jueves, 28 de abril de 2011

La Emilia 108: Y que viva el amor.

Cuando estoy aburrida me voy al diccionario. Sí, últimamente mi vida es un jolgorio, igual es mejor que irse a la mierda, bueno no sé, eso habría que pensarlo, depende, y ya me estoy yendo de tema para no perder la costumbre. Total que según el libraco en cuestión, una ceremonia es un acto para dar culto a las cosas divinas o reverencia y honor a las profanas. Ni divina ni reverencia ni honor ni una garcha. Sí me gustaría profanar un par de culos a patadas, pero esa es otra historia... Llegamos (estoy un poco de la gorra, es verdad, pero hablo en plural porque Vero me hizo de acompañante terapéutico) y saludamos con toda la alegría y civilidad que fuimos capaces de fingir. Y dos minutos después llegó el muchacho, a quien nunca le contesté ninguno de sus llamados, para qué, de la mano de la vaca Aurora. Felices, como recién salidos de un comercial de dentífrico blanqueador. El pelotudo me saludó como si fuese la primera vez que me veía y me presentó con un ‘la otra testigo, amiga de Sandra del colegio’. Caramba, la señora no sabía nada, qué divertido. Pensé que no había podido reprimir una sonrisa, pero en realidad largué una carcajada. La miré a Vero y le dije, “Me parece que no me tendría que haber fumado un porro antes de venir, me está empezando a pegar”. “Ahora es tarde”, me contestó mi amiga con la sabiduría que la caracteriza. La puerta se abrió y nos invitaron a entrar. “Pueden pasar si quieren.” “Y si no queremos, ponele, qué-pro-ble-ma, ¿no?” “Emi, tratá, te lo pido por favor, aunque sea tratá.” “Imposible, Vero, mirá la pinta de este pibe, a mí no me jode, si no empezó a leer a Osho le pega en el palo, y el palo no lo mete en el otro hoyo hace rato”. “Emilia, tenemos que entrar”. “Y entremos, qué le vamos a hacer, si no queda otra.” Nos sentaron adelante, como corresponde. “Uuuu, primera fiiila, qué copaaado.” No podía parar. El juez nos pidió los documentos. Ya todos saben lo que suelen ser mis carteras, así que opté por la más fácil; me paré, vacié el contenido de la misma sobre el escritorio y, entre cigarrillos, papeles, pastillas y tampones, lo encontré. Vuelta a mi lugar. Vero dice que la gente me miraba, yo no me di cuenta, por suerte, para ellos sobre todo, porque capaz que los mandaba a dar una vuelta en pija y todo. Pasado ese momento, el señor empieza la ceremonia, hace los chistes de rigor, esos que en otro momento me hubieran llevado a reprimir la tentación de escupirlo pero que, dadas mis condiciones, festejaba a las carcajadas. Lo aplaudía y todo. Cuando tuvimos que firmar, me di vuelta y le dije a Vero, “Filmame, gorrrrda, es la primera vez que me piden un autógrafo.” Cuando hubo finalizado el acto, todos nos volvimos a saludar y todos volvieron a repetir las mismas pelotudeces que se dicen siempre en estos casos. En ese momento veo que una de las yeguas amiga de la vaca, una de las que había estado en aquella cena tan entretenida, se le acerca a la oreja a la Holando. “Peligro de gol”, le digo a Vero. Fue terminar la frase y escuchar un estridente y chillón “¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿Queeeeeeeeeeeé????!!!!!!!!!!!!!!”, juro que fue lo más parecido a lo que me imagino debe ser el famoso chancho al matadero (hoy estoy un tanto zoológica). “Goooooooooooool,” grité yo, igual que si estuviera en la cancha. A todo esto, pobre Sandra, ya no sabía qué mierda hacer con el ramito de jazmines que tenía en la mano. “¿Por qué no me dijiste nada? Me tengo que enterar de esta manera”, dijo la señora entre lloriqueos varios. Fernando trataba de consolarla y confortarla para que se callara la boca. Pero para eso también era tarde. “¿Por qué me tenés que hacer pasar por esto? Yo, que tengo tu hijo en mi vientre, merezco más respeto, no tengo por qué pasar por esta humillación desmedida. Que todos se rían de mí a mis espaldas.” “¿Hubieras preferido que se te rían en la cara directamente, corazón?” Se me escapó. “Callate, roba hombres.” “Uy, a esta le escribe los libretos Migré, mirá de quién me vengo a acordar, Vero, pobre tipo, hace rato que es finado, yo no te robé nada, nena, dejate de joder, si ahí lo tenés, digo yo, ¿a nadie se le ocurrió traer chocolates en vez de arroz?” Se puso a llorar cual Andrea del Boca en sus mejores épocas y su amiga le sostenía el paquete de carilinas. “¿Estás contenta con lo que lograste?”, me dijo la estúpida. “¿Qué te metés, boluda a cuadrillé, si fuiste vos la que abrió el pico.” “¡¡¡¡¡¡¡Bastaaaaa!!!!!!!!”, largó el alarido Sandra, “es mi casamiento, no voy a permitir que me lo estropeen de esta manera, ¿y vos no vas a hacer nada para detenerlas?”. “¿Y qué te la agarrás conmigo? Yo te dije que no la tenías que poner de testigo”, le contestó su flamante esposo. “Es mi amiiiiga, desubicado, ¡la única que me queda después de que me junté con vos!”. “Ya sabía yo que ésta se hacía la mosquita muerta, mirá como le habla al nene apenas lo enganchó”, le dijo la flamante suegra a su no tan flamante esposo. “Terminala con lo de nene, mamá, pelotudo grande, ya era hora de que se casara”, saltó el flamante cuñado. “Y usted no hable así de mi hija, señora, no se lo voy a permitir.” “Pero, por favor, usted dice eso porque está contenta que se sacó el clavo de encima.” “¡Mi hija no es ningún clavo, culo roto con arandela, de Villa Devoto tenía que ser!” “¿Qué tenés en contra de mi barrio vos?”
Conclusión: tuvieron que intervenir varios de los hombres presentes para que no se agarraran de las mechas. Y eso que la intoxicada era yo. En el medio del quilombo, Vero, yo y mi sonrisa de Guasón nos escurrimos y nos fuimos a la mierda. Y pensar que todavía queda la fiesta.

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