jueves, 19 de mayo de 2011

La Emilia 110: Una sola boda y ningún funeral (aunque muertitos había unos cuántos)

Como siempre, llegué tarde; suelo llegar tarde a muchos lados, sobre todo a las iglesias, en realidad creo que es dios el que me llega tarde, no, como escuché alguna vez por ahí, a mí dios me queda lejos; eso, ni tarde ni temprano, lejos. Pero bueno, no me quiero ir de tema como siempre... Los curas me alteran el sistema nervioso central, me entusiasman tanto como ser jurado del Festival Latinoamericano de Documentales de la Industria Metalúrgica y Afines, sobre todo si se quieren hacer los piolas, ‘cura piola’ la verdad me suena a oximoron, la mierda que soy culta y si quiero puedo usar palabras difíciles; y bué, me alteran tanto que no puedo parar de decir boludeces con sólo recordarlo. Total que los novios ya estaban saludando, como corresponde, en el atrio. Voy directamente hacia Sandra, que me lleva a un costado y me dice: “No sé cómo me ves vos, pero yo me veo el ojo derecho un poco redondo, ¿qué opinás?” “Quedate tranquila, los tenés los dos iguales”, le contesto como si me hubiera hecho la pregunta más normal de la tierra. “Ah, bueno, menos mal, ¿te gustó la ceremonia?” “Preciosa”. Qué otra cosa podía yo decir. Beso de rigor con el novio y me alejo rápidamente porque casi se me escapa un ‘lo siento mucho’. A veces me pasa, confundo las frases que hay que decir en distintas circunstancias, entonces me apuro porque tampoco es cuestión de llegar a un velorio y saludar a la viuda con un ‘te felicito’, bueno en realidad depende del muertito, basta, Emilia, flaca, no te vayas, flaca vení… y ya me estoy por ir a la mierda otra vez pero me contengo. Total que de ahí huí raudamente a buscar mi batata cósmica, no fuera a ser que me encajaran a alguna de las sobremaquilladas tías para llevar al salón. Me esperaba el famoso cocktail de recepción, ese momento en que los malabaristas del Cirque du Soleil te envidiarían por la capacidad que desarrollás para sostener al mismo tiempo la cartera, el pucho, la servilleta, la copa y ese bocadillo indefinible que vaya una a saber de qué es, atún o cerdo sabe igual, al mismo tiempo que hacés equilibrio sobre los tacos, y reprimís la tentación de mandar a la reputísima madre que la parió a la tía de tu amiga, porque zafaste de llevarla en el auto pero no de que te pregunte “¿Y vos para cuándo?” Peor estaba la suegra, aunque ella no se diera cuenta. La madre de Sandra tenía razón, es bastante culo con arandela, vestida con todos los oropeles (¿qué carajo me pasa hoy? O-ro-pe-les, Houston, tenemos muchos problemas) bueno sigo, como pretendiendo aparentar que la novia era Josefina Vergara Crotto de Quiroga y su hijo Joaquín Edgardo Micheo Pennington. Le salió para el culo igual, porque el vestido se lo había hecho la modista de Devoto, y la verdad la hija de puta merecería estar del lado de adentro de la Villa. Verde loro, perlas, strasses y brillos, le agregaba un par de plumas y la declaraban Monumento Nacional al Loro Barranquero. Mucho spray y sombra a tono, of cors. El suegro, de riguroso pingüino y toda la pinta de ponerle trabavolante al Fiat Duna cada vez que se baja a comprar cigarrillos y de tomar mate con edulcorante, con eso te digo todo. Mientras tanto, la pareja en cuestión, no la protagonista si no la en cuestión para mí, estaba un tanto alejada. El chancho jabalí no paraba de clavarme los ojos, menos mal que me había puesto el calzón rojo. Hice un leve gesto con la cabeza, que él respondió con uno aún más leve, y la verdad, para mi sorpresa, la cucaracha que me anda en esos momentos por el estómago no me chifló, lo que me tranquilizó, porque si la cuca está calma, está todo bien. El que se me acercó fue el hermano del novio. No sé qué le picó al niño. “¿Con quién te tocó en la mesa?” “No tengo la menor idea.” “Si te aburrís te salvo.” “¿Cuándo te recibiste de superhéroe vos?” “Ah, sos brava.” Me han dicho tantas veces eso que ni me molesté en contestarle, para qué, permiso. La hago corta, tres parejas que no conocía y una antigua vecina de Sandra del barrio de cuando era chica que cuando me vio lo primero que dijo fue, “Ay, Emilia, estás igual, no te reconocí.” No pienso entrar a analizar tamaña frase en este momento. Los novios entraron con Soy feliz de Montaner, de ahí en más ya nada podía ser peor, pensé yo. Equivocada, como de costumbre. Por un lado, nobleza obliga, la comida era bastante rica, indescriptible eso sí, no tengo la más puta idea de lo que comí, algo así como quiche de melón a la palta con salsa de limón sobre finas lonjas de lomo. Pero por el otro, mamita, por el otro… La vecina no paraba de repetir ‘¿te acordás cuando…?’, algo a lo que yo siempre respondía ‘no’ con la mejor sonrisa que podía fingir; la pareja que tenía al lado se daban de comer en la boca todo el tiempo; vimos cuatrocientos treinta y tres videos, de fotos románticas, de ellos juntos, de ellos por separado, de ellos chiquitos, de ellos en situaciones ridículas, de él con cuatro años agarrándose el pitulín en las playas de Mar del Plata y de ella con el culito al aire en la bañadera, y todos invariablemente terminaban con alguna frase que nos ilustraba sobre cómo ellos se aman, supongo que entre ellos y a sí mismos, los padres los aman, los amigos los aman, todos aman a todos y a su prójimo como a sí mismos (alguna vez voy a escribir algo sobre esas frases que me sacan de quicio), un asco de amor, bah, todo tan ‘cute’ y rosa que no sabía si dormir o vomitar; y las tres minas casadas hablaban continua y superpuestamente de niñeras, mucamas, pediatras, jardín de infantes… cuando llegaron al tema ‘la practicuna y su funcionalidad’ pensé en simular un paro cardíaco y huir pero, y por suerte siempre hay un pero, apareció el hermano en cuestión y me dijo al oído, “¿Querés que te salve?” “Por favor… y no te agrandes.” Y bué, pensé, con que sepa sacar un vestido con corset me alcanza... Continuará…

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