Se lee en la contratapa:
“Hasta hace poco, la juventud argentina era, para la sociedad, gente borracha o drogada, despolitizada, que miraba el futuro con escepticismo. Los últimos jóvenes idealistas (e ideales) que concebimos fueron los treinta mil desaparecidos. Los jóvenes que siguieron fueron condenados a llorar con culpa ajena muertos que no eran suyos, a vivir entre fantasmas y como fantasmas. Ellos y sus obras eran invisibles. Pero entre estos jóvenes sin legitimidad para sentirse jóvenes nacieron los escritores de una literatura nueva, de enorme potencia, que sin embargo la mayoría ignoró. Los prisioneros de la torre. Política, relatos y jóvenes en la postdictadura no es sólo un libro de sobre literatura. Elsa Drucaroff lee un país derrotado, un camino que llevó a diciembre de 2001 y que tal vez recién ahora empieza a remontarse. Lee la biografía de los nuevos y la de los militantes de los años setenta, lee su propia biografía y denuncia una sociedad descompuesta. Pero también éste es un libro de crítica. Monumental, riguroso, escrito con claridad y pasión, polemiza duramente con Beatriz Sarlo, enjuicia la función de la crítica académica en democracia, cuestiona gustos establecidos.”
Se lee en sus páginas, entre otras cosas:
“…la sociedad que no lee lo que su gente escribe no se piensa, no quiere saber de sí, es una sociedad que se barbariza y se descompone.”
Los prisioneros de la torre, un libro destinado a convertirse en un clásico de referencia obligada.


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