martes, 31 de mayo de 2011

Transparencias.


Muchas gracias a la Revista Transparencias, y en especial a Antonio Torres Tripiana, por incluir en su último número dos de mis cuentos, “el del abuelo” y “el del ama de casa”. Aquí la revista en formato PDF.

viernes, 27 de mayo de 2011

La Emilia 112: Volvió una noche, sí lo esperaba.

Un día se rajó. Para mí que en ese momento vio el quilombo de la hostia que se avecinaba y prefirió evitárselo. Lloré, lo extrañé, me busqué otro, lo reemplacé. La relación con el nuevo no fue fácil al principio. Las comparaciones eran inevitables. No me mordía la oreja como el otro, no me calentaba los pies en la cama, prefería dormir cabeza con cabeza. Sin embargo, nos fuimos adaptando, en el fondo tienen muchas cosas en común: a ninguno de los dos les molestan las perchas que dejo colgadas en los picaportes, no me critican la media manzana que dejo oxidándose en la heladera ni el medio limón eternamente seco, no les jode que las puertas estén siempre entreabiertas, por el contrario, sobre todo esto último les encanta. Por otra parte, los dos pueden llegar a comportarse como psicóticos en el auto, les gusta acompañarme al baño e interrumpirme cuando estoy leyendo o escribiendo. Casualidades de la vida tal vez, volvió cuando yo estoy convencida de que todo terminó. No pienso averiguar dónde carajo estuvo todo este tiempo, no me importa. Total, que me parece que Siamés, Negro Atorrante y yo vamos a tener una convivencia envidiable.

martes, 24 de mayo de 2011

La Emilia 111: El banquete de la boda y sus consecuencias.

Detesto las sorpresas, sobre todo cuando no me las espero. Ya sé, no va a faltar el boludo que cuando lea esto piense, ‘ahí está La Emilia tratando de escribir una frase original y pretenciosamente literaria’. Yo pensaría lo mismo, pero váyanse a cagar, porque lo que por lo general me sucede es que de verdad me las veo venir, lo que es un embole y toda una carga porque me veo obligada a hacerme la sorprendida todo el tiempo o por lo menos cada vez que las circunstancias lo ameritan, que es muchas veces aunque usted no lo crea, por ejemplo, cuando te hacen un regalo de cumpleaños, sobre todo si te lo hace Mami que abona la teoría del regalo necesario y siempre dice ‘no sé qué regalarte porque tenés de todo’, vaya una a saber qué es lo que ella entiende por todo… me estoy enredando en un quilombo del que no sé cómo voy a salir, aunque ya debería estar acostumbrada, es sólo uno más de los tantos que pululan por mi existencia. Total que, repito, las detesto. Por eso cuando lo vi haciéndose un café como si fuese lo más natural del mundo pegué un grito todo lo chillón que los mil cigarrillos que me había fumado la noche anterior me permitieron. “¿Qué hacés acaaaaaaaaá, desubicadooooooo?” Creo que a esta altura no es necesario aclarar que para mí la paz no pertenece a las mañanas, no pertenece a ninguna parte del día la verdad, pero a las mañanas, menos. O sea, el compuesto mañana+sorpresa es devastador. Y si encima me hablan en diminutivo, la hecatombe es inevitable. “No me vas a decir que no te acordás nada de lo de anoche, preciosa. ¿Tan borrachita estabas?”, me contesta el pelotudo. Y sí, de todo me acordaba, por supuesto, de los impresentables que me tocaron en la mesa; de los videos empalagosos (la exhibición impúdica y exagerada de sentimientos es berreta, no jodan); del baile y de la cara de ganarse el Loto que tenía el abuelo cuando lo saqué a bailar el tango; del infaltable carnaval carioca, con los sombreros gigantes, la crema pegajosa y las cosas que hacen ruido, (entre paréntesis, no entiendo a la gente que se los lleva a la casa, ¿qué carajo vas a hacer con un collar de telgopor o un sombrero de goma eva? ¿Y los que se llevan el centro de mesa? Cirujas, eso es lo que son); me acordaba también del comportamiento de los amigos del novio en el carnaval carioca: asquerosos tirapedos, transpirados, borrachos y saltando todo el tiempo juntos como una manada de monos en celo; me acordaba de las cintitas (había dos tortas, una con cintitas para las mujeres y otra con cintitas para los hombres, un detalle muuuuuy posmo gordi), las ligas y el ramo que pensé que ya habían pasado de moda pero no, ramo por el que ahora compiten no sólo las solteras que lo pretenden con devoción si no también las liberales que conviven con sus parejas porque firmar un papel es estúpido pero en el fondo están desesperadas por tener el anillo y también acuden a él las separadas a las que por obra y gracia del espíritu santo les creció nuevamente el himen y quieren volver a casarse cual doncellas. Por supuesto que no faltaron las superadas que hacen como que no les importa y van por obligación, yo prefiero aprovechar para ir al baño. A la pata de cordero no llegué, demasiados daikiris, el vestido ya me apretaba, quería sacármelo y el flamante cuñado se ofreció para la tarea, y acá nuevamente a él, el desubicado que se anda paseando en calzoncillos por mi casa. Espectáculo desagradable como pocos a la luz del día, cuando una se acaba de levantar, apenas puede abrir los ojos y se dirige arrastrando los pies, rascándose la cabeza, y por qué no otras partes del cuerpo con la completa y total impunidad que te da el vivir sola y estar absolutamente segura de ello. “Me acuerdo perfectamente de todo, nene, hasta de que lo último que te dije fue ‘en la mesa de la cocina están las llaves, chau’. Repito, ¿qué hacés acá?” “Bueno, no te quise dejar solita, preferí quedarme a cuidarte.” Y dale con el diminutivo… “No necesito que nadie me cuide, bombón.” “Ay, che, después de la noche que pasamos, pensé que te ibas a alegrar al verme”. “¿Pero vos sos boludo de nacimiento o estás haciendo un curso on-line? Aparte, de qué noche me hablás, idiota, si lo tuyo fue más corto que pito de chihuahua.” En el barrio cuando me ven pasar dicen ‘ahí va La Emilia, la sutil’. “Había escuchado algunas cosas de vos pero pensé que no eran ciertas.” “Pero lo que escuchaste de mí me importa tres porongas, querido, haceme el favor, vestite y andate”. Porque era verdad, no me importaba. Porque lo mejor de la noche fue darme cuenta de que lo que pensé que todavía me importaba, no me importaba un carajo. Volver a empezar, diría Lerner. Por suerte, porque este capítulo ya me tenía re podrida. Chan chan.

jueves, 19 de mayo de 2011

La Emilia 110: Una sola boda y ningún funeral (aunque muertitos había unos cuántos)

Como siempre, llegué tarde; suelo llegar tarde a muchos lados, sobre todo a las iglesias, en realidad creo que es dios el que me llega tarde, no, como escuché alguna vez por ahí, a mí dios me queda lejos; eso, ni tarde ni temprano, lejos. Pero bueno, no me quiero ir de tema como siempre... Los curas me alteran el sistema nervioso central, me entusiasman tanto como ser jurado del Festival Latinoamericano de Documentales de la Industria Metalúrgica y Afines, sobre todo si se quieren hacer los piolas, ‘cura piola’ la verdad me suena a oximoron, la mierda que soy culta y si quiero puedo usar palabras difíciles; y bué, me alteran tanto que no puedo parar de decir boludeces con sólo recordarlo. Total que los novios ya estaban saludando, como corresponde, en el atrio. Voy directamente hacia Sandra, que me lleva a un costado y me dice: “No sé cómo me ves vos, pero yo me veo el ojo derecho un poco redondo, ¿qué opinás?” “Quedate tranquila, los tenés los dos iguales”, le contesto como si me hubiera hecho la pregunta más normal de la tierra. “Ah, bueno, menos mal, ¿te gustó la ceremonia?” “Preciosa”. Qué otra cosa podía yo decir. Beso de rigor con el novio y me alejo rápidamente porque casi se me escapa un ‘lo siento mucho’. A veces me pasa, confundo las frases que hay que decir en distintas circunstancias, entonces me apuro porque tampoco es cuestión de llegar a un velorio y saludar a la viuda con un ‘te felicito’, bueno en realidad depende del muertito, basta, Emilia, flaca, no te vayas, flaca vení… y ya me estoy por ir a la mierda otra vez pero me contengo. Total que de ahí huí raudamente a buscar mi batata cósmica, no fuera a ser que me encajaran a alguna de las sobremaquilladas tías para llevar al salón. Me esperaba el famoso cocktail de recepción, ese momento en que los malabaristas del Cirque du Soleil te envidiarían por la capacidad que desarrollás para sostener al mismo tiempo la cartera, el pucho, la servilleta, la copa y ese bocadillo indefinible que vaya una a saber de qué es, atún o cerdo sabe igual, al mismo tiempo que hacés equilibrio sobre los tacos, y reprimís la tentación de mandar a la reputísima madre que la parió a la tía de tu amiga, porque zafaste de llevarla en el auto pero no de que te pregunte “¿Y vos para cuándo?” Peor estaba la suegra, aunque ella no se diera cuenta. La madre de Sandra tenía razón, es bastante culo con arandela, vestida con todos los oropeles (¿qué carajo me pasa hoy? O-ro-pe-les, Houston, tenemos muchos problemas) bueno sigo, como pretendiendo aparentar que la novia era Josefina Vergara Crotto de Quiroga y su hijo Joaquín Edgardo Micheo Pennington. Le salió para el culo igual, porque el vestido se lo había hecho la modista de Devoto, y la verdad la hija de puta merecería estar del lado de adentro de la Villa. Verde loro, perlas, strasses y brillos, le agregaba un par de plumas y la declaraban Monumento Nacional al Loro Barranquero. Mucho spray y sombra a tono, of cors. El suegro, de riguroso pingüino y toda la pinta de ponerle trabavolante al Fiat Duna cada vez que se baja a comprar cigarrillos y de tomar mate con edulcorante, con eso te digo todo. Mientras tanto, la pareja en cuestión, no la protagonista si no la en cuestión para mí, estaba un tanto alejada. El chancho jabalí no paraba de clavarme los ojos, menos mal que me había puesto el calzón rojo. Hice un leve gesto con la cabeza, que él respondió con uno aún más leve, y la verdad, para mi sorpresa, la cucaracha que me anda en esos momentos por el estómago no me chifló, lo que me tranquilizó, porque si la cuca está calma, está todo bien. El que se me acercó fue el hermano del novio. No sé qué le picó al niño. “¿Con quién te tocó en la mesa?” “No tengo la menor idea.” “Si te aburrís te salvo.” “¿Cuándo te recibiste de superhéroe vos?” “Ah, sos brava.” Me han dicho tantas veces eso que ni me molesté en contestarle, para qué, permiso. La hago corta, tres parejas que no conocía y una antigua vecina de Sandra del barrio de cuando era chica que cuando me vio lo primero que dijo fue, “Ay, Emilia, estás igual, no te reconocí.” No pienso entrar a analizar tamaña frase en este momento. Los novios entraron con Soy feliz de Montaner, de ahí en más ya nada podía ser peor, pensé yo. Equivocada, como de costumbre. Por un lado, nobleza obliga, la comida era bastante rica, indescriptible eso sí, no tengo la más puta idea de lo que comí, algo así como quiche de melón a la palta con salsa de limón sobre finas lonjas de lomo. Pero por el otro, mamita, por el otro… La vecina no paraba de repetir ‘¿te acordás cuando…?’, algo a lo que yo siempre respondía ‘no’ con la mejor sonrisa que podía fingir; la pareja que tenía al lado se daban de comer en la boca todo el tiempo; vimos cuatrocientos treinta y tres videos, de fotos románticas, de ellos juntos, de ellos por separado, de ellos chiquitos, de ellos en situaciones ridículas, de él con cuatro años agarrándose el pitulín en las playas de Mar del Plata y de ella con el culito al aire en la bañadera, y todos invariablemente terminaban con alguna frase que nos ilustraba sobre cómo ellos se aman, supongo que entre ellos y a sí mismos, los padres los aman, los amigos los aman, todos aman a todos y a su prójimo como a sí mismos (alguna vez voy a escribir algo sobre esas frases que me sacan de quicio), un asco de amor, bah, todo tan ‘cute’ y rosa que no sabía si dormir o vomitar; y las tres minas casadas hablaban continua y superpuestamente de niñeras, mucamas, pediatras, jardín de infantes… cuando llegaron al tema ‘la practicuna y su funcionalidad’ pensé en simular un paro cardíaco y huir pero, y por suerte siempre hay un pero, apareció el hermano en cuestión y me dijo al oído, “¿Querés que te salve?” “Por favor… y no te agrandes.” Y bué, pensé, con que sepa sacar un vestido con corset me alcanza... Continuará…

martes, 10 de mayo de 2011

La Emilia 109: A falta de encaje antiguo, pasame el arsénico (y, si podés, algo de vaselina)

Sandra me llamó un par de días después del civil. “Quedate tranquila que está todo bien”, me dijo. “Te cuento que yo muy nerviosa no estaba, Sandrita, pero me alegro.” “Gracias, por suerte todo ha vuelto a la normalidad.” Siempre me llamó la atención la capacidad que tienen algunas personas de ‘volver a la normalidad’. No sé como hacen. Vaya una a saber qué carajo es la normalidad por otra parte. Seguramente es ese lugar del que yo me salgo todo el tiempo y al que nunca sé cómo volver. Total que Sandra me seguía hablando mientras mi cabeza andaba por otros lados y escuchaba parte de lo que decía. Creo que me hablaba de los preparativos de la fiesta, pobre, no se da cuenta de que a mí eso me interesa tanto como enterarme de que Lita de Lazzari tiene diarrea. Qué fea que es esa vieja, insoportable, ¿vivirá todavía?, me fui yo por las ramas sin ninguna sustancia intoxicante de por medio porque la conversación de Sandra ya me hacía irme demasiado. “Es que yo he disfrutado tanto del proceso, de este camino que hemos recorrido juntos, que el resultado vino solo”, escucho de pronto que dice. No la quise contradecir, para qué, ya puso el gancho. No paraba de contarme cuánto gozaba eligiendo los arreglos florales para las mesas; son los momentos en los que me encantaría sufrir un súbito ataque de sordera feroz y temporaria. “Vos tendrías que aprender a relajarte un poco más, Emi.” Qué se pensará esta pelotuda, ¿qué yo no gozo de la vida porque no hice ningún curso? Piedad, me dije, es una novia al borde del altar. Vaya una a saber también al borde de qué estoy yo. Sólo contesté: “Bueno, San, tampoco es que no sea feliz porque me falte preparación.” “¿Y por qué no lo sos, entonces?” Con una frase medianamente ingeniosa cualquiera siente que es inteligente y que tiene un master en psicología. “No sé, corazón, acá la protagonista sos vos, pasala bomba, disfrutá de la elección de souvenirs, nos vemos el sábado.” Y si podés andá a meterle el dedo en el culo a Freud, no le dije. Ni tampoco mencioné a todos saben quién ni a su acompañante el hipopótamo con aires de diva mexicana. Total que llegó el bendito sábado. Fui a lo de Natalia, me peinó y me maquilló, listo espectacular, quedé hecha una diosa. “¿No querés que vaya a tu casa a ayudarte a vestirte?” “Pero no, boluda, tampoco la pavada.” Error. Me olvidé de que me había comprado un vestido diviiiino… pero con corset. Algo específicamente prohibitivo para cualquier mina que viva sola con un gato. Me dije, vas a poder Emilia, vamos... Quedé atrapada con los brazos hacia arriba, prácticamente sin poder respirar, girando como condenada por la habitación y gritando “no te rías, hijo de putaaaa”; al gato le gritaba, por supuesto. El reverendo conchudo no subía ni bajaba; el vestido, por supuesto, no el gato. Ciega y como pude, llegué hasta el living y me desplomé en el sillón. Cada tanto movía los deditos para comprobar que aún tenía circulación. Y ahí quedé, entubada. Tampoco iba a salir como loca a gritar por el pasillo. ‘Socoooorro, auxiiiiilio, llamen a los bomberos’. Además no podía hacer absolutamente nada. Estaba paralizada, quieta y muda. Qué paradoja, lo que vino a lograr un cacho de tela. Listo, pensé, es el fin, muero sola y asfixiada por un puto corset. Me imaginé la placa roja de Crónica y todo. Triste, muy triste. Y lo peor, sin poder fumarme un último pucho. Y de pronto, el hada madrina. Suena el portero eléctrico. Voy a los saltos, con el culo al aire (el vestido era corto, vino casi sin pollera), los brazos acalambrados, exhausta y llego como puedo hasta el aparato. Lo descuelgo a los golpes, me siento en el piso para estar a la altura del auricular y, con la nariz totalmente aprisionada entre telas, pregunto: “¿Ién e?” “Soy yo, Emi, Vero.” “Ajiste a ave?” “¿Qué?” “I ajiste a ave”. “Ay, Emilia, no me asustes, no te entiendo nada, ¿qué te pasó?” “Encá, a uca mae que e paió”. “Emiliaaaa, entro”. Tres minutos después abría la puerta de mi departamento a los gritos. “¿Dónde estaaaaás? Vine a ver cómo estabas, menos mal que traje la llave… Emi, ¿qué hacés ahí?” La maldita costumbre que tienen las personas de hacer preguntas estúpidas. “Omo no me pue hace a venda fía me etoy enfiando el cuo con el mosaico”. “Ay, no te entiendo”. “Auame a uta que e paió”. De a dos es más fácil. En un santiamén, decía mi tía, estuve liberada y en otro Natalia estaba en casa con un arsenal de maquillaje para arreglar el desastre en que me había convertido después de la lucha cuerpo a cuerpo con el trapo. Las chicas solemos ser así (salvo alguna que otra yegua mal parida), capaces de correr como locas porque a una amiga se le corrió el rimel. Porque el rimel puede parecer una pelotudez pero, según las circunstancias, puede llegar a convertirse en un asunto de estado. Y eso una amiga lo entiende a la perfección.

Y partí rumbo a la iglesia, divina otra vez, y con el firme propósito de no volver sola porque, como me dijo un amigo hace poco, ‘hay que estar preparado, siempre se sabe cómo arranca una noche pero nunca cómo termina’. Además, alguien me iba a tener que ayudar con el vestido. Pero lo que pasó después queda para otro momento.

miércoles, 4 de mayo de 2011

El buen vecino.


Para qué lo voy a engañar, mire, la mayoría de las veces me levanto y digo ¿para qué? ¿para qué seguir? Lo que pasa es que no me da, qué sé yo, será que mi vieja me mandó a un colegio de curas, tantos años escuchando que era pecado, que el que lo hacía iba al infierno, que Dios se enojaba, que no podía siquiera pensarlo… Además, yo no sé si usted sabe, pero mi papá sí lo hizo. Y yo fui testigo de lo que sufrió mamá. Ella siempre dijo que era cosa de cobardes. Y bueno, durante algún tiempo me olvidé del tema. Bah, no me olvidé, lo guardé en algún lugar y seguí de la mejor manera que pude. Le juro que traté de entretenerme, siempre. De chico, por ejemplo, para descargar nervios, llevaba perros a un baldío que había acá cerca, ¿se acuerda? al lado de la fábrica, y los acuchillaba hasta que dejaban de respirar. Me gustaba después quedarme un rato mirándoles la cara. Usted vio que la cara de los muertos es muy extraña. En realidad, los extraños son los muertos, tienen un comportamiento inexplicable. ¿Usted sabe que pueden liberar gases, por ejemplo? Fascinante... Lo que pasa es que nunca quise ser lo que soy, aunque también es cierto que nunca supe bien qué quería. Salvo lo que le conté ayer. Y como usted es un buen tipo se preocupó. Y entonces, decidió venir a verme hoy y contarme lo que le pasa a usted y que se va, porque hay que enfrentarlo tarde o temprano usted se va a ir. Y yo lo voy a ayudar, para que se pueda ir más rápido, para eso nos conocemos de hace más de treinta años… Es muy difícil, vea, llevar una vida normal con esta ausencia de todo a cuestas. Esa sensación de que nada vale la pena. Usted seguro que me entiende. Disculpemé que lo aburra con mis problemas, pero ya que no nos vamos a ver más… Usted sabe, tantos años que somos vecinos, que siempre traté de hacer lo que correspondía. Yo estudié, me recibí, mamá está contenta con la placa de veterinario en la puerta de casa. Porque eso sí, nunca me pude mudar. El barrio es el barrio. Además, no la puedo dejar sola a mamá. Ni meterle a nadie en la casa, ella no podría estar con otra mujer. Y justamente por esto, y porque hablo poco y saludo a todos, la gente en general piensa que soy bueno. Pero la verdad es que he sufrido mucho, nada más. Usted no sabe lo que es levantarse todos los días... Y hará como cinco años se me ocurrió esta solución. Yo no puedo hacerlo, Dios no me deja, está bien, pero voy a convertir esto que siento, este vacío indecente, en piedad. Y justo usted viene y me cuenta que tiene cáncer, y somos vecinos de toda la vida, casi amigos, no me puedo negar a ayudarlo. Cada vez que alguien me cuenta algo así, yo lo ayudo. Por eso, volviendo a lo que le decía al principio, como a mí no me está permitido liberarme de este yugo, yo lo voy a liberar a usted. Pero no se asuste, lo até para que no se vaya, pero no lo voy a hacer sufrir, va a ser rápido. Así me voy entreteniendo, ¿vio?