
“Al acercarse a la oficina él compra un chocolatín en un kiosco. Nunca le compra uno al viejito, se reprocha. No debe pensar en el viejito ahora. Él ahora es otro. Y el otro no tiene piedad. La piedad socava. El otro está más allá de la lástima. El otro sabe que los mendigos, por ejemplo, son tan molestos como necesarios. Molestos porque interrumpen el paso, apestan y espantan: son lo que uno puede ser, sin escalas, mañana mismo. Necesarios, porque su presencia permite la caridad: basta una limosna para que uno se sienta filántropo. La tragedia de los otros atenúa la propia. Ésta es la verdad, se dice, pero nadie quiere admitir que es así. Es que la sinceridad tiene mala prensa, se dice. Cuenta el vuelto, guarda el chocolatín. Está contento.”
de El oficinista, de Guillermo Saccomanno (2010)


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