martes, 24 de mayo de 2011

La Emilia 111: El banquete de la boda y sus consecuencias.

Detesto las sorpresas, sobre todo cuando no me las espero. Ya sé, no va a faltar el boludo que cuando lea esto piense, ‘ahí está La Emilia tratando de escribir una frase original y pretenciosamente literaria’. Yo pensaría lo mismo, pero váyanse a cagar, porque lo que por lo general me sucede es que de verdad me las veo venir, lo que es un embole y toda una carga porque me veo obligada a hacerme la sorprendida todo el tiempo o por lo menos cada vez que las circunstancias lo ameritan, que es muchas veces aunque usted no lo crea, por ejemplo, cuando te hacen un regalo de cumpleaños, sobre todo si te lo hace Mami que abona la teoría del regalo necesario y siempre dice ‘no sé qué regalarte porque tenés de todo’, vaya una a saber qué es lo que ella entiende por todo… me estoy enredando en un quilombo del que no sé cómo voy a salir, aunque ya debería estar acostumbrada, es sólo uno más de los tantos que pululan por mi existencia. Total que, repito, las detesto. Por eso cuando lo vi haciéndose un café como si fuese lo más natural del mundo pegué un grito todo lo chillón que los mil cigarrillos que me había fumado la noche anterior me permitieron. “¿Qué hacés acaaaaaaaaá, desubicadooooooo?” Creo que a esta altura no es necesario aclarar que para mí la paz no pertenece a las mañanas, no pertenece a ninguna parte del día la verdad, pero a las mañanas, menos. O sea, el compuesto mañana+sorpresa es devastador. Y si encima me hablan en diminutivo, la hecatombe es inevitable. “No me vas a decir que no te acordás nada de lo de anoche, preciosa. ¿Tan borrachita estabas?”, me contesta el pelotudo. Y sí, de todo me acordaba, por supuesto, de los impresentables que me tocaron en la mesa; de los videos empalagosos (la exhibición impúdica y exagerada de sentimientos es berreta, no jodan); del baile y de la cara de ganarse el Loto que tenía el abuelo cuando lo saqué a bailar el tango; del infaltable carnaval carioca, con los sombreros gigantes, la crema pegajosa y las cosas que hacen ruido, (entre paréntesis, no entiendo a la gente que se los lleva a la casa, ¿qué carajo vas a hacer con un collar de telgopor o un sombrero de goma eva? ¿Y los que se llevan el centro de mesa? Cirujas, eso es lo que son); me acordaba también del comportamiento de los amigos del novio en el carnaval carioca: asquerosos tirapedos, transpirados, borrachos y saltando todo el tiempo juntos como una manada de monos en celo; me acordaba de las cintitas (había dos tortas, una con cintitas para las mujeres y otra con cintitas para los hombres, un detalle muuuuuy posmo gordi), las ligas y el ramo que pensé que ya habían pasado de moda pero no, ramo por el que ahora compiten no sólo las solteras que lo pretenden con devoción si no también las liberales que conviven con sus parejas porque firmar un papel es estúpido pero en el fondo están desesperadas por tener el anillo y también acuden a él las separadas a las que por obra y gracia del espíritu santo les creció nuevamente el himen y quieren volver a casarse cual doncellas. Por supuesto que no faltaron las superadas que hacen como que no les importa y van por obligación, yo prefiero aprovechar para ir al baño. A la pata de cordero no llegué, demasiados daikiris, el vestido ya me apretaba, quería sacármelo y el flamante cuñado se ofreció para la tarea, y acá nuevamente a él, el desubicado que se anda paseando en calzoncillos por mi casa. Espectáculo desagradable como pocos a la luz del día, cuando una se acaba de levantar, apenas puede abrir los ojos y se dirige arrastrando los pies, rascándose la cabeza, y por qué no otras partes del cuerpo con la completa y total impunidad que te da el vivir sola y estar absolutamente segura de ello. “Me acuerdo perfectamente de todo, nene, hasta de que lo último que te dije fue ‘en la mesa de la cocina están las llaves, chau’. Repito, ¿qué hacés acá?” “Bueno, no te quise dejar solita, preferí quedarme a cuidarte.” Y dale con el diminutivo… “No necesito que nadie me cuide, bombón.” “Ay, che, después de la noche que pasamos, pensé que te ibas a alegrar al verme”. “¿Pero vos sos boludo de nacimiento o estás haciendo un curso on-line? Aparte, de qué noche me hablás, idiota, si lo tuyo fue más corto que pito de chihuahua.” En el barrio cuando me ven pasar dicen ‘ahí va La Emilia, la sutil’. “Había escuchado algunas cosas de vos pero pensé que no eran ciertas.” “Pero lo que escuchaste de mí me importa tres porongas, querido, haceme el favor, vestite y andate”. Porque era verdad, no me importaba. Porque lo mejor de la noche fue darme cuenta de que lo que pensé que todavía me importaba, no me importaba un carajo. Volver a empezar, diría Lerner. Por suerte, porque este capítulo ya me tenía re podrida. Chan chan.

2 comentarios:

Rayuela dijo...

me gustó tu blog, en particular las historias de la emilia!

besos*

Adriana Menendez dijo...

hracias, RAYUELA SILVIA!