buenísimo.

lunes, 9 de agosto de 2010

La Emilia 73: Silencio en la noche... (la calma te la debo, negrito)

Hoy soy una especie de encefalograma plano en erupción. Creo que mi cerebro no tiene vibraciones. No se me cae una idea ni por puta, o ni una puta idea, que no sé si no es lo mismo. Me invade una especie de silencio administrativo que no puedo superar. Y no soy de esas personas que no se bancan el silencio y entonces llenan los espacios con comentarios boludos. De ahí a llenar tu vida con boludeces para entretenerte no hay distancia. Así se les va la existencia, como boludos alegres. Después de todo, y a mí qué carajo me importa. Cada uno hace lo que puede. Uy, me agarró Bucay, que me suelte… que me suelte…. Hoy estoy hecha un canto a la alegría. Un canto callado. O rodado. Paso una clase tras otra tratando de que ellos me cuenten qué hicieron el fin de semana y no corrijo, no tengo ganas, que se expresen con total libertad y se crean bilingües. El problema aparece cuando caigo en el lugar en el que una supuestamente tienen que hablar… Y hablar… Y hablaaarrrr… Siempre de otras cosas, siempre de lo mismo. Tampoco es necesario deshuesar pollo todo el tiempo, carajo mierda. No se la hago fácil al tipo, lo reconozco. Me pregunta hasta por el malvón de mi mamá y yo nada. ¿Qué le pasará por la cabeza en ese momento? Estoy segura de que él también se reprime y duda entre ahorcarme con el collar de mostacillas negras con el que no paro de jugar o echarse una siestita. Por fin se decide a usar el comodín psicoanalítico y preguntarme si soñé algo. Todo te lo arreglan con un sueñito. No me acuerdo, le contesto, mucho menos hoy, mirá si con el día que tengo me voy a andar acordando de lo que pienso de dormida. Me encantaría poder pedirle que me ponga los ruleros, después de todo muchas minas van a la peluquería como si fueran a terapia, yo bien podría pedirle que se cope y me haga un brushing. Pero no le propongo nada. Para qué, para que me salga con algún comentario ingenioso y, justo hoy, me deje dando vueltas carnero en el aire. Cuando una no tiene nada interesante para decir lo mejor es callarse la boca. Lo que resta no es silencio pero tampoco es historia, leí alguna vez. Bah, no me acuerdo si era así pero no importa. Aparte, ¿qué le voy a decir? Si hasta yo estoy harta de mi rulo.
Hablando de rulos, tendría que ir de verdad a la peluquería. Así me sigo yendo a cualquier parte y no pienso aunque sea por instante en que el pibe apareció dos días después del episodio con su progenitora, dándome la llave de su departamento. Hace las cosas, tarde a lo mejor, pero las hace. No sé si estoy preocupada, enojada o simplemente hinchada las pelotas. Al final, ya le banqué los amigos, el cd de música celta, más la mamita, sin que se me salte la térmica ni el dragón que usualmente tengo en el estómago. Apenas largué un poco de humito. ¿Qué carajo me pasa? Y, a lo mejor, el humito, es el punto medio que hemos encontrado entre el silencio absoluto y el dragón. (“Hemos encontrado” escribí, listo Emilia, te hablás a vos misma en plural, no tenés arreglo.) Y, a lo mejor, no está mal. O sí. Ay, hoy estoy tan convencida de lo que pienso que doy asco.

lunes, 2 de agosto de 2010

La Emilia 72: A falta de tren... tira a mamá del quinto piso (por favor).

“¡Queriidoooo llegueeé!”, dicha por una mujer, es la primera frase de una serie de top ten que una no quiere escuchar cuando está con su hombre en bolas en la cama de la casa de él. Un tsunami de pensamientos se te atropellan. El boludo le dio la llave a su ex, el hijo de una gran recalcada tiene otro mina y, lo que es peor, ya le dio la llave, ¡¿Por qué no me la dio a miiiií?!! Lo voy a mataaaaarrrr, le voy a sacar los intestinos por las orejas…. Y otras delicadezas por el estilo. La segunda frase de ese raking que una no quiere escuchar es “Uy, me olvidé que venía mi mamá.” Y lo que menos querés es que el tipo, que hace poco se separó y vive en un monoambiente con pretensiones de loft, te mire con cara de ¿Y qué hago con vos ahora? y, presa del pánico, salga disparado de la cama como si le hubieran puesto un rompeportones en el orto. Por lo menos, hay un biombo. Yo me pregunto, ¿cómo puede un hombre de treinta y ocho años vender su privacidad por un kilo de milanesas recién panadas? Escucho que la saluda con la máxima naturalidad posible, yo me pongo una bata que encuentro en el suelo y también me asomo. Mirá si me la iba a perder. Si en ese preciso instante se hubiera corporizado San Expedito y hubiera salido a saludarla, la señora habría estado menos sorprendida. Es más, creo que lo habría preferido. “Mamá, Emilia, una amiga… Emilia, MI MAMÁ…” Juro que lo dijo así, con mayúsculas. Así que una amiga… la puta que te parió, pienso yo mientras sonrío y me acerco a darle un beso. “No sabía que estabas acompañado, te pido disculpas, Fernandito.” Fer-nan-di-to… el que a cada minuto que pasa tiene más cara de achicharrado pito. A ver, una entiende que la situación puede ser molesta, hasta incluso violenta para la señora, pero, si una sale con un hombre, porque un tipo a esa edad supuestamente hace rato que tiene pelitos en sus partes íntimas como para ser llamado hombre, lo mínimo que espera, es que la mire a la madre y le diga, por ejemplo, Mamá, te di la llave por una cuestión de comodidad, por si alguna vez venís y yo no estoy, pero siempre, absolutamente siempre, que vengas, tenés que tocar el timbre…. O Sorry, Vieja, me olvidé que venías, disculpame, pero en este momento no te puedo atender… No sé… algo…. Algo que me demuestre a mí, mujer ciento por ciento, que los huevitos no se le meten para adentro cuando ve a la mamita. Tercera frase que no esperaba escuchar esa tarde, “¿Querés que te haga un café?” Me cago en Juan Valdez. Café que, por supuesto, ella acepta, porque tiene todo el aspecto de ser una auténtica “madre piola”, de esas que no se asustan porque su hijo coja, de esas que están en un límite muy borroso y una no sabe si catalogarlas como desubicadas o simples y llanas jodidas de mierda. “Bueno, si no les molesta, chicooos…”. Se sienta, yo prendo un cigarrillo, ella se para y abre la ventana. “Mamá, hace frío”, dice él. “Ya sé, pero vos no podés estar en un ambiente cerrado con humo, mi cielo. Acordate de tus bronquios.” “¿Tenés un problemita con tus bronquios?”, pregunto con mi mejor cara de Mary Poppins. “Mamá, tenía nueve años”. “Igual, te tenés que seguir cuidando”. Por supuesto que no apagué el cigarrillo, necesitaba furiosamente nicotina en mi organismo. Mientras saboreábamos ese café, yo en bata, ella sin sacarse el abrigo y con las rodillas juntitas y él en remera y calzoncillos, en una escena bizarra digna de una película de Jorge Polaco, sostuvimos una conversación total y absolutamente intrascendente. Que el frío, que anunciaron lluvia para mañana, que papá te manda saludos, que espero que te guste la tarta de zapallitos que te traje, que ponela en el freezer, que seguro Emilia sabe después cómo cocinarla. “¿Y vos, querida, qué sos?”, dispara. No me iba a poner en ese momento a explicarle a la señora que yo tengo problemas con el ser, que las únicas certezas que tengo con respecto a mi esencia es que soy mujer e hincha de Boca, y que todo lo demás puede cambiar y por lo tanto, etc. etc. Con mi mejor cara de nada, le contesto: “Profesora de inglés”. “Ah, pero qué interesante… Por un momento pensé que, tal vez, eras también arquitecta, como Fernandito, o como yo, o como Sol, ella también era arquitecta, es más se conocieron en la facultad. Pero tu carrera no se estudia en la Universidad, ¿no? Porque es sólo terciaria. ¿Dónde la hiciste? ¿En algún instituto?” Se me despejaron todas las dudas, es una simple y llana jodida de mierda. Le respondí con toda la amabilidad que pude encontrar en mis entrañas, mientras trataba de conformarme imaginando qué hubiera hecho Lady Macbeth en mi lugar. La señora termina su cafecito y… “Bueno, me voy, así no los molesto más, ¿querés que me lleve algo de ropa para lavarte”. “No, mamá, no es necesario, te acompaño hasta la puerta”, dice el arquitecto inteligente repentinamente transformado en absoluto pelotudo delante de mamá, como si viviera en la mansión de los Carrington y la puerta estuviera lejos. Reconozco que yo todavía tenía esperanzas. Pero, una vez cerrada la puerta, no hubo ningún perdón por el garrón, ningún sorry, la vieja es un poco desubicada, ningún mañana le pido las llaves, soy un boludo, en fin, ningún riámonos juntos de lo que nos acaba de suceder.
Como si nada hubiera ocurrido, mientras me toma de la cintura haciéndose el George Clooney del subdesarrollo, escucho, “Bueno, ahora que se fue, podemos continuar donde habíamos dejado.” “Mi amor, ahora que se fue, tengo exactamente el mismo nivel de calentura que me puede generar una película de Winni the Pooh. Mejor me voy y la seguimos en otro momento.” Me cambié y me fui. Mientras bajaba en el ascensor, pensaba, por favor, ¿nunca nada de lo que me suceda va a estar dentro de los carriles sociales de normalidad?