martes, 22 de noviembre de 2011

La Emilia 124: Feos, sucios, malos (bastante boludos y muy rompebolas)

Me quedé pensando en las artistas, y digo, a lo mejor, hay otra vuelta. Porque en estos días me dediqué a observar el comportamiento de algunos hombres cuando dejan de trabajar. Están los que se dedican al deporte; juegan al fútbol (golf, tenis, básquet, bolita, whatever), miran fútbol por televisión y hablan de fútbol todo el tiempo sin dejar nunca de rascarse los huevos ni de regar la casa con vasos sucios, tazas de café pegoteadas, ceniceros llenos y ropa en el piso. Igual son un poquito más tolerables que los que de repente corren maratones aunque hasta hace unos meses fumaban dos paquetes diarios y tomaban cerveza hasta en el desayuno. Desarrollan hobbies extraños, a alguno se le da por hacer un curso de vihuela aunque tenga menos oído que una lombriz, se compran una moto, se convierten en expertos enólogos y pretenden que la mujer renuncie a su vestidor para hacerse una bodega, o se les da por la cocina y se enojan cuando toda la familia no salta de alegría porque estuvieron todo el día preparando espárragos blancos atemperados con pétalos de crisantemo.
También están los que se han acercado a la onda zen, lo que implica empezar a convivir con alguien que trata de imitar la cara del subnormal Claudio María Domínguez todo el tiempo, una entrada libre y gratuita a la trompada feroz. Empiezan a comer sano, dejan la harina, la fábrica de pastas se convierte en un antro de perdición y una molleja es un pasaporte al infierno. No se pierden una clase de tai chi ni por putas y suelen jactarse de poder vivir con poco dinero, eso sí, les encantan las cosas caras que compran con lo que gana la mujer. Pretenden que la casa se convierta en una especie de tienda de productos orgánicos y rompen las pelotas porque la mujer no compra mijo para condimentar la ensalada de rúcula. Porque lo cierto es que todos, absolutamente todos, tienen algo en común: rompen las pelotas sin parar. Qué carajo les pasa, me pregunto yo. Entonces, se me ocurre que lo de las minas es más meritorio, tal vez no se crean artistas con mayúsculas, tal vez sea sólo un tipo de terapia ocupacional. Una especie de “en lugar de reventarle el cerebelo de un itakazo, me pinto un cuadrito”. Viéndolo desde ese punto de vista, no está mal.

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