miércoles, 29 de septiembre de 2010

La Emilia 82: Tienes un e-mail (te lo manda el Unabomber)

Hacía mucho que no iba, pobre. “¿Cómo anda la novia de América?” “¿Por qué no te vas a la reputísima concha que te parió?” “Ah, te peleaste.” Es piola la mina, creo que con el tiempo vamos a ser muy amigas. “¿Y qué te vas a hacer?” “El hara kiri con un bigudí”. “Emilia, no se usan más, si querés te presto este cepillo que larga un líquido especial a base de formol que sirve para reestructurar la columna vertebral del cabello, y aspirás”. “¿La columna vertebral del orto no la levanta?” “Y, por ahí, quién te dice, con probar no cuesta nada. Mientras tanto, ¿no querés que te haga un café? Como llueve, estamos solas.” Le conté todo. “Pero vos, ¿le dijiste todo lo que pensabas? ¿Te descargaste bien?” “Si no lo vi más, ni lo quiero ver por supuesto, ni le atendí más el teléfono, no sabés los mensajes idiotas que me dejó, un compendio de boludeces de alta gama”. “No te podés quedar así, se te va a pudrir todo adentro, Emilia.” “Antes que verlo para descargarme, prefiero tomar un té de bilis, Natalia”. “¿Y por qué no le escribís un mail? Es más fácil, te sacás todo de encima y empezás otra vez.” “No está mala la idea”. “Dale, usá mi computadora”. Una vez que empecé, no pude parar. No sé por qué me enganché con vos, si cuando te vi por primera vez pensé que eras un boludo Bensimon más. Esas pelotitas que dios te dio, te las dio para algo más que para rascarse y producir espermatozoides, pelotudo. Lamento no haberme dado cuenta antes de que te faltaban tres cromosomas. Yo sé que en este momento te sentís un forro (que sos) con “sentimientos encontrados”, ojalá que choquen entre ellos, los sentimientos digo, y te produzcan cáncer de ombligo, sos definitivamente un boludo con balcón terraza al mar. Igual, a vos, que porque hiciste un curso intensivo de inglés de dos meses en una academia de cuarta y cada cinco minutos decís know-how, outsourcing, brain storming y querés que te nombren account manager te pensás que sos bilingüee y no te das cuenta de que las pronunciás para el orto; a vos, que te pensás que sos progre porque vas a comer a bodegones como Miramar; a vos, que aprendiste a coger por televisión con la Rampolla; a vos, que porque te fumaste un porro cuando estabas en la facultad estás convencido de que tuviste una experiencia con las drogas; a vos, te deseo lo mejor. Ojalá que tu mujer se dedique a cocinar sólo comida étnica picante y que sufras de hemorroides por el resto de tus días y que tu mamá, que tanto te cuida y a la que no le podés decir que no a nada, insista en ir a verte todas las mañanas para untarte con pomada Manzán. Ojalá que no puedas convencer a tu mujer de que no llame a tu hijo Obregón Justiniano o a tu hija Teófila Gertrudis, es más, ojalá tengas quintillizos: Hermelinda, Honorata, Isaura, Rambito y Rambón. Ojalá que de lo único que ella pueda hablar por el resto de su vida sea de las ventajas de usar detergente Woolite para lavar las sábanas, que tu máxima diversión de ahora en más sea la paja que te hacés todas las noches mientras mirás Tinelli porque no podés mirar otra cosa porque se te trabó el televisor en ese canal y no se puede apagar y no tiene arreglo y como te echaron del laburo no podés comprar otra tele. Ojalá que cuando veas a tu suegra no puedas reprimir la tentación de prenderte a su pierna como si fueras un pequinés alzado. Ojalá que te quedes pelado, gordo panzón e impotente y que tu mujer en consecuencia no pueda parar de succionarle la tararira al delivery de la pizzería y que una tarde, entre mate y mate y como quien no quiere la cosa, te confiese que el mejor sexo que tuvo en su vida lo tuvo con su ginecólogo, ese al que vos le compraste una caja de vinos como agradecimiento cuando nacieron los quintillizos. Si todo esto es demasiado para vos, rezale un mantra al Dalai Lama para que te ayude y que te garúe finito. Sos el típico boludo que la tiene adentro, y qué adentro que la tenés corazón, por unos cuántos años. Tomás Actimel. Sos tibio. Con cariño, Emilia.
“Listo, lo guardo y cuando tenga ganas se lo envío… Aaaaaaaaaaaaaa, me quiero mataaar.” “¿Qué pasó?” “Apreté enviar boluuuda, le mandé el borradooooooooooor.” “No importa, apurate, apurate que tenés medio minuto para anular el envío.” “¿Qué?” “Dale, dale, rápido, andá a configuración, clickeá labs, no, no herramientas, sí sí, herramientas, no me mires a mí, apretaaá, deshacer el envío… quiero suponer que lo tenés configurado, ¿no?” Me quedé inmóvil. “Me estás jodiendo, ¿vos sos peluquera o doctora en informática?” “Bueno, ya está, Emilia, y aparte, ¿por qué no se lo ibas a mandar?” “Quería revisar que no tuviera ningún error de tipeo. Pero tenés razón, que reciba el borrador y se vaya a la puta madre que lo parió.” Nos quedamos las dos mirando el monitor unos segundos. “Decime, el sábado una clienta cumple cuarenta años y hace una fiesta enorme, ¿no querés venir conmigo?” “Y daaale.”

lunes, 27 de septiembre de 2010

La Emilia 81: Bancate ese defecto.

Bueno, se nos terminó el tiempo. No, no… No me mirés así. Tengo reloj y sé que acabo de llegar pero yo no hablo más. Es otro el tiempo al que me refiero. No tengo más tiempo para perder con vos. Me harté, ya me di cuenta de que no voy a descubrir la pólvora. Y no me mirés con esa cara de “yo ya lo sabía”, no, no sabías un carajo, te lo estoy diciendo en este momento. Ya sé que mi vieja es lo que es y que mi viejo fue lo que fue y que yo soy producto de eso. No hay nada nuevo bajo el sol. Ya sé que prefiero asistir a la Fiesta Nacional de la Frutilla en Coronda antes que pasar más de dos horas seguidas con Mami. Y, ¿qué querés que haga? Es mi vieja, cambiarla, no la voy a cambiar. Y la verdad es que tan mal no la llevo. En definitiva, todo lo malo de este mundo que acarreo se los debo a ellos, pero hay un pequeño detalle lo bueno, aunque sea poco, también. No voy a pasar los próximos veinte años de mi vida analizando por qué me comporté como me comporté o hice las cosas que hice para estar acá, dentro de otros veinte, quejándome pedorramente por lo que no estoy haciendo ahora. Si tenés la fórmula, la receta, la bola de cristal, si tenés tan en claro vos cuál es mi deseo, explicameló y, capaz que hasta me pongo feliz y todo. Pero como no me vas a solucionar nada, me voy a la mierda. Estoy un poquito podrida del bandoneón. Del lamento boliviano. No quiero sostener más libretos, ni siquiera el mío. ¿Qué me escapo para adelante, decís? Y, por lo menos no soy tan pelotuda de escaparme para atrás. “Bueno, usted sabe que puede volver cuando quiera, Emilia”. “Esperame sentado, Itu, si no te vas a acalambrar.”

lunes, 20 de septiembre de 2010

La Emilia 80: La fuerza del cariño (o el cariño a la fuerza)

Lo peor de una ruptura es la comunicación de la misma, sobre todo con mi historial antropológico. Y más que sobre todo, si una se acaba de separar del chico encantador y buen mozo del que se enamoran todas las abuelas del barrio. Porque con un hijo de puta termina cualquiera, es fácil. Pero con el solapado nieto de una gran recalcada, no. Y como en algún lugar del fondo me importa tres carajos lo que piensen, no explico y dejo que me miren con esa cara de vaca atada y piensen “también… con ese carácter”. Que piensen lo que quieran, cuando el bonito adorable y perfecto aparezca con un chupete en la mano derecha y restos de vómito lácteo en el hombro izquierdo, todos se tendrán que meter la lengua en el orto. Y yo los voy a mirar con una mirada que también implique otra cosa. Porque me lo voy a cruzar, me lo quiero cruzar cuando esté cambiando pañales, disfrutando de su paternidad e imposibilitado de relajar ese rictus de felicidad en su rostro. Como si todo esto fuera poco, a modo de oferta para el bolsillo de la dama y la cartera del caballero, mi mamá me llamó para que fuéramos a almorzar. Me olvidé que no le había contado nada. Chán chán, qué momento. “Voy a ir sola mamá.” “¿Por qué?, ¿qué le pasa a Fernandito?, ¿tiene que hacer algo?, seguro que tiene que trabajar.” “No, mamá, con Fernando se terminó todo.” “Pero cómo puede ser hija, este chico era un encanto, ¿qué le hiciste?” Un primor, Mami, siempre pensando lo mejor de mí. Como atravieso una etapa en la que estoy tratando de llevarme mejor con mi progenitora, cosa que no logro, porque para hacerlo tendría que comerme una úlcera del tamaño de la Amazonia soportable únicamente si me conecto por vía endovenosa directamente a la ubre de una vaca, y yo leche no tomo, y con la perspectiva que tengo no voy a tomar por mucho tiempo, uy me fui al carajo, el tema es que tratar trato… entonces, le expliqué todo de una manera formal y civilizada, lo único que me faltaba era ponerle a Vox Dei cantando ‘Todo concluye al fin’ de fondo. Pero Mami es lo más parecido a un martillo neumático. “Mirá, Emilita, dame todas las excusas que quieras, siempre es lo mismo con vos.” “Gracias por el apoyo, mamá.” “No te hagas la irónica conmigo que te conozco bien, ¿en qué querés que te apoye?, ¿en ver cómo dejás que se te escurra la vida? Fijate en Nancy, por ejemplo, tiene tu edad y ya tiene dos hijos. Hay un punto en la vida en que hay que aprender a ser un poquito más tolerante, si seguís así te vas a quedar sola, hija.” Nancy es la hija de doña Nora, la vecina de toda la vida de mi mamá, una chica para quien la máxima expresión de locura y/o aventura es comprarse un repasador distinto todas las semanas y lo peor es que cuando te lo cuenta termina diciendo siempre “yo soy unaaa…”, mordiéndose el labio inferior y poniendo cara de pícara, o de lo que ella considera que es una chica pícara, imayin ol de pipol. “Y siempre hay un punto en la conversación en que te tengo que mandar a la mierda, mamá. ¿Qué se me escurra la vida? Haceme el favor de seguir leyendo a Julia Prilutsky Farni y no me hinchés más las pelotas.” Y le corté. Sanseacabó. Dos horas después la llamé. No sé qué botón se te activa cuando mandás a la mierda a tu madre que si no reculás no podés seguir viviendo. Por suerte no estaba, es más fácil hablar con el contestador. “Hoy no tengo ganas, mamá, pero si querés mañana voy a almorzar.” Más que suficiente. Prendí la tele y me dormí en el sillón. Un rato después, me despertó el timbre. Quién carajo se atreve a venir sin avisar. Qué costumbre de mierda.

Quién podía ser, Mami, la campeona en no respetar espacios. Entra, se sienta. “Mirá, hablé con Verónica y me contó todo lo que había pasado… Entonces, pasé por la veterinaria de la vuelta de casa y justo tenían esto.” Abre el bolso y saca un perfecto, magnífico, soberbio, fenomenal, sublime, deslumbrante, divino gatito siamés, encantador de veras. “A este cuidalo, no vaya a ser cosa que también se te escape, mirá que me salió muy caro.” Y… es Mami… y nunca dejará de serlo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

La Emilia 79: Demasiada novedad para un solo frente.

Le tiré, como quien diría, sólo el titular por teléfono. Quince minutos después, tocaba el timbre de casa. “No dormí en toda la noche, necesito una siesta”, dije. “No te preocupes, te espero”, contestó. Cuando abrí los ojos, estaba al lado de la cama. No son muchas las personas que se pueden conectar con el otro así nomás, sin preguntas, sin pretender dar respuestas donde no las hay, sin más, sin menos. Ahí estaba, esperándome, como había prometido. No me falla nunca. “¿Estás un poquito mejor?” “Qué sé yo, Vero.” “Llamó varias veces mientras dormías.” “Que se vaya a la reputísima y recalcada concha que lo parió.” “Por supuesto.” Dos minutos de silencio. “¿Querés que te haga un té?” Qué manía que tenemos las minas a veces, pensamos que con una puta infusión se soluciona todo. “¿Me lo hacés con estricnina?” “Para vos es el té, no para él”. “Entonces no quiero.” “¿Miramos una peli?” “Dale.” Por suerte enganchamos en la tele El mundo según Wayne. Perfecta. La mesita ratona quedó plagada de restos de papas fritas, pochoclos, maníes, chocolates y botellas de cerveza. “¿Sabés que encima de todo se me escapó el gato?” “¡¿El negro?! No te puedo creer, ¿cómo?” “No sé… me piyó una manada de elefantes a mí, ¿sabés cómo lo voy a extrañar? Era mi compañero, lo encontré de casualidad, ¿te acordás? No entiendo por qué se fue”. Y casi casi me pongo a llorar. “¿Me vas a contar qué pasó, Emilia?”
“¿Te acordás que hace un par de meses se encontró con la ex?” “Sí.” “¿Y que nunca me quiso contar de qué hablaron?” “Sí.” “¿Sabés por qué?, porque no hablaron, cogieron.” “Eso es de re libro, Emu, figura en el índice de las Obras completas de Freud. No le des mucha importancia, no creo que haya pareja que no se separe que no vuelva a coger alguna vez, acordate que a mí me pasó lo mismo. Lo desubicado es que el pelotudo te lo cuente, ¿con qué necesidad? Ya me lo imagino, le agarró la culpa y…” “Está embarazada.” “Ojalá se le pudra la poronga al forro ese.” Y… por algo es mi amiga.

jueves, 2 de septiembre de 2010

La Emilia 78: Dejad que los niños se alejen de mí (te lo pido por favor)

Jardín de infantes… ¿a quién carajo se le habrá ocurrido ponerle ese nombre a un lugar donde un montón de seres humanos que no sobrepasan el metro veinte se apretujan para embadurnarse de témpera, plastilina y otras yerbas? Hablando de yerba, ¿las maestras jardineras fumarán? Si no, no entiendo cómo pueden soportar estar todo el día ahí adentro. Volviendo al nombre del establecimiento, creo que lo debe de haber inventado algún boludo que pensaba que toda persona relacionaría la palabra “jardín” con el verde, la esperanza, lo liiiiiiindo que son las plantas… o habrá pensado que los pequeños eran esos divinos retoños, brotes de vaya una a saber qué… Ese sí que se drogaba, y con alta droga, no con un mísero porrito… Total que, a las ocho en punto de la mañana me apersono como me pidió mi amiga en la puerta de la institución donde sus hijos supuestamente se educan, se estimulan y se sociabilizan. Veo a varias personas, entre las que no está la progenitora de los niños en cuestión. La llamo por teléfono. “No, yo no voy, Emilia, los padres no tenemos que ir, sólo los familiares.” “No sabés cuánto te agradezco tamaña demostración de cariño”. Entro y me encuentro con dos especímenes de esos entes adorables que se denominan maestras jardineras, que vaya una saber por qué santa o puta razón viven hablando en diminutivo… el cuadernito, el lapicito, las mamitas, los papitos, los abuelitos, las conchitas de tus hermanitas… Tal vez, después de un tiempo desarrollen una incapacidad para determinar quién es adulto y quién es infante, aunque igual tampoco nunca entendí por qué les hablan así a los pibes… son pibes, no boludos. Con el tiempo, más de uno se convertirá a un boludismo irrevocable, pero para llegar a eso hacen falta años de colegio. A mí me dan un poco de impresión estas minas, me da la sensación de que en cualquier momento pueden sacar una Itaka del bolsillo del delantal y, siempre con una sonrisa por supuesto, empezar a matar gente. Son creepy, por eso disfrutan de estar todo el día con seres que no saben hablar y chorrean moco permanentemente. Freaks o masocas, eso deben de ser. Cuestión que hablan algunas abuelas y cuentan lo que hacen, declaraciones interesantes e inspiradoras como nunca escuché en mi vida. Todo se desarrolla en un ámbito de movimiento y griterío permanente que los bisoños llevan a cabo con total impunidad. Los varones se pegan, las nenas chillan, y a mí me encantaría darles a todos una reverenda y gigante patada en el orto. A esta altura, y dada la sonrisa congelada en sus rostros, ya no me cabe la menor duda de que todos los adultos que se encuentran dentro de la sala fumaron opio antes de ingresar. De pronto, escucho: “Ahora la tía de los mellizos nos va a contar qué hace ella, de qué trabaja”. “No es nuestra tía”, gritan los encantos al unísono. “Pero es como si lo fuera, ¿no?”, les pregunta la maestra. “A casa viene bastante,” contesta uno de los dos, no sé cuál, nunca los distinguí, “pero chocolates no nos trae nunca”. Jajajajajaja, todos se ríen, no sé de qué. Y entre tanta risa, se vuelven a parar, vuelven a gritar, las maestras vuelven a no poder contenerlos y, lo que es peor, se me acercan…peligrosamente. Tengo lo que parecen ser cien millones de criaturas a mi alrededor. Creo que estoy por experimentar mi primer ataque de pánico. En silencio, traspiro. Empiezo a articular lentamente un “bueno, yo soy profes…” cuando no de ellos abre la boca al lado mío y se le escapa el chicle, que cae, por supuesto, sobre mi campera de gamuza. Reprimo un “pendejo de mierda la reputísima madre que te parió”… Sin embargo, dado al silencio de ultratumba circundante, es evidente que no lo reprimí, oops… se me escapó, y a los gritos, para no desentonar. Me miran de una manera incalificable, como si yo fuese la mismísima reencarnación de Cruella de Vil. Escena imposible de remontar. Mortal… Mortal combat. Igual reacciono, se ve que no perdí mis reflejos para todo.

“Ay, chicos, no la conocen? Es la introducción del nuevo hit para el verano de Violencia Rivas. ¿La ubican a ella, no? Me-te-te tu chicle en el cu-u-lo, me-te-te tu chicle en el cu-u-lo…”, les canto, mientras bailo al mejor estilo Club del Clan como si el espíritu de Violeta y el del Club entero me hubiera poseído. Mágicamente, uno empieza a reírse y a bailar. Y todos lo siguen. Y todo vuelve a lo que ellos denominan “normalidad”. Al final, no es tan difícil entretenerlos con cosas interesantes. No sé de qué se quejan, pienso pero esta vez sí que no digo nada. Y otra cosa que pienso es que mejor que este tipo me explique hoy sí o sí qué carajo le pasa porque si no… si no… ¿si no qué, Emilia?