jueves, 23 de junio de 2011

La manzana.


Tarde o temprano hay que morder la manzana, escuchó o leyó alguna vez por ahí. Y ella mordió, en la noche más deshilachada de todas las noches, que para colmo no fue la única, aunque reconocía que algunas de esas noches no la había pasado tan mal. Por eso también estaba segura de merecer la consecuencia. Cuando se lo dijo a la tía Augusta, casi le cuenta todo pero ella la miró. Y a lo único que ella siempre la había tenido miedo era a los celestes y vidriosos ojos de la canosa tía Augusta, la especialista en ignorar el presente y en fabricar recuerdos. “Y ni pienses en agregar otro pecado al que ya cometiste. Porque ahí sí que no te voy a ayudar”. Ahora se encontraba en una cama de hospital y tenía dos miedos, algo había ganado. Rodeada de palabras pegajosas, de un silencio cargado de frases dichas tantas veces que no valía la pena repetirlas, segura de haberse metido en un laberinto del que nunca podría salir, porque aunque quisiera escapar por arriba, las paredes eran muy altas; lloraba, nada más. El tío la consolaba, “Yo te voy a ayudar, nunca te voy a dejar”, y al mismo tiempo le susurraba al oído, “pero no le cuentes a la tía, si no no voy a poder hacer nada”. Eso que le acababan de poner en los brazos, a lo que todavía no podía darle un nombre, recién empezaba, y no tenía la menor idea de cómo hacer para terminar queriéndolo.

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