jueves, 17 de noviembre de 2011

No podía...

Entre otras cosas, volver a formar una pareja. “A mí no me enganchan más, a mí no me engañan más”, se dijo Nacho después de su última separación. No podía saber en ese momento que al poco tiempo aparecería Luz, tan llena de tacos, polleras cortas y sonrisas. Al principio, la trató con la frialdad y la distancia que le dictaba su herida. No podía entusiasmarse. Él hablaba, ella escuchaba. Él perdía algo, ella lo encontraba. Él hacía un chiste, ella se reía. Nada más. Pero las horas de oficina compartidas eran muchas e hicieron su trabajo. Desayunos y almuerzos laborales, reuniones después de las cuales se tenían que quedar solos para terminar alguna presentación tranquilos, llamadas nocturnas para cerrar algún tema pendiente en las que inevitablemente se filtraba algún comentario personal. Poco a poco, casi sin darse cuenta, se hicieron casi amigos, casi cómplices, y Nacho empezó a imaginar que tal vez Luz fuese diferente, que tal vez ella podría, que tal vez ella lo haría posible. Igual se tomó su tiempo. No podía apurarse, cansado de errores como estaba. Hasta que la invitación a cenar resultó inevitable, como inevitable fue que Luz aceptara ir a su casa. Lo que no dejó de producirle una cierta sensación ambigua. Hubiera preferido que la primera vez dijera que no. “No será perfecto pero será”, pensó. Pero no fue.

En un momento dejó de insistir, era inútil. Luz, soportando su cuerpo casi muerto sobre el propio, sólo le dio un par de palmaditas en el hombro, tratando de consolarlo, como una maestra trata de hacerlo con un chico de seis años al que se le rompió el juguete. “No es nada, no te preocupes, a veces pasa”. Fue el tono en que lo dijo lo que le hizo levantar la cabeza de inmediato. Se tiró para un costado y la vio; tan acostada, tan sonriente, tan blanca, tan desnuda, tan fácil y tan imposiblemente penetrable al mismo tiempo, que la escupió. “Y tomatelás, salí de mi casa, pensé que vos ibas a poder, pero sos tan inútil como las demás, pavonean ese culo que Dios les dio al pedo y que no les sirve para nada”, dijo mientras prendía un cigarrillo, con la misma voz que usaba para pedirle un café. Luz, con sus veintidós años, no quiso, no pudo, no se atrevió a decir nada; se vistió, se fue y al otro día renunció. “Me dejé engañar otra vez, no aprendo más, ahora me tengo que buscar otra secretaria”.

1 comentario:

Arturo dijo...

Dios da pan a quien no tiene con qué mascar.