miércoles, 20 de octubre de 2010

La Emilia 85: Mama mia, let me go...

Si están porque están, si no están porque no están. Joden cuando vienen, joden cuando van. Y no podemos vivir sin ellas, aunque ya haga mucho tiempo que estén mirando los rabanitos desde abajo. Tantos tipos de madres como mujeres hay en el mundo. La mía, entre otras cosas, es de las que cada vez que vas a salir te dice que no uses ropa interior vieja por si tenés un accidente. Pero una pone la oreja, y por qué no la cabeza, la quiere, le dice a casi todo que sí aunque más no sea para no escucharla más y la va a saludar y a pasar la tarde con ella ese día en que se ha decretado que hay que celebrarlas. Con un regalito, como corresponde. “Hola, Mami, feliz día”, la saludo mientras le entrego el paquete. “No viniste a almorzar, ¿por qué?” Entro, descongelo la sonrisa, cierro la puerta, la sigo. “Es que no me sentía muy bien, me duele un poco el estómago y prefería no comer”. “¿Hiciste caca?” Una trata, trata, pero es tan difícil. “Sí, mamá”. “¿De qué color?” “¿No vas a abrir el regalo?” “Sí, ahora, igual ya sé lo que es por la bolsa, un perfume”. “Y algunas cositas más, Mami”. Se digna a abrirlo. “Cuántas cremas, qué lindo. ¿Cómo está el gatito?” Un gracias ni por putas. “Bárbaro, mamá, es divino, me encantó que me lo regalaras.” “Cuidalo, eh, que me salió muy caro.” “Sí, mamá, ya me lo dijiste.” “Lo que no te dije es que invité a Mecha a tomar el té.” Mecha es una amiga de mi mamá de toda la vida y, para describirla, bastará con decir que, justamente, es amiga de mi mamá de toda la vida y podríamos agregar que como adorno en la mesa del comedor tiene una imagen de San Cayetano fluorescente. “Viene con sus hijos, por supuesto, que están con ella desde temprano.” El hijo de Mecha, Jorgito, con quien desde tiempos inmemoriales me quieren enganchar, es un boludo de cuarenta años que se calienta con Barry White, que cuando se quiere hacer el pendejo va a la guerra de almohadas en Palermo y que usa frases como “me voy a hacer noni”. Justo para mí. Encima, cada vez que se agacha, no sé cómo hace, pero se le ve la raya del culo, algo altamente erotizante, sobre todo si la misma viene acompañada de sendos pelitos negros. La hija, Jorgelina (porque en esa familia son muy originales) es maestra jardinera, bastante más chica que el hermano, y su máxima aspiración en la vida es que la pasen de salita de dos a salita de cinco. Ah, y algún día casarse y tener muchos hijos para dejar de trabajar. Y mi mamá no entiende por qué no somos ‘mejores amigas’. “¿Por qué ponés esa cara? Siempre se quisieron mucho.” “Mamá, empecé a detestarlos cuando tenía cinco años, no tengo registro de una supuesta amistad anterior a esa fecha”. “No te acordarás pero se llevaban bárbaro. Por lo menos, los invitabas a todos tus cumpleaños.” “Porque vos me obligabas, mamá”. Afortunadamente, sonó el teléfono y Mami no llegó a contestarme nada. Era mi prima, la perfecta de la familia, hija de un hermano de mi papá, que por supuesto llamaba para saludarla. “Hooolaaaa, mi amor, ¿cómo estás, mi cielo?... pero qué bien, muchísimas gracias por acordarte siempre de mí… ya sé, ya sé… ¿y la familia cómo anda? ¿tu marido?... siempre fue un buen chico… pero por supuesto, pasame con ese primor…” Y, dirigiéndose a mí, con una sonrisa que yo prácticamente desconozco, me dice, “Me va a pasar con Agustín, ¿querés hablar con él?” “Ni en pedo, mamá”. Me pone la cara que yo sí conozco y sigue hablando incoherencias. Agustín es el hijo de mi prima, tiene dos años, yo entiendo que pueda parecer sweety hablar con un niño, pero ¿qué carajo puede decir un pibe por teléfono a esa edad? Ajá, ujú, sí, no, y pará de contar. Bueno, en realidad lo que cualquier persona puede decir por teléfono si la que está del otro lado es Mami. Cuando corta, me mira y me dice “Siempre la misma vos”. San Timbrazo me salvó. Entran, saludan, se besan, todos con todos, todos contentos, todos tan buenos… “¿Qué te regalaron, Mechita?” “Una máquina para hacer pan espectacular y una sandwichera, no podría estar más contenta.” “Qué suerte, a mí me tocó un perfume y una canasta con varias cremas, pero yo uso una sola para todo el cuerpo, ¿viste? Pero bueno, qué le vamos a hacer.” El año que viene le compro cinco pomos de Diadermina. “Vamos a la cocina, Mechi, así los chicos hablan de sus cosas y no tienen que aburrirse escuchando a dos viejas.” Para qué, pienso yo, si me puedo aburrir escuchando a dos jóvenes. Jorgelina, tratando de entablar alguna mínima conversación, me pregunta. “¿Tenés Face?” “Sí, pero la verdad mucha bola no le doy.” “Ay, yo no me puedo desenganchar, me hice adicta al Pet Society.” “¿Al qué?” “Al jueguito, ¿vos no jugás al Pet?” “Al pete me gustaría jugar, pero estamos en época de sequía.” “Ay, no conozco el jueguito ese que decís vos, pero este es maravilloso, me ayuda a encontrarme con esa nena divina y amorosa que fui.” “¿Por qué, en la casa de tu vieja no hay fotos tuyas?” “Siempre fuiste tan cómica, Emilia”, interrumpe tan filosófico debate Jorgito, tratando de poner una voz aguardentosa, aunque lo único que haya tomado en su vida sea 7Up y Mountain Dew cuando era niño. “Yo no entendí el chiste, disculpenmé”, dice la maestrita y prosigue, “¿Y tenés novio?” “No”. “Ay, yo tampoco. Salí con un chico un tiempo, viste, pero lo nuestro no iba, nos reíamos de cosas diferentes.” “Mmmmm…”, fue el último sonido que emití. El Guy Williams del tercer mundo, en medio de ese silencio que se había hecho y con una cara que no me atrevería a describir, dice, “Estás muy linda, Emilia”. Lo único que pude hacer fue contestar un simple “gracias”, saludar a todos y huir raudamente, mientras escuchaba a mi madre que de manera sutil gritaba “No te olvides de tomar pastillas de carbón”. No sé, últimamente me termino yendo de todos lados.

viernes, 15 de octubre de 2010

La Emilia 84: Nos siguen pegando abajo (y yo estoy cada vez más verde)

Éramos pocos y la abuela se hizo las tetas. Resulta que tengo un alumno que es medio pesado y de cerebro de lapacho pero de algo hay que vivir. En definitiva, a él no le interesa leer a Shakespeare, sólo le importa que sus CEO amigos lo entiendan cuando dice “manáyement”. Y, por lo que me cuenta (entre paréntesis, los alumnos que me agarran de psicóloga me tienen los huevos al plato) divertirse en los after office, en los after hour, en los happy hour y en todos los hours a los que pueda ir con tal de no llegar temprano a su casa. Qué sé yo, será que tanto antioxidante que toma, tanto alimento orgánico que come, tanto sushi que desayuna, le afecta un poquito el cerebro, porque parece ser que su único objetivo en la vida es ser copado pero no se da cuenta que hasta el momento lo único que ha logrado es haber sido copado por una tremebunda pelotudez endémica. Encima, cada vez que entro a la oficina me saluda con un “qué onda”. Lamentable. “Emilia, tenemos que hablar”, larga apenas cruzo la puerta. Por fin, pensé, vamos, Emilia, que hoy se te da. “Te escucho”. “Estoy enamorado”. No era lo que esperaba pero me sobrepongo. “Qué bueno”, le contesté pero como en el trabajo me contengo no llegué a agregar y a mí qué carajo me importa. “De vos”, agrega el inimputable con una sonrisa que parecía esperar que me arrojara a sus brazos mientras yo lo único que estaba pensando era revolearle los libros por la cabeza. “Fue amor a primera vista, desde la primera clase que te lo estoy por decir, pero como vos en ese momento estabas de novio, no me atreví.” “Y lo bien que hiciste, no conviene mezclar, dice mi vecino el alcohólico.” “Ves, tu sentido del humor me fascina, sos tan distinta a todas las otras mujeres que conozco”. “Sobre todo a la tuya, porque vos estás casado, ¿te acordás?” “Estoy dispuesto a dejar todo por vos”. “No es necesario, te lo pido por favor”. “Emilia, te estoy entregando el corazón”. “Qué divertido, una de las entrañas que más me gusta”. Y… ante tamaña demostración de amorrrrr, era obvio e inevitable que poco a poco se me fuera soltando la cadena. “No me cortes el rostro así.” “No, querido, lejos de mí querer cortarte nada (salvo las bolas, pienso, pero bué), pero mejor dejemos las cosas como están, yo soy la profesora de inglés y vos el alumno”. “Sabía que me entenderías”, dice y se para, pasa del otro lado del escritorio y me toma del mentón. Con la dulzura que me caracteriza, y que suelo reprimir en las clases porque, again, de algo hay que vivir, me paro y digo, “¿Qué carajo te pensás que vas a hacer, idiota?” “Besarte, pensé que habíamos llegado a un acuerdo, ¿no me estás proponiendo que cada uno en su lugar, llevemos adelante una, cómo decirlo, amistad con derecho a roce?” Y, como era de esperar, se me terminó de soltar. “Ah, pero sos más boludo de lo que pensaba, ¿qué pasó? ¿Te levantaste con el pito parado y tu mujer te cortó los ganchos porque anoche llegaste a casa con la corbata de vincha?” “Daale, ¿qué te cuesta?” “¿Qué-me-cues-ta? ¿Vos te pensás que yo soy una organización sin fines de lucro? ¿O que porque no tengo macho me voy a dejar voltear por el primer imbécil que se me cruce?” “Aflojate, no todo es un drama a analizar, Emilia, hay que dejar fluir la pasión.”

“Mirá, si yo dejo fluir la pasión en este momento, te capo con el abresobres que tenés en el escritorio”. “Yo puedo asegurarte…” “Lo único que vos me podés asegurar es la in-sa-tis-fa-cción. Además, ¿vos creés que yo puedo tener algo que ver con un tipo cuyo escritor de cabecera es Marcos Aquinis? Haceme el favor, nene, se te venció el yoghurt”. Di media vuelta y me fui a la mierda. Y bué, una clase menos. A lo mejor, aprovecho esa hora y empiezo a ir al gimnasio. No, mejor no. Tampoco la boludez.

miércoles, 6 de octubre de 2010

La Emilia 83: Tirá la cadena.

A los que no tienen un pedo a la vela que hacer y se la pasan mandando cadenas por mail les comunico:

-Si alguna vez alguien logra robarme el auto porque me amenaza con una jeringa me lo merezco por pelotuda.

-El pollo viene con hormonas, sí, ¿y? ¿vos no?

-Soy insensible, la pobre niñita china que padece arteriosclerosis bífida en su oreja izquierda me importa un carajo.

-La carne que vale la pena es la que muge en tu plato, me cago en el síndrome urémico hemolítico y sucedáneos.

-Cuando veo las fotos de ciertos lindos animalitos que me mandás sólo pienso en hermosas carteras.

-No voy a dejar de tomar Coca Cola aunque un científico maorí me asegure que a la larga produce oxidación vaginal.

-Ver que Araceli González sin photoshop tiene tres manchitas en su muslo izquierdo y un mínimo pozo en el derecho no me hace sentir mejor.

-Nena, no me mandés más pelotudeces que George Clooney no te va a tocar el timbre, y si tu deseo es separarte tirale las cosas por el balcón, no le reces noventa y siete mantras al Dalai Lama.

-No necesito asociar al chancho con ningún color para saber cómo es mi personalidad múltiple.

-Si algún día estoy teniendo un infarto y me llego a acordar del mail que me mandaste con los síntomas, antes de morirme te puteo en griego antiguo.

-El ganso no sirve para otra cosa que no sea para hacer paté.

-No necesito leer lo que unos pedorros científicos publicaron en la revista mensual de la universidad de Milkwakee para saber que las amigas te hacen la vida más fácil.

Podría seguir, pero creo que ya es suficiente.