jueves, 1 de septiembre de 2011

La Emilia 121: El imperio contraataca (y la fuerza no me acompaña)

Hay gente que una no quiere ver muy seguido. Se las quiere, se las respeta, está todo bien, bla bla bla y todas las excusas políticamente correctas que podamos dar pero, la verdad, es que con saber que están bien nos alcanza, para qué encontrarnos. Para aburrirse, digo yo, para sufrir, para reprimirse, para hacerse un nudo con la lengua y no contestar lo primero que las tripas te manda a la cabeza. Pero, y los malditos peros me tienen las pelotas por el piso, a veces es inevitable. Porque siempre sucede esto: la persona que vos no querés ver es la que más insiste para verte. Y a una, boluda con cochera propia y baulera importante, le agarra la culpa. Ese adefesio indescriptible que te llena de responsabilidad y te lleva a correr a los lugares más equivocados. Lo peor es que, cuando te agarra la hija de puta, no te suelta. Como Mami, justamente, de quien hacía un tiempito venía zafando poniendo en práctica el ejercicio de convertirme en una especie de anguila en un fuentón con agua jabonosa. Ya me había avisado por teléfono que venía, porque hablar, hablamos; bah, habla ella, yo escucho y si puedo emito algún monosílabo. “Puse un poco de orden en casa y tengo algunas cositas para llevarte”, me dijo. Costumbre de mierda que tiene, cada vez que hace limpieza en su casa, todo lo que ella no quiere guardar pero no se anima a tirar viene a parar a la mía. Y yo me las quedo, por supuesto, ¿por qué? Por culpaaaaaa. Dos bolsas de consorcio llenas trajo la tipa, pensará que entre mis hobbies está el reciclaje. “Igual dejá, después ves todo cuando yo me voy.” Es que ella me quiere entretener, soy yo la que no la entiende. “Ahora, tomamos unos mates y me contás qué es de tu vida. ¿Cómo andás?” “Todo bien, mamá.” “Hace no sé cuánto que no te veo y me querés arreglar con ‘un todo bien mamá’, después dicen que hay que fomentar el diálogo con los hijos, con vos es imposible. No importa, hijita, yo no tengo capacidad de rencor.”
No sé por qué pondría un punto final después de la palabra ‘capacidad’. Mejor me callo. O trato de conformarla. Le cuento entonces de mi experiencia en las sierras. Para qué. No sé para qué insisto, Mami es imposible de conformar. “¿Ves cómo sos? ¿Cuántas veces te pedí que me acompañes a Salta a ver a la virgen y te negaste? Pero claro, a la señorita la invita su amiguita a ir a las sierras y va contenta y campante.” “No fui contenta mamá, pero Vero estaba mal, necesitaba que la acompañara.” “Y cómo te pensás que estoy yo.” “Por la manera en que rompés las pelotas estás bárbara, mamá.” Se enojó y se fue, un encanto Mami. Rápida como un rayo, pasa y te fulmina la guacha, o te deja rodeada de dinosaurios. Como el jean que usaba a los dieciséis años; no sé qué puedo hacer con él, llorar amargamente nada más. Esta mina me quiere mandar al psicólogo, es evidente. Pero no me va a ganar, voy a hacer catarsis por otro lado, las carpetitas que ella bordaba cuando era soltera se las voy a poner a los gatos de frazada. Y ese acolchado impresentable que tejió al crochet en cuadraditos de colores será la alfombra para limpiarme los pies en los días de lluvia. Qué mierda voy a hacer con la cantidad innumerable de adornitos y elementos inservibles varios que trajo, no sé, creo que el día que tenga ganas de sentirme en la piel de un francotirador me voy a apostar en el balcón y se los voy a tirar al camión que trae mercadería al kiosco de al lado y siempre estaciona en la puerta del garage de mi edificio. No sé por qué piensa que yo puedo tener un mínimo interés en ellos. No sé por qué piensa Mami en realidad. Cada vez que piensa, yo pago las consecuencias. ¿Qué tengo que hacer? ¿Tengo que llorar delante de la muñeca que me regaló mi abuela la muertita? ¿Tengo que mirar con cariño el librito de catecismo? ¿Me tengo que emocionar con mi vestido de comunión? A ver, no es necesario que me traiga el diario íntimo que escribía a los quince años. ¡¡¡¡¡Perdí la llave, mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaá!!!!
A veces me pregunto qué mensajes escondidos de mierda me quiere mandar cuando me trae estas cosas. Cuando abrí la segunda bolsa, exploté, no me pude contener y la llamé. “Me querés explicar para qué me traes tu vestido de novia.” Es que a veces los mensajes no están tan escondidos. “Bueno, lo había guardado para vos pero si querés tiralo, hacé lo que quieras, total no creo que lo vayas a usar.” “Mamá, si te detuvieras a pensar por un minuto las barbaridades que decís, te darías cuenta de que no estás bien.” “¿Y qué te dije cuando estaba en tu casa? Y me contestaste una guarangada, como siempre.” “Mamá, ¿por qué no empezás terapia?” “¡Ja! El burro le dice orejudo al caballo.” “Pero, ¿por qué no te hacés un curso de espiritualidad con Claudio María Domínguez entonces, ma-má?” Le corté. Cuando se me pase la culpa de mandarla a la mierda, la llamo.

2 comentarios:

Locopepe dijo...

mamimtaaa queridaaaa, con mamis asi( y mira que hay muchas heeee) mejor jugar de huerfanito en el mundial de la vida, juaaaaa

Adriana Menendez dijo...

la de huerfanito es una de las condiciones que la emilia está poniendo para sus futuros... sus futuros llamalos cómo quieras, LOCO. con una le alcanza y le sobra.