lunes, 5 de diciembre de 2011

La Emilia 125: Desayuno con pitutos y chavetas (no serán diamantes pero algo es algo)

Siete de la mañana, ojos como huevo duro decía mi abuelo. Un día en toda la semana que puedo dormir hasta las diez, la puta madre carajo. No hay nada peor que quedarse dando vueltas, así que me levanto. Abro la heladera, nada para desayunar. Y bué, me voy a tener que bañar y bajar a tomar algo al bar de la esquina. No hay agua caliente, termotanque apagado. Me cago en la reputísima madre que lo parió a José Calorama. Como soy previsora, en algún momento pegué un cartelito en el aparato con las instrucciones para encenderlo. El cartelito dice: ‘es imposible prender este artefacto de mierda, llamalo a Ramón’. Igual, trato. No logro ni una llamita de lástima. No sé de qué me sorprendo, tengo la feromona tan por el piso que no logro encender ni un aparato. No hay manera. Intento una vez, dos, tres, a la cuarta lo cago a patadas y bajo a buscar a Ramón. “No está, Emilia, se fue a pagar unos impuestos, no vuelve hasta la tarde”, me dice la mujer. Este Ramón es un fenómeno, es el único encargado del planeta que tiene que ir a pagar algo mínimo una vez por semana, casi siempre los viernes. Teniendo en cuenta que fuera muy posible que no lo encontrara en todo el día, decido llamar al service. “Buenos días, habla Flavia, ¿en que lo puedo ayudar?” “La.” “¿Perdón?” “La puedo.” “¿Perdón?” “Perdoooón, perdoooooón, ¿te estás confesando, nena? ¿No me escuchás la voz, querida? Soy mujer, ‘LA’ puedo ayudar, ¿entendés ahora?” “Discúlpeme, ¿en qué LA puedo ayudar?” “A ver, corazón, si llamo a un servicio de reparación de termotanque, ¿vos pensás que estoy buscando el Santo Grial? Necesito un técnico.” “¿Qué modelo es?” “¿Quién?” “El termotanque, señorita.” “No tengo la más puta idea.” “Debe figurar en el manual, señorita.” “No me digás más señorita que me vas a sacar loca. Decime, ¿quién carajo guarda los manuales? ¿Qué te pensás que soy? ¿mi abuela?” “En el aparato mismo, debe haber una chapita con el número de modelo.” “No hay ninguna chapita.” “No puede ser, fíjese bien, por favor.” “¿Vos me estás tratando de miope? Tengo el termotanque delante, no hay nada.” “Si no me dice el número de modelo no hay nada que pueda hacer por usted.” Es una lástima no poder cagar a trompadas a alguien por teléfono. Tengo un objetivo, bañarme. “Digo yo, y si me mandás al técnico, ¿él no se dará cuenta de qué modelo es?” “Espere un segundo, no me corte, voy a ver que puedo hacer por usted.” Cinco minutos escuchando a Waldo de los Ríos, son unos hijos de puta. Vuelve Flavia. “El lunes entre las ocho y las catorce el técnico pasa por su casa. ¿Direcciooón?” “Hoy es viernes, mi amorrr.” “Nuestros técnicos están todos ocupados en el día de la fecha.” “A ver si me entendés, nena, no tengo agua caliente, me quiero bañar.” “Señorita, si quiere anote el número de reclamo, el lunes entre las ocho y las catorce un técnico pasará por su domicilio.” “Encima de bañarme tres días con agua fría me tengo que quedar seis horas esperándolo, ¿vos te pensás que yo me rasco la argolla? ¿que no tengo nada para hacer más que esperar a tu técnico del orto?” Me cortó, loca de mierda. Por suerte mi ángel de la guarda me toca el timbre. “¿Qué te anda pasando, Emilia? Me dijo mi mujer que me andabas buscando.” (Vengo medio mal de ángeles últimamente) “¿Qué te pasó a vos? ¿Te dejaron plantado?” “¿Por?” “Nada, yo me entiendo, y vos también me entendés pero te hacés el boludo. No importa… Ramón, se me apagó el termotanque, ¿lo mirás, por favor?” Diez minutos mirando el aparatejo en cuestión sin pronunciar una palabra. “Ramón, hay que prenderlo, no hay que hacerle cirugía cardiovascular.” “Emilia, tenés el orificio del piloto tapado.” “Podría contestarte tantas cosas, Ramón, pero sólo te voy a preguntar si lo podés destapar.” “Sí, es una pavada, pero aparte, la termocúpula está suelta, necesitaría una virola, y ya que estamos purgamos el aire de la tubería y de paso habría que cambiar este niple que está oxidado.” “¿Cuándo aprendiste a hablar chino vos?” “Si querés te anoto lo que necesito, vas a la ferretería y en un par de horitas tenés agua caliente.” “Y bué, ya que estamos.” Y sí, Ramón es definitivamente mi ángel de la guarda.
Entro al negocio en cuestión y me recibe un muchacho que tenía puesta una remera que decía: ‘Rompeme el corazón no las pelotas’. Interesante. “Hola, ¿qué necesitas?” Le entrego el papelito como si fuera muda, era bastante musculoso. “Tenés problemas con el temotanque.” “Entre otras cosas.” “Bueno, vamos a tratar de resolverte lo que podamos.” Mientras revolvía cajoncitos, me dice: “¿Sos del barrio? No te había visto nunca por acá.” “No soy asidua concurrente a ferreterías.” “Mal, muy mal, los ferreteros somos expertos en solucionar problemas.” “Ah, ¿sí? Mirá vos qué bien.” “¿Viste?”, me dice y mientras envuelve todos esos cachivaches y pitutos que me pidió Ramón en papel de diario agrega: “Te propongo algo, vos te llevás todo esto, no me pagás, y mañana a la noche, mientras comemos algo y nos tomamos una cerveza, me contás cómo te fue, si te sirvieron las cosas me pagás, si no me las devolvés y, ya que estamos, me contás tus otros problemitas a ver si puedo hacer algo.” Y bué, ya que estamos…

3 comentarios:

mario capasso dijo...

espetacular, sin la c de cama, que ese será otro capítulo, supongo, quiero creer, eso espero,

orlando sniechowski dijo...

muy bueno..............y sirve
"que no hay mal que por bien no venga" final feliz.............????

Adriana Menendez dijo...

muchas gracias, MARIO; y será... por supuesto que será. beso.


gracias, ORLANDO; servir, sirve, si tendrá un final feliz, vaya una a saber. beso