jueves, 30 de diciembre de 2010

La Emilia 94: Ha nacido una estrella (y no la de Belén, precisamente)

Una vez que logré meter el juguetito en mi Ferrari último modelo y desistí de tratar de convencer a Mami de que pusiera las cosas si no en el baúl por lo menos en el asiento de atrás y de que no era necesario andar con la fuente y la botella en la falda y de que ella con la suavidad y delicadeza que la caracteriza me contestara ‘por cómo manejás termina todo en el piso’, estuvimos listas para partir. “¿Siguen viviendo en Devoto?” “Sí, ¿por?” “¿Cómo por, mamá? Para saber adónde tengo que ir.” “Entonces preguntame adónde tenemos que ir. Hablá con propiedad.” “Mirá, mamá, yo sé que estás nerviosa, ansiosa y todos los ‘osas’ que quieras porque hace mucho que no los ves pero dejá de agarrártelas conmigo.” “¿Y quién se la agarra con vos? Siempre tenés una excusa para criticarme.” Pretender razonar con Mami es más difícil que verle los dientes a la Gioconda, ella siempre tiene la última palabra… y la primera y la del medio también. “¿Adónde vamos, entonces?” “La cena es en el country.” La responsable soy yo y nadie más que yo, que hablo y hablo y hablo y después termino en Panamericana un 24 de diciembre a la noche, tortura comparable a que me encierren a escuchar a los Mayumaná durante diez horas. Después de varios ‘andá más despacio’, ‘cuidado con ese camión’, ‘¿no podés escuchar otra música?’, ‘bajá el volumen’, ‘¿siempre manejás así? sos un peligro’, llegamos. Nos recibió Ana María, con su sempiterna sonrisa de propaganda de dentífrico. “Holaaaaaa, chicaaaaaas, pasen, pasen, qué suerte poder pasar Navidad juntos…” Se dieron varios besos ruidosos. “¿Y esa criaturita que Dios te dio, adónde anda?” “Se fue con el padre a buscar a los otros abuelos, deben de estar por llegar en cualquier momento.” Me adelanté a llevar las cosas a la cocina y menos mal que Mami se quedó en el jardín porque si no el niño Jesús no hubiera llegado a nacer este año. “Seguro que ahora llega la desubicada de tu cuñada toda perfumada y maquillada y yo todavía tengo olor a papa porque estuve cocinando todo el día como una yegua y no tuve tiempo ni de darme una ducha todavía…. Hooooolaaaaa, Emilita ¿cómo estás, mi amor? ¡Qué suerte que llegaron temprano!… ayyyy, qué detalle el de tu mami, siempre tan atenta, su típico vittel thoné, qué rico, ¿sigue haciendo la receta de Choly de Berreteaga? No se tendría que haber molestado yo ya hice casi todo el recetario completo que Narda Lepes recomendó para las fiestas.” Así largamos. Zoológico a pleno: tío Roberto, callado como siempre, tía Beba con olor a papa y sombra verde en sus párpados, prima Ani dientes de porcelana, marido color beige, hijo al tono de ambos, suegra con pinta de pedirle disculpas hasta a las macetas con las que se tropieza, suegro con pinta de ser tan divertido como un tratamiento de conducto, Mami a quien no hace falta describir a esta altura, y yo, encantadora aunque nadie se dé cuenta. La cena trascurrió tranquilamente, un compendio de frases pelotudas que tocaron prácticamente todos los temas: yo sé manejar lo que no sé es estacionar… ay, detesto la violencia, venga de donde venga… la política no es sucia pero los políticos sí… no se habla ni de política ni de religión en la mesa… le queremos dar un hermanito a Agustín… la felicidad está a la vuelta de la esquina… esperemos que este año traiga salud que es lo más importante… la plata va y viene… el mejor proyecto es siempre el que está por venir… lo que mata es la humedad… por supuesto que se lo tenés que pedir, el ‘no’ ya lo tenés… poné la tele para saber bien qué hora es… ya son las doce, jo jo jo, feliz Navidad, brindemos brindemos… y llegó el momento de abrir los regalos. “¡Qué buena idea que tuviste, mi cielo, con esto del amigo invisible!”, no pudo evitar decir Mami. “No es cierto que sí, tiíta, pero te cuento un secreto, salvo los que le tocaron a ustedes, los demás los compré todos yo… Y mamá le compró una pavadita al nene, yo sé que se lo pedí a Emi, pero para que tuviera dos paquetitos, ¿viste? ¿no se enojará, no?”. “Pero, no Ani, por favor, ¿quién se puede enojar con vos? Si sos un encanto de persona, siempre tan considerada”. Al tío le tocó un par de zapatos, a tía Beba un perfume Kenzo, a Ana María un reloj, al marido una raqueta, al suegro una loción para después de afeitarse con bolsa de farmacia y todo, la suegra zafó con las cremas que donó Mami, a Mami un desodorante comprado en la misma farmacia que al suegro, y a mí un cd de Montaner al que se habían olvidado de sacarle la etiqueta que decía ‘Obsequio con la compra de un perfume. Prohibida su venta por separado’. Evidentemente, la consideración de Ani es muy subjetiva. Debo admitir que disfruté viendo la cara de Mami ante su desodorante. Aunque no tanto como ella disfrutó de la cara de Beba al darse cuenta de que el pibe revoleaba por el aire su juguete didáctico de quinientas piezas para hacer “brrrrum brrrrum” con los autitos de la pista de su cuñada. “¿Qué me mirás?”, empezó tía Beba. “¿Y vos cómo sabés que te estoy mirando?”, siguió Mami y el Enola Gay sobrevoló la casa de Pilar… y tiró la bomba. “Esto lo compraste vos.” “Mi hija trabaja mucho y yo la ayudo en lo que puedo.” “¿No te parece que un niño de dos años todavía no juega con una pista de autos?” “Bueno, la puede guardar para más adelante, mientras tanto juega con los autitos, mirá cómo se divierte el angelito de dios.” “Tenías que destacarte, ¿no? Alguna te tenías que mandar.” “Pero ¿qué me mandé? ¿Qué culpa tengo yo de que al nene no le guste lo que vos le comprás?” “Resentida, eso es lo que sos, envidiosa.” “¿Envidiosa yo?” “Sí, envidiosa, por la casa que tengo, por la familia que supe formaaar…” “Pero si la casa te la compraste con la plata que me robaste a mí, falluta, de qué hablás, cómo te da la cara.” “¡Falluta! Escuchá lo que me dice Roberto, encima que la recibo a mi mesa, a ella y esa hija fracasada que tiene y soy tan generosa como para además poner ese vittel thoné asqueroso que trae.” Mamá se puso literalmente verde. “Con mi hija no te metas”, dijo con una voz muy parecida a la de Linda Blair en el máximo momento de posesión. “Chicas chicas”, dijo el tío, “que es Navidad.” Y Mami largó el vómito. “Pero qué chicas ni qué navidad ni una mierda, pedazo de pelotudo, metete en tus cosas, con esa cara de vinagre vencido que tenés, decime, ¿cuánto hace que no mojás la chaucha vos?” “Ay, tiíta, ¿cómo le hablás así a papá?” “Pero qué tiíta ni una verga, yo a tu padre le hablo como se me canta el orto, que para eso lo conozco desde mucho antes que vos y la conchuda de tu madre juntas”. “¡¡Me dijo conchudaaaaaaa!!”, gritaba Beba. “Emilia no te rías, hacé algo por favor para calmarla”, me dijo Ana María. “¿Por qué me tiene que calmar? Ahora le pedís ayuda, después de que con esa cara de santa pedorra que tenés vivís diciéndome que es una lástima que mi nena no haya sentado cabeza. ¿Para qué? ¿Para formar familias llenas de hijos de puta como ustedes e incorporar pelotudos como tu marido y tus suegros? Pero por qué no se van todos a cagar… Y este desodorante que me compraste dáselo a tu marido para que se perfume las ladillas que debe tener de tanto cogerse putas cuando se va de viaje de negocios. Vamos, nena.”
Atendió a todos… Mami. Nunca la había visto así y ahora entiendo muchas cosas. No logró su objetivo navideño, pero en el viaje de vuelta, vinimos con las ventanillas bajas escuchando Guns n’ Roses. Algo es algo.

martes, 28 de diciembre de 2010

La Emilia 93: ¡Qué bello es vivir! (sobre todo si mamá está lejos)

“¿Te parece, mamá?” “Por supuesto que me parece, ¿cuánto hace que no nos vemos?” “Justamente por eso te digo.” “La familia es la familia, nena, lo pasado pisado; y además yo a Ana María la adoro y a esa criaturita que tuvo ni te cuento”. Así fue cómo Mami decidió pasar la nochebuena con mi tío, el hermano de mi papá, con el que estuvo siglos sin hablarse porque parece ser que cuando papá murió el taller que tenían juntos estaba al borde de la quiebra y entonces el tío le compró la parte por dos pesos con cincuenta, pero se ve que él sabía manejar las cosas maravillosamente bien porque al año se mudaron, se compraron casa en un country y a partir de ahí van a Miami todos los años. Y Ana María, es la hija, mi prima adorada y perfecta, que no es maestra para chicos sordomudos pero merecería serlo, a quien como ya escuchamos mamá adora… a ella, y al pequeño demonio que engendró, Agustín, a quien Mami trata como a su nieto, compitiendo con su cuñada, la tía Beba, y generando en cualquier momento otro conflicto familiar. Y Mami está convencida de que la adoración es mutua porque Anita la llama para el cumpleaños, pascuas y día de la madre, y cada vez que tiene que salir y Beba no puede ir a cuidarle el pibe. Nosotras, por otro lado, nos detestamos en silencio desde pequeñas. Claro que ella, con sus vestiditos nido de abeja, sabía disimularlo y yo, con mis carpinteros, no. Es que crecimos muy distintas. Yo veía el circo de Marrone; ella, el de Balá. Ella leía a Poldy Bird con la esperanza de que no se le corriera el rimmel; yo, una saga que no me acuerdo cómo se llamaba cuya protagonista era una tal Alicia y que en un libro era drogadicta, en otro prostituta y en otro alcohólica. Yo en la línea rock & roll, ella siempre en la de Paz Martínez y así fue como antes de los veinte se casó y a partir de ahí qué par de pájaros los dos. Total que Mami decidió acercarse nuevamente a tío Norberto sólo para poder pasar la navidad con su hija postiza y su nieto ortopédico. “¿Qué hay que llevar, mamá? “Nada, Bebita me dijo que ellos ya tienen todo organizado.” “¿Be-bi-ta?” “Bebita, sí, ¿por qué?” “No, por nada, por nada… ¿cuándo dejó de ser ‘la yegua mal parida que maneja a tu tío’?” “Basta, es Navidad, no te voy a permitir que uses ese vocabulario”. Ante tamaña contundencia de argumentos no seguí con el tema. “¿Cuántos regalos hay que comprar?” “Ay, no, no sabés la idea brillante que tuvo Ani, ¡vamos a jugar al amigo invisible! ¿No es genial? Esta chica es una luz”. La verdad que sí, no entiendo cómo no la postulan para el Nobel. A ella y al pelotudo que inventó el amigo invisible. “¿Y a mí quién me tocó?” “El nene, pero no te preocupes porque yo ya le compré un juguetito.” Una a favor, me salvo del shopping. A las ocho la pasé a buscar porque quería llegar temprano por si había que ayudar en algo. Toco el portero porque detesta que le avise que estoy abajo con el celular porque dice que es haraganería pura. “Ya estoy, mamá, ¿bajás?” “No, subí que necesito ayuda.” Ojalá el Niño Jesús me traiga un par de pelotas nuevas porque las mías mamá me las rompió hace rato. Y cómo no iba a necesitar ayuda. Para empezar el ‘juguetito’ medía dos metros por uno ochenta. “¿Qué es ese paquetón, mamá?” “Una pista de autos.” “¿Y el otro?” “El que me tocó a mí, para la suegra de Anita, porque yo compré los dos regalos no sé si te acordás”. “Me acuerdo perfectamente, mami, y te lo pagaré en cómodas cuotas como corresponde”. “No me debés nada, hija, por favor.” “No hablaba de plata, mamá… ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Mamaaaaaaaaaaaá!!!!!!!!!!!!” “¿Queeé? ¿Por qué gritás?” “¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Son las cremas que te compré para el día de la madreeeeeeeee!!!!!!!!!!!!” “Bueno, che, yo no las uso, tampoco las voy a tirar.” Me supera, juro que me supera. “Agarrá también el paquete que está en la mesa de la cocina, haceme el favor”. “¿Y esto qué mierda es?” “Bueno, ¿así nos predisponemos a pasar una Nochebuena en familia?” Me reservé el pensamiento. Y el impulso… pasar fin de año en la comisaría por matricidio no estaba en mis planes. “¿Qué es, mamita de mi corazón?” “El vitel thoné”. “¿Pero no dijiste que no había que llevar nada?” “Bueno, tampoco podemos caer con las manos vacías. Aparte el que hace tu tía es horrible, nada que ver con la receta de Choly de Berreteaga que hago yo. Agarrá el vino que dejé al lado también”. Espero que a mí de regalo me hayan comprado una caja de Rivotril.

Estaban mis tíos Roberto y Beba, Ana María, su marido Armando (a quien no sabría cómo describirlo, bastará con decir que ‘el prende y apaga’ de Lepegüe le parece divertido), el niño Agustín y los suegros de Ana María con quien ella se lleva maravillosamente bien, por supuesto, ya que adora a su suegra. Si se compraran la casa en la pradera serían la Familia Ingalls a pleno. Son tan antifisiológicamente felices que dan lástima. En cualquier momento se enferman. Relatar lo que aconteció después me demandará una energía que en este momento no tengo. De sólo recordarlo, me agoto. Quedará para después.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Gente rara...

Hace un tiempo, recibí este mail un tanto extraño…
“Hola Adriana,

leo habitualmente información en la red sobre las hemorroides y he visto que publicaste un post en el que haces referencias a este problema aquí: http://adriana-menendez.blogspot.com/2010/09/la-emilia-82-tienes-un-e-mail-te-lo.html: "a vos, te deseo lo mejor. Ojalá que tu mujer se dedique a cocinar sólo comida étnica picante y que sufras de hemorroides por el resto de tus días y que tu mamá, que tanto te cuida y a la que no le podés decir que no a nada, insista en ir a verte todas las mañanas para untarte con pomada Manzán." Casualmente hace unos meses comencé una web sobre los tratamientos que existen para las hemorroides y no consigo que despegue, quizás sea por la temática tan delicada. Con mis otros dos proyectos sobre la caída del pelo y las varices voy mejor, te animo a que los conozcas. De cualquier forma no me desanimo y busco mejoras. Me gustaría saber si te importaría convertir la palabra "Hemorroides", que tienes en el post, en un enlace hacia mi blog. Para mi seria de gran ayuda y para poder devolverte el favor te propongo que me envíes un texto breve (de unas 100 / 150 palabras) sobre tu pagina o la temática del mismo para publicarlo junto con un enlace en mi blog noticias que tiene un PR5. De cualquier forma muchas gracias por tu atención y felicidades por tu blog. Un abrazo y gracias de antemano por tu colaboración.”
… me reí un poco, por supuesto que no contesté ni puse ningún link en mi blog que te derivara hacia el estudio de las hemorroides, y me olvidé del tema. Hasta que hace sólo un par de días…
Hola, leo habitualmente información en la red sobre las venas varicosas y he visto que publicaste un post en el que haces referencias a este problema aquí: http://adriana-menendez.blogspot.com/2010/12/la-emilia-89-no-hay-nada-mas-lindo-que.html:"y yo, en eso, tengo master. La cena transcurrió entre conversaciones de política, economía y fútbol, por parte de ellos; y de calorías, comidas light, dietas y de cuánto pesan, por parte de ellas, todas con cara de que sus vidas no son precisamente un festival erótico. Que a Fulanita la operaron de los juanetes y que a Menganita de las várices. H" Hace unos meses comencé una web sobre los tratamientos que existen para las varices y no consigo que despegue, quizás sea por la temática tan delicada. Con mis otros dos proyectos sobre la caída del pelo y las hemorroides (también delicada) voy mejor, te animo a que los conozcas. De cualquier forma no me desanimo y busco mejoras. Me gustaría saber si te importaría convertir la palabra "Varices", ... bla, bla, bla (léase mismo texto que el anterior)

Por favor, con todo respeto a los pacientes que sufren várices, hemorroides o caída del cabello, que alguien le explique a esta muchacha que si uno no entra a un blog de hemorroides no es porque no se anime y que, de paso y aprovechando la navidad, le regale una brújula, o un mejor buscador, o algo que le provea algo de diversión (porque vamos hombre que andar leyendo “habitualmente información sobre venas varicosas” no es precisamente lo que yo llamaría una joda loca). Yo por mi parte, trataré de no usar la frase “caída del pelo" en ninguno de mis futuros posts. Hay mucha gente extraña dando vueltas por el éter.

lunes, 20 de diciembre de 2010

La Emilia 92: American Beauty and The Beast.

Llegamos y, después de pasar por el check in más largo de la historia, nos ubicamos en dos habitaciones. Yo, en un instante de ilusión, di por sentado que una era para nosotras y la otra para los niños. Pero, como si dormían todos juntos nos echaban, a una fue Luisiana con los varones y a la otra yo con las dulces niñas. Que se llevan bárbaro, por supuesto. La de doce no puede parar de decirle estúpida a la de nueve todo el tiempo. Un encanto. Abrí el frigobar. Sólo agua mineral. Mickey Mouse no toma whisky. Cuando empezaron a pelearse por la cantidad de cajones que le correspondía a cada una, recordando a Jean Piaget, les dije “Salgo un rato. Si cuando vuelvo no está toda la ropa ordenada, se las tiro a la mierda y van a tener que ir a ver al Pato Donald con el culo al aire”. Mi organismo, a falta de algo más fuerte, gritaba desesperadamente por una dosis de nicotina. Salí a la puerta y prendí un cigarrillo. Pero me olvidé que estábamos en el país donde te cuidan la salud. Después te dan de desayuno panceta frita con aceite de búfalo bizco pero ya se harán cargo del colesterol en otro momento. Se me acercó un negro fortachón que trabajaba en el hotel (sí, dije negro, denuncienmé a la ONU) que, como diría un amigo español, tenía menos pelo que el coño de una muñeca (por no decirle pelado del orto y que ya la denuncia pase al Tribunal de La Haya) y, con un tono tan amable que invitaba a darle una flor de trompada y dejarlo escupiendo chocolate por dos horas, me dice que si quería fumar me tenía que acercar a un ‘smoking point’. “Pero si estoy afuera”, le contesté con una lógica irrefutable. Lógica que evidentemente el tipo se pasó por el quinto forro de sus testículos achicharrados. Con la simpatía que me caracteriza lo mandé a la reputísima madre que lo parió y caminé hasta el bendito ‘smoking point’ a juntarme con otros parias. Lo peor es que los que pasan te miran como con asquito. Incluso una mina, grande ya, blanca en canas, pedazo de pelotuda con las orejitas de Minnie en la cabeza, tuvo el tupé de pasar por mi lado y con su mejor cara de abuela buena de Disney decirme “No deberías fumar, te hace mal”. “Y vos no deberías dejar la medicación, vieja ridícula”, le contesté. Así empezaron cinco días inolvidables. Perseguimos muñecos hasta el hartazgo para pedirle autógrafos y sacarnos fotos con ellos, tomamos la merienda con princesas felices, nos mareamos hasta el vómito en las montañas rusa (todavía estoy preguntándome por qué carajo le dicen rusas), asistimos al espectáculo de La Bella y la Bestia, vimos monos, gorilas y jirafas, casi me trompeo con Mini y le destrozo su vestido a lunares porque después de treinta minutos de cola la muy yegua se fue y no nos firmó un carajo (y al otro día tuvimos que hacer otra media hora), nos persiguió un yeti, fuimos en una nave espacial a Marte, almorzamos al lado de una Torre Eiffel de veinte metros de altura, no pude lograr entenderme con la china que vendía hot dogs y le puso ketchup a mi pancho nomás, volamos en la alfombra de Aladín, nos desplomamos trece pisos en un ascensor, vimos toneladas de películas en tresdé, nos sacamos fotos con Jack Sparrow, subimos a la calesita del príncipe Encantador, volvimos a volar con Dumbo, me dormí mirando Toy Story en cuatrodé (como si con tres no fuera más que suficiente), Pinocho nos sirvió una pizzas asquerosas, testeamos un auto de carrera, Stitch me quiso abrazar y como le di un codazo en el estómago se reprimió, bajamos por una rápidos y se me mojaron hasta los calzones, me persiguió Tigger porque parece que lo caliento más que Winnie the Pooh, visitamos la casa de Minie, la cocina de Minnie, la habitación de Minnie, el living de Minnie y el baño de Minnie, Mickey salió hasta del inodoro cada vez que levantábamos la tapa para saludarnos, muchos desfiles, mucho espíritu navideño y muchas otras maravillas por el estilo.

En resumen, vivimos tanta magia junta que terminé deseando que alguien por favor descongelara a Walt para vaciarle una 38 en la cabeza. Decir que la última noche, estaba en la puerta del hotel el mismo negro fortachón que no me había dejado fumar el primer día y, tratando de practicar su castellano, me dijo “Si quieres puedes venir a fumar a mi cuarto”. Y fui y fumé y me fumaron de lo lindo. Y bué algún tipo de resarcimiento tenía que tener.

viernes, 17 de diciembre de 2010

La Emilia 91: ¿Y dónde está el piloto? (que me quiero ir con él)

“Ni en pedo, Luisiana,” fue lo primero que le contesté, “para esto no cuentes conmigo, si la morsa de tu marido a último momento se te baja del viaje, lo siento mucho, yo no lo reemplazo”. Como sosteniendo mi palabra soy un as, dos días después estaba arriba de un avión rumbo a Disney, con cinco adorables criaturas a mi alrededor. Lucía (12), Valentina (9), Martín (7) y Joaquín y Matías (mellizos, inocentes bestias de 3). Es evidente que tengo un problema, bah, tengo muchos pero uno de ellos es no saber decirle que no a esta piba. Y no me estoy convirtiendo en una de esas pelotudas cuya frase de cabecera es “mi mayor defecto es que no sé decir que no”, no, yo sí sé, creo, pero con ella cuando quiero acordar estoy metida en un quilombo desastroso, no sé cómo hace... Bué, total que subir a un avión cual tropilla de macacos y cargados como ekekos ya es una experiencia de por sí encantadora. Desde el vamos te miran como si fueras leproso y notás que hasta los ateos se convierten y empiezan a rezarle a San Expedito. Ponés tu mejor cara de boluda, te sentás y no mirás a nadie a los ojos. Las criaturas eran, básicamente, muchas. E insoportables, reconozcámoslo. Ojo, yo, en esa vez por mes que los voy a visitar los quiero mucho, hasta les llevo caramelos y todo, como a los monitos. “Mamá, ni loca me siento al lado de los mellizos”. “Mamaaaaaaá, Martín se tiró un pedo”. “Aaaayyy, habló la princesa que caga flores”. “Mamá, mirá lo que me dice”. “Mamá, quiero chizitos”. “Mamá, tengo sed.” “Mamá, decile que no me patee”. “No seas buchona, nena”. “Mamá, ¿me trajiste el osito azul?” “¿Vieron la cara de boludo que tiene el gordo ese?” (uno de los mellizos refiriéndose a un señor que nos miraba con la boca abierta y creo yo planteándose seriamente el suicidio). “Mamá, Matías me pegó el moco en la remera”. “Mamá, ¿cuándo llegamos?” Todo esto ocurrió mientras el avión carreteaba. Lentamente, me fui acurrucando en mi asiento, me puse casi casi en posición fetal y no podía dejar de pensar “Que se queden mudos, que se queden mudos, que se queden mudos”. Cuando el cartel de ajustarse los cinturones se apagó, no me pude contener. Como eyectada por una fuerza superior, me paré y al grito de “Callensé, pendejos de mierrrrdaaaa”, me recibí… de hija de puta. Porque todos los conchudos que estaba a nuestro alrededor padeciendo lo mismo que yo y deseando no que se quedaran mudos sino que un rayo los fulminara, se convirtieron de repente en carmelitas descalzas que me miraban como diciendo ‘Pero qué exagerada esta mujer, pobres criaturitas la tía que tienen’. Manga de cobardes. Para no seguir quedando como la loca desalmada y desquiciada, me senté y, esta vez en un susurro, les dije “Si no se portan bien, cuando llegamos, lo busco al Ratón Mickey, lo ahorco y les arruino la fiestita.” Los dos del medio no emitieron comentarios, la mayor le dijo a la madre “Mamá, ¿no trajiste un Rivotril para la tía?" Y los mellizos se asustaron durante aproximadamente treinta segundos, de mi cara sobre todo. Hasta que Joaquín dijo “Pero qué vas a matar vos, piba, si Mickey es inmortal”, y todo volvió a empezar. Las mil horas de vuelo restantes (durante las cuales durmieron dos horas cada uno, alternadamente por supuesto, ni para eso se pusieron de acuerdo los hijos de puta, con perdón de mi amiga) resultaron una sucesión infinita de hechos bochornosos. Tuvieron hambre, tuvieron sed, se pegaron, se gritaron, se vomitaron y se cagaron. Impresentables. Todo eso mientras uno de los mellizos relataba todas las películas que pasaron con una locuacidad que Macaya Márquez envidiaría.
Cuando llegamos (yo con los pelos parados, los ojos inyectados en sangre y mi genitalidad oxidada) estuve a punto de gritar que traía una bomba para que me deportaran de inmediato. Pero cuando se está en el baile, decía mi abuela… Y, de golpe, apareció la magia. Un grupete de princesas nos guió hasta un micrito del que apareció mi gran amigo Mickey. Y, por obra y gracia del Espíritu Santo, o del cansancio, los niños se calmaron. Hasta se rieron con educación y todo. Parecían normales. Me dije, y bué será así nomás. Por un instante, hasta me entusiasmé. Pensé que si estaban tan contentos no iba a ser tan difícil. No tenía la más puta idea de lo que me esperaba.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El engaño.


Ahogo. Asfixia. Apuro. Es todo lo que es capaz de sentir. Encima no cree en Dios, ni en la felicidad. Más difícil todavía. Ningún pasamanos de donde agarrarse. Sofocada. Sumergida. Excesiva luz en la cabeza. Busca desesperadamente entretenerse para que la vida pase de una buena vez. Con los ojos cerrados y los dientes apretados. Sabe que la inteligencia que posee no es suficiente como para meterse un balazo en la cabeza, y que la cobardía es demasiada como para tirarse a las vías. Tendría que cortar lazos, pero ni a eso se anima, teme caer en un vacío infinito y nauseabundo. Se mimetiza con los demás y hace lo que el resto. Convencida de que cediendo logra resistirse. La paradoja es que lo ha hecho tan bien que todo el mundo esta convencido de que ella es feliz.

domingo, 5 de diciembre de 2010

La Emilia 90: Bless my ass.

Ya todos saben del amor que me inunda los intestinos cuando recibo cadenas de mails. A esta altura del año, son todavía más insoportables, si es que eso es posible. Acabo de recibir una que dice: “Buenas Nuevas! (no sé por qué este encabezamiento ya me malpredispone) Una bendición viene hacia ti (que siga de largo nomás) en forma de mejor trabajo (no me gusta trabajar, me quiero ganar el loto y dedicarme a mi deporte favorito 'rasquing the cachuch'), una casa (con mi depto me arreglo), un casamiento (andá a la puta que te parió), un bebe (andá a la puta que te parió 2) y libertad económica (algo totalmente incompatible con los últimos dos ítems). Sólo envía este correo a veinte personas (ni en pedo) y confía en Dios” (¿cómo voy a confiar en alguien que dicen que todo lo ve? Chismoso de mierda). O sea, de buenas nuevas, un carajo. Y lo corona una palomita que vuela con un ramito de algo verde en el pico. Lo primero que me viene a la mente es asesinar a la palomita. No son bichos de mi devoción. Creo que tiene mucha mejor prensa que la cucaracha cuando en realidad son muchísimo más sucias, tienen piojos, traen más enfermedades y encima te cagan el balcón. ¿Nunca a nadie se le ocurre enviar bendiciones que traigan chongos y daikiris?

viernes, 3 de diciembre de 2010

El Astrólogo.

“Nuestra civilización se ha particularizado en hacer del cuerpo el fin, en vez del medio, y tanto lo han hecho fin, que el hombre siente su cuerpo y el dolor de su cuerpo, que es el aburrimiento."



de Los lanzallamas, de Roberto Arlt

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La Emilia 89: No hay nada más lindo que la familia unita.

Todos tenemos varias caras, facetas… a la sazón (frase que se me pegó después de leer una revista Somos que encontré en la casa de Mami del año ’78) tantas como roles jugamos. Una es amiga, hija, profesora, conocida, ex de alguien (demasiados, a esta altura, la verdad, bueno pero tema para otra ocasión). A veces, se entrecruzan pero nunca es conveniente que todos conozcan todas tus caras, salvo que quieras terminar viviendo sola en el Aconcagua (en la montaña, no sé; pero en Nueva York por ahí, quién te dice, hay veces que hasta me cambiaría el nombre). Así es como para muchos de mis alumnos soy algo así como la princesa Leticia pero un poco más cómica y divertida (para lo que, a la distancia, me parece que no hace falta mucho, y también con el bombón con el que se casó como para que no sea anoréxica… y me estoy yendo de tema de una manera irremontable, cómo estamos hoy, terminala con los paréntesis, Emilia). Bueno, entonces, volviendo, un alumno, Fernando, el médico anestesista, cumplía cincuenta años y me invitó a la reunión que hacía en su casa. Por supuesto que sabía que no iba a ser una noche de jolgorio feroz pero me dije vamos, Emilita, que algo hay que hacer y el pobre muchacho que en diez años ingresará a la tercera edad es aburrido pero muy buen tipo. Aparte parece que, si bien su profesión consiste en dormir gente, él ha decidido despertarse: se compró una moto y empezó a entrenar para correr maratones. Qué tema el de las maratones y los viejos que corren, van a terminar todos con las rodillas hechas mierda; no, no, los de cincuenta no son viejos, depende para qué, bueno pero basta de irme, carajo. Repito, no pensé encontrarme con la fiesta de la espuma pero tampoco con una cena formal para sólo siete personas. Cuando llegué ya estaban todos. Me presenta como su profesora y gran amiga, esas boludeces que se dicen en las presentaciones, no sé qué le pasa a la gente con la desvalorización de la palabra amistad. Fernando, su mujer Cecilia, dos matrimonios de amigos, una amiga de la señora y el hermano mayor del cumpleañero, que era, ¿quién? Por esas putas casualidades de esta puta existencia, aquel que hablaba de dormido y lo mandé a hacer la gran Di Caprio luego de que me comparara con un iceberg. Uót a moument. Dos señores conocidos entre sí, que conocen dos facetas de mí totalmente opuestas. Él se hizo el reverendo boludo y yo, en eso, tengo master. La cena transcurrió entre conversaciones de política, economía y fútbol, por parte de ellos; y de calorías, comidas light, dietas y de cuánto pesan, por parte de ellas, todas con cara de que sus vidas no son precisamente un festival erótico. Que a Fulanita la operaron de los juanetes y que a Menganita de las várices. Hubiese preferido asistir a la elección de la Reina de la Fiesta de la Corvina en San Clemente del Tuyú. Para no decir nada, tomaba vino. Muy mala estrategia la mía, ya que sé sobradamente que el alcohol me suelta la lengua. Igual, tenía la seria intención de reprimirme. Intención que a esta altura debería saber que jamás me sale, pero bué. Lo cierto es que parece ser que el alcohol le suelta la lengua a la mayoría porque, a los postres, empezaron a decirse cosas. Con un cierto dejo de diplomacia, por supuesto, tan educados eran. “Así que te compraste una moto, che, qué bueno, ¿y sabés manejarla?” “El tema va a ser cuando la quieras llevar a Cecilia, ella que nunca se saca las polleras, jajaja”. “Bueno, lo va a tener que hacer para acompañarme.” “¿A esta altura? Vas a tener que ir solo, cariño. Yo ya estoy grande, jejeje.” “Pero te vas a tener que aggiornar, jijiji, te tengo una sorpresa, te compré unos rollers para que hagas un poco de ejercicio, mi amor.” “Ay, Cecilia, no te va a venir mal.” “¿Me estás llamando gorda, querida?” “De ninguna manera, pero un poco de movimiento no le viene mal a nadie.” “Yo ya me muevo bastante con todas las cosas que tengo para hacer. Acordate que no cuento con dos empleadas como vos, corazón.” “Es una lástima, así podrías dedicarte un poco más a vos.” “¿Me estás llamando descuidada?” “Chicaaaas… chicaaas….”, saltó el señor mayor. “¿Chicas qué?”, le contestó Cecilia con una sorpresiva postura digna de un barra brava de Excursionistas. Está claro que no se hace, es boludo, de otra manera sabría que hay conversaciones en las que no se debe intervenir. “No sean escandalosas, que tenemos visitas”, insistió. “Por mí no se preocupen,” aclaré por las dudas. “Aaaaay, habló el que nunca levanta la voz porque es cuuuulto y mira History Chaaaannel.” Cecilia estaba a full y la cosa se estaba poniendo densa. Las minas que hacen cheesecake y toman clases de tenis con el profesor del country cuando toman vino se vuelven extremadamente peligrosas. “Pero ¿por qué no dejás de sacar tu Blackberry a cada rato? ¿La querés impresionar a la señorita? No te gastes, cuñadito, no está a tu alcance.” El boludo, con la sangre todavía chorreándole del ojo izquierdo, contesta: “Estoy esperando un mail importante, cuñadita, y para tu información, a ella ya la impresioné hace rato.” Cuatro inquisidores pares de ojos maquillados se clavaron en mí. Le dediqué una oración a San Baco y me tomé lo que quedaba en la copa de un trago. “¿Qué? ¿La conocés?”, intervino mi alumnito. “¿Nunca te cuenta la teacher lo que hace los fines de semana?” Ok, ahora recuerdo, además de hablar de dormido era un pelotudo contundente. Cecilia, mirándome cual Linda Blair, abrió la boca y juro que se podía ver que desde su campanilla iba floreciendo una catarata de lava. Evidentemente, para las señoras que hacen brownie casero, que una se coja al hermano del marido también es peligroso. No me pude contener más, una hace lo que puede. “¿Qué querés que les cuente? A ver, ¿que roncás? ¿que cantás Vox Dei mientras dormís? ¿o que antes de volver a estar en la cama con vos prefiero dedicarme al estudio del aparato reproductor del ombú?” Se escuchó un colectivo y femenino “uuuuuuu”. Cecilia cerró la boca y me miró de otra manera. Como con un dejo de satisfacción en los ojos. “Bueno, Emilia, me parece que te estás pasando de la raya,” dijo Fernando. “Y que le tenés que hablar así a la chica, vos, degenerado, dejá que se exprese con libertad, es joven.” Vamos las chicas. “¿Degenerado yo? Pero si se la volteó él.” “Bueno, no se peleen por mí, por favor.” “Qué tierno lo tuyo, Emilia, encendés la mecha y después querés que no haya fuego.” “Si el que contó fuiste vos, estúpido, que le echás la culpa a ella. No te da vergüenza, podría ser tu hija, viejo verde.”
Lo que siguió fue una caterva de improperios varios entre ellos tres que los demás escuchábamos en un respetuoso silencio. Que son los dos iguales que tu padre, viejo de mierda que no paró de meterle los cuernos a tu madre, que por otra parte se volteaba al jardinero, que bueno que mejor que no era como la tuya que le chupaba el cirio al cura y ni hablar de tu abuela que se la daba a la cocinera, y que decís si tu bisabuelo no dejó oveja virgen en el campo de Brandsen. Tan ensimismados estaban que no se dieron cuenta de que los invitados nos fuimos levantando de a uno para escaparnos. Basta de socializar con mis alumnos. No hay que mezclar, decía mi abuelo.