jueves, 30 de junio de 2011

La Emilia 115: Fiebre de sábado por la noche (y calentura de domingo por la mañana)

Todo el mundo sabe… que el sur también existe… uy, empecé yéndome a la mierda, todo mal, empecemos de vuelta… Ya sabe todo el mundo que no soy muy afecta a las reuniones sociales en las cuales participen más de tres o cuatro personas, siendo éstas mis amigas y yo, cuando me soporto, porque si estoy en uno de esos días en que me aburro de mí misma y me agoto, ni siquiera ésas me gustan. Si encima, en dichas tertulias te obligan a presenciar el bochornoso espectáculo de ver a un boludo grande soplando una velita y a un montón de otros boludos alrededor cantando el apio verde tuyú, el páncreas te explota. Pero total que una no quiere despreciar las invitaciones de los alumnos y allá fuimos (yo y todas mis personalidades) a intercambiar conversaciones innecesarias con nuevos personajes ya vistos muchas veces. Pero, siempre cada tanto aparece un pero… Y este pero era un morocho de ojos verdes que no paró ni un segundo de decir todo lo correcto. Como me gusta a mí. Sin vueltas. Sin necesidad de hacerse el gracioso. Yo no soy de las minas que cuando le preguntan qué espera de un hombre contesta ‘que me haga reír’. Para eso lo miro a Capusotto. Por ejemplo: “Me voy”, digo yo. “¿Estás en auto?”, contesta él. “No.” “¿Y para dónde vas?” “Para allá.” “Qué casualidad, yo voy para el mismo lado. Te llevo.” Una maravilla. Una joya de minimalismo dialéctico. Me llevó, por supuesto, a su casa. Qué noche, Teté. Tan Teté, y pe pé pe pé pe pé, que me quedé a dormir. Pero, siempre cada tanto aparece un pero… Y este pero era un cochecito de juguete que el susodicho pisó cuando galantemente se levantó a preparar el desayuno.
Desde la época que veía a Los Tres Chiflados que una caída no me hacía reír tanto. “¿De qué te reís? Ayudame a levantarme, nena, creo que me torcí un tobillo.” El tonito, de movida, me cortó la carcajada. Y el ‘nena’, la verdad, me cayó para el orto. “Nena no, nene debe ser el dueño del cochecito, ¿no?”, le contesté. “Sí, pero hasta la noche no llegan, se fueron el fin de semana al country… ¿Qué me mirás así? ¿Me vas a decir que te importa? Dale, traeme hielo de la cocina que si se me hincha mucho no voy a poder jugar al tenis a la tarde.” Y entonces, como yo no iba, a la luz del día, no paró de decir todo lo incorrecto. Esta vez, fui yo la que se vistió y se fue. Pero, por las santas pelotas de San Expedito, siempre cada tanto aparece un pero…

jueves, 23 de junio de 2011

La manzana.


Tarde o temprano hay que morder la manzana, escuchó o leyó alguna vez por ahí. Y ella mordió, en la noche más deshilachada de todas las noches, que para colmo no fue la única, aunque reconocía que algunas de esas noches no la había pasado tan mal. Por eso también estaba segura de merecer la consecuencia. Cuando se lo dijo a la tía Augusta, casi le cuenta todo pero ella la miró. Y a lo único que ella siempre la había tenido miedo era a los celestes y vidriosos ojos de la canosa tía Augusta, la especialista en ignorar el presente y en fabricar recuerdos. “Y ni pienses en agregar otro pecado al que ya cometiste. Porque ahí sí que no te voy a ayudar”. Ahora se encontraba en una cama de hospital y tenía dos miedos, algo había ganado. Rodeada de palabras pegajosas, de un silencio cargado de frases dichas tantas veces que no valía la pena repetirlas, segura de haberse metido en un laberinto del que nunca podría salir, porque aunque quisiera escapar por arriba, las paredes eran muy altas; lloraba, nada más. El tío la consolaba, “Yo te voy a ayudar, nunca te voy a dejar”, y al mismo tiempo le susurraba al oído, “pero no le cuentes a la tía, si no no voy a poder hacer nada”. Eso que le acababan de poner en los brazos, a lo que todavía no podía darle un nombre, recién empezaba, y no tenía la menor idea de cómo hacer para terminar queriéndolo.

miércoles, 15 de junio de 2011

La Emilia 114: Tarde de perros (y mañanas y noches y días enteros)

Resfrío. Trabajo. Recaída. Demasiados días adentro, demasiada energía contenida, como para que el mundo me reciba de esta manera. Bah, no fue el mundo, pero fue suficiente. Resulta que me encuentro a la esposa del portero, vieja chusma delincuente, y me dice, “Ya estás mejor, Emilia, qué suerte, hacía varios días que no te veía.” “Sí,” contesto yo con la locuacidad que me caracteriza. “Y bué, hay que ver el lado positivo de las cosas, pudiste descansar.” Listo ya me cagó el día. El-la-do-po-si-ti-vo-de-las-cosas, ¿qué dice esta mina?, si hasta mi sangre es rh negativo. Si hay algo que detesto son los distraídos repetidores de frases vacías, abribocas abombados, filósofos de pacotilla que con tres o cuatro palabras desteñidas pretenden demostrarte lo buenos que son cuando lo único que hacen es demostrar que tienen la capacidad de reflexión de un protozoo. A ver, por ejemplo, ‘Hay que ver el vaso medio lleno’, pero mirá, babieca con Master en satisfacción, lleno tenés vos el culo con todos los proyectos con los que no te animaste a terminar de llenar ese vaso, merecerías que te proclamen Rey de la Fiesta Nacional del Salame. ‘Donde hubo fuego cenizas quedan’, vocifera a los cuatro vientos una boluda inefable cuya vida es tan aburrida que si le llegás a pedir que te cuente un secreto te dice que de vez en cuando se toma un laxante. ¿Qué carajo querés hacer con las cenizas, idiota? ¿Recibirte de ave fénix? Estos repetidores, imbéciles convencidos de que el justo medio existe, tienen menos crecimiento que un enano; no fuman, no beben, y cuando lo hacen la culpa los lleva a ir caminando a prenderle una vela a la Virgen de Yaciretá Aapipé. ‘La felicidad se encuentra en las pequeñas cosas.’ Entonces vení que te doy una pequeña patada en el medio de tu reverendo traste y hacémela conocer. ‘El dinero no trae la felicidad’, dice una forra de cuarenta años, vestida como adolescente y escuchando Radio Disney, mientras se baja de su camioneta cuatro por cuatro a la que le polarizó los vidrios para que no la jodan los pibes que piden en la calle. Y no quiero entrar demasiado en los que tienen un tufillo religioso para que no se me ofenda nadie. Bué, oféndanse y vayánse a cagar. ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’. Pero dejate de joder, yo no sé si me amo a mí misma, mirá si voy a andar perdiendo el tiempo amando al inservible de mi vecino, que sacó un crédito para pagar la fiesta de quince de la nena, crédito que va a terminar de pagar cuando él cumpla noventa, con suerte; si hasta la mujer piensa que es un pobre tipo. ‘Hay que dar hasta que duela’, otra. Claro, así te convertís en una bola de resentimientos inabarcable. Lo que pasa es que es mucha la gente que se mata por aclarar que es buena, solidaria y feliz.

Manga de hipócritas malparidos, coleccionistas de figuritas de superhéroes que no se atreven ni una vez en su vida a pisar siquiera un poquito la línea amarilla; capaces de dar clase sobre la Ilíada cuando todo lo que saben de mitología griega lo aprendieron escuchando a Dolina en la radio. Seres que trabajan en fotocopiadoras del orto y aceptan acompañar al amor de sus vidas adonde sea para después echárselo en cara, o deprimirse, como si fueran lo suficientemente inteligentes para alcanzar ese estado. Después la jodida maleducada soy yo porque puteo… Qué bárbaro, me parece que la efedrina que me tomé para curarme la gripe me cayó para la mierda.

jueves, 2 de junio de 2011

Letras Salvajes.



Muchas gracias a la Revista Letras Salvajes, y especialmente a Alberto Martínez-Vázquez, por incluir en el último número mi cuento ‘Regla de oro’. La revista se publica en PDF y circula a través de correo electrónico; o se puede leer acá. Los que quieran recibirla por correo, escriban a letrassalvajes@yahoo.com

miércoles, 1 de junio de 2011

La Emilia 113: Fumar es un placer, sensual, embriagador... y no me rompan más las bolas.

Sabía que no iba a ser un día fácil. En estos tiempos de corrección política a ultranza, de tolerancia ilimitadamente hipócrita, de no poder decirle pelado a mi amigo por miedo a que me denuncie porque él se considera una persona con capacidades capilares diferentes; en estos tiempos, señores, yo fumo. Y era el día libre de humo. Día en que los periódicos llenan páginas enteras con fotos a color de pulmones podridos y en que muchas personas se convierten repentinamente en policías de la salud, supongo que para evitar pensar en sus propias cagadas. A ver, nadie va a dejar de fumar por ver fotos desagradables o porque le rompan las pelotas. La verdad, los terroristas del pulmón blanco me tienen recontra podrida, pertenecen al mismo genotipo de los que se indignan con los balleneros japoneses pero le compran un caniche toy al nene de dos años para que juegue. El otro día uno estos especímenes me dijo, “Te vas a morir”. “¿Y vos quién sos? ¿Highlander, boludo?”, le contesté. Te miran mal, te soplan y te bufan en la cara, te hacen abanico con la mano, maleducados del orto. Harta de que estos guardianes de bronquios ajenos, fanáticos, santos del oxígeno, me miren con cara de ‘ahí va la portadora de metástasis’. “Por favor, me hace mal el humo, ¿podés tirarlo para el otro lado?”, me dijo otra que eligió sentarse en el mismo banco de la plaza que estaba yo fumando. “Y a mí me hace mal el aliento a vaca podrida que tenés, ¿podés hablar para el otro lado?” Por suerte, se levantó y se fue. Y en este día difícil, en el que una trata de que no se le salga la cadena cada dos minutos, me pasó lo peor. Camino por la peatonal entre una clase y otra y se me cruza uno de esos seres detestables, pintarrajeados, mudos, inútiles convencidos de que hacen arte mientras juegan a un dígalo con mímica berreta. Sí, me crucé un mimo. Pero eso no fue lo peor. El tipo se me acerca, con esa sonrisa de ternero con fiebre que suelen tener, se me para adelante, no me deja caminar, me saca el cigarrillo que tengo en la mano, pone una flor pedorra en su lugar y luego con las dos manos forma un corazón y hace como que me lo entrega. Lo emboqué. Punto. Acto seguido, me le trepo a cococho, agarrándome de sus rulos y al grito de “Devolveme el pucho, hijo de puta” no paro de darle piñas en la espalda. Un policía que andaba por el lugar, gentilmente me bajó tironeando de mi campera. ¿Y qué hace el pelotudito? Baja las comisuras de los labios y con el puñito de la mano se frota el rabillo del ojo como secándose las lágrimas. Entre cuatro me tuvieron que agarrar. Y el pibe mientras tanto se escondió detrás de una gorda (perdón, de una señora con adiposidades acumuladas) desubicada que me dice, “Él sólo quiere cuidar tu salud”. “Que se cuide el culo, porque si me lo vuelvo a cruzar se lo reviento a patadas”. Y ahí nomás, abrí la cartera, me prendí otro cigarrillo, me acerqué, le tiré el humo en la cara, y me fui. Abrase visto, pss.

Hace un tiempo, un morocho brazos de camionero, de esos que te critican a la cara y te adulan a las espaldas, me miró y me dijo “soy negro, de Boca y peronista, ¿y qué?” Parafraseándolo digo, me gusta fumar, me gustan las corridas de toros, no me cuelgo una chinchilla del cogote porque no me da la plata para comprarla, detesto a los mimos, las estatuas vivientes me parecen pelotudas, ¿y qué? Hoy es correcto no fumar, y a mí lo correcto, y los correctos, me tiene los huevos al plato. ¿Querés aire limpio? Andate a vivir a la montaña y de paso llevate a la concha de tu hermana para que te haga compañía. Lo que mata no es la humedad ni el cigarrillo, es vivir; y vivir, ya lo dijo un poeta, sólo cuesta vida.