lunes, 29 de agosto de 2011

La historia de una dificultad (o, tal vez, la dificultad de la historia)

Se imaginó su futuro y no pudo evitar una sonrisa; casi angélica, casi espeluznante. Los poros se le dilataban y un enjambre de avispas le hizo nido en el estómago. Supuso que por fin conocería la famosa felicidad. Alguien reordenaba el mundo y le ofrecía esa libertad que ella no se atrevía a tomar por sus propios medios. Pensó en qué les iba a decir a todos, en cómo despedirse, saboreó y disfrutó la tristeza de los demás después de su partida, todos hablarían bien de ella, la halagarían y la alabarían, la convertirían por fin en alguien importante. Tal vez, hasta la alcanzara la fama. Tal vez, hasta la nombraran en la televisión. Porque ella había decidido que, en ese tiempo que todavía le quedaba antes de irse, iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance para hacer conocer su caso. Para que la tomaran como ejemplo. Para que reconocieran su lucha. El orden soporífero que la cercaba se esfumaría de una vez por todas. Los recuerdos ya no la contaminarían. Ya no tendría que decir siempre lo que el otro quería escuchar. Abandonaría la fría oficina que la asfixiaba y la casa que la encerraba y deprimía. No tendría que seguir ocultando sus sombras, ya no viviría en la clandestinidad. Ella, dueña de una belleza que lastima al que la admira y a la que la posee, no necesitaría esconder nunca más el tajo cruel que adornaba su interior. Por fin le llegaba la excusa perfecta, podría separarse y librarse de la carga de educar a dos criaturas. La cuenta regresiva se le iba a hacer larga, trataría de dominarse y hacer un último esfuerzo para que no la traicionaran sus verdaderos sentimientos. Todos debían convencerse de que a ella también le costaba aceptarlo.

Pero cuando tuvo los resultados, cuando tuvo los resultados, sus planes se desplomaron. No estaba enferma. No se iba a morir. De vuelta a retomar su pequeña, cotidiana y aburrida vida. Una vez más, sus sueños no se harían realidad. “Y bueno”, pensó, “los problemas se seguirán resolviendo a la noche. Cuando las pesadillas los vuelven pequeños”.

martes, 9 de agosto de 2011

La Emilia 120: Lo que el viento nunca se podrá llevar.

Como todos los que me conocen a esta altura del partido ya lo saben, si hay algo en este mundo con lo que sueño permanentemente es trepar a un cerro que tenga una cruz en la punta. Sobre todo si ese cerro está atravesado por una cascada y hay que llegar a esa puta cruz trepándose por piedras húmedas. Mis zapatillas negras, de lona, empapadas, el culo lleno de barro, cagada de frío, y mi amiga sonriente como si estuviéramos recorriendo la Quinta Avenida. Pero aunque usted no lo crea, y esto ni Ripley lo hubiera imaginado, todavía nos quedaba por recorrer el de la reserva natural. A la mañana la cruz, a la tarde los bichos… un programón. Tres kilómetros de sendero entre yuyos secos y, por supuesto, piedras. Encima y como si esto fuera poco y a modo de oferta para el bolsillo de la dama y la cartera del caballero (los tiempos cambian, sí ya sé me estoy yendo a la mierda)… retomo, por el medio del cerro viene cantando una vieja y en el suspiro decía, cantaba mi abuelo y me estoy yendo al carajo otra vez pero es que recordar tamaña experiencia me provoca daño al cerebelo; vuelvo a retomar, venía cantando no una vieja, y tampoco cantando a decir verdad, una mina de más o menos nuestra edad, sola. Con una pinta de robar posavasos de los bares y coleccionarlos que daba miedo. Venía y nos alcanzó. “Hola, chicas, ¿cómo están? ¿No es maravilloso este lugar?” Me tuve que reprimir, no me quedó otra. Total que se nos unió en tal edificante paseo. El hambre y las ganas de comer, el roto y el descosido, la biblia y el calefón, Rambito y Rambón; eso eran mis dos acompañantes. Tuve que soportar tamaña catarata de pelotudeces que casi me sangran los tímpanos. Que qué lindo lugar, que qué paz, que qué tranquilidad, nada que ver con la ciudad, que hay que volver a la vida natural. Parecían un comercial de agua mineral las hijas de puta. “El silencio de las sierras me ayuda a descubrir el espacio existente entre un pensamiento y otro, permanecer y ahondar en él. ¿A vos no te pasa lo mismo?” “Totalmente”. Y entonces por qué mierda no se callan la boca, no dije otra vez, pero no sabía cuánto tiempo más iba a poder retener mis palabras en la laringe. Cada determinada cantidad de pasos me miraban como esperando que las aplaudiera. Sólo dije: “No doy más, Vero, ¿por qué no volvemos?” “Vamos, querida, nunca te rindas, todo es posible.” Sí, también es posible que en cualquier momento me dé un ataque, me metamorfosee en el Boxitracio y te cague a trompadas. “Evidentemente, no estás aprovechando el lugar, Emilia,” insistió el proyecto de Osho femenino con una confianza que no recordaba haberle dado, “yo, por ejemplo, vine hasta acá porque necesitaba una limpieza profunda, ¿y ustedes?” Demasiado. Tanto va el cántaro a la fuente… “Y, digo yo ¿no?, con todo respeto, si lo que necesitás es una limpieza profunda, ¿por qué no te lavás la argolla con lavandina? ¿O, si te da impresión y tenés miedo de quemarte, con alcohol en gel?” “¡Emilia!”, saltó Verónica como si nunca me hubiera escuchado putear. “Emilia las pelotas de Matusalén, Vero, ¿qué carajo estamos haciendo, en una reserva natural, me querés decir? En una sierra rodeadas de piedras y de yuyos, si nosotras hablamos de yuyos nada más que para mandar a cagar a alguien. El té de yuyos nos saca úlcera, nosotras tomamos café y bien fuerte, nada de cortados y mucho menos de mariconear con lágrimas.” “Pero son lindos los animalitos.” “Pero ¿qué te pensaás? ¿que estamos haciendo un safari en Mozambique? la puta madre carajo, si lo único que vimos fue un burro del orrrrto. Por nuestra amistad y nuestros ancestros te lo pido Vero, tengo barro incrustado en lo más recóndito de mi ser, reaccionaaaaaaaaaaaá. No estás sola por no tener un tipo al lado y definitivamente no lo vas a encontrar entre estos yuyos de mierda, mamá no tenía razón, la familia Ingalls es como dios o los orgasmos múltiples, no-e-xis-te. Nos tragamos el librito enterito y no paramos de vomitarlo en cómodas cuotas porque nos hizo mierda el estómago. No importan cómo te miren las otras minas, otras amigas, compañeras de oficina o esas vecinas de mierrrda que tenés, todas con cara de haber estudiado en el Sagrado Corazón de la Esposas Esclavas de la Sagrada Cuchufla, preocupadas porque no se les queme el cheesecake que tienen que llevar a la feria del plato del orrrto que organizan una vez por mes, no estás incompleta porque no te llenaron la barriguita. No sabés tejer al crochet ni hacer mermelada de frutillas, ¿yyyy? Sos un minón, una mujer con todo lo que la mayoría de esas envidia, que tal vez algún día, si tiene ganas y se le canta el culo también sea madre pero no porque le falte nada, sino precisamente porque le sobra. Volvé, boluda, te lo pido por favor, te extraño.”

Y me abrazó. Y nos abrazamos. La miró a la otra, que por la cara que tenía pensé que estaba al borde de un ataque de trombosis múltiple, y le dijo: “Nosotras nos volvemos, ¿vos qué hacés?” “Yo sigo”, contestó. A lo mejor pensó ‘con estas locas no voy ni a la esquina’. Qué importa. A lo mejor pensó que no entendíamos nada, o que la pachamama nos iba a castigar. Que se vaya a la mierda. Ella y unos cuántos más.